LA IRRUPCIÓN RELIGIOSA EN LA POLÍTICA LATINOAMERICANA. Por Diego Maenza*

Jair Bolsonaro. Foto: Apu /AFP/Getty Images)

La victoria electoral de Jair Bolsonaro ha marcado un punto de inflexión en la política regional, pues le otorga más peso a los sectores de derechas que empiezan a reconfigurarse en lo que aparenta ser una arremetida feroz.

Y la reconfiguración de los paradigmas políticos conlleva un cambio no solo en lo económico sino también en lo cultural. Bolsonaro se declara partidario de las dictaduras, ha promovido la portación de armas y se presenta como un ferviente opositor de las políticas socialistas. Contrario a las uniones civiles diversas y a las iniciativas para la interrupción voluntaria del embarazo (su lema de campaña fue “Dios por encima de todo”) Bolsonaro se ha perfilado como el hombre duro de la derecha brasileña y se encuentra a la cabeza de la nueva arremetida conservadora que también se siente por la Europa del Frente Nacional y de Vox, y el Estados Unidos de Donald Trump.

Jair Bolsonaro es el culmen de un fenómeno latinoamericano que se ha evidenciado desde diferentes contornos. Explorémoslos.

En Costa Rica, las elecciones pasadas fueron de especial relevancia para que no se socavaran las bases de la democracia y se instalara un remedo de Estado Teocrático bajo el mando de las facciones más radicales de los protestantes cristianos. Lo de Costa Rica fue llamativo y al mismo tiempo asustador. En una apretada contienda se enfrentaron las dos opciones políticas cuyas propuestas se encontraban en las antípodas. Por un lado, un político joven proveniente del desgastado partido oficialista. Y por otro, un pastor religioso que aglutinó en sus bases a todo el sector evangélico, católico y afines que se manifestaban en “defensa de la vida y la familia” y que aupaba en su discurso los “valores cristianos”.

Ganó la opción del partido tradicional, detestado por gran parte del pueblo por estar vinculado a casos de corrupción, pero que al fin y al cabo representó el voto menos insensato que apelaba en su discurso el respeto por el otro, por las libertades civiles y por la diversidad.

No obstante, no hay que despreciar el capital político acumulado por el pastor Alvarado conformado en el denominado “bloque provida” y debemos mantenernos atentos a lo que en un futuro mediato pueda ocurrir.

El caso mexicano requiere análisis especial. Si bien la victoria de López Obrador otorga un respiro a la crisis de las izquierdas latinoamericanas, sus alianzas y pactos de campaña proveen de material de crítica para los mismos coidearios, e incitan a suspicacias. El pacto con las iglesias evangélicas y sus declaraciones de la creación de una “constitución moral”, con todas las implicaciones semánticas que esto denota, nos invita a reflexionar hasta qué punto López Obrador estaría dispuesto a cumplir con las demandas del sector que posiblemente le ha dado la victoria, y con el cual, por este mismo hecho, no hay que olvidar, guarda compromisos.

En Ecuador, las cosas no pintaron mayormente positivas, pues si bien es cierto que hubo una constante tensión entre la cúpula cristiana tanto católica (de perfil político más alto) como evangélica, al oponerse al periodo correísta en todas las instancias, el expresidente nunca permitió que temas como el aborto o el matrimonio igualitario se analizaran de manera libre, con lo cual los sectores cristianos no debieron hacer mayor esfuerzo ni tomar mayor participación. De hecho, el expresidente Correa enfatizaba cada vez que podía su lado cristiano y enarbolaba un discurso obtuso condicionado por su religión.

Ahora notamos que debido a que el tema de la interrupción voluntaria del embarazo ha sido tomado en cuenta y puesto sobre la mesa de debate en la Asamblea Nacional, los altos representantes de la Iglesia Católica están presionando al primer mandatario para que no se avance en estas iniciativas, tomando un rol injerencista, desatinado y de irrespeto a nuestras instituciones.

Retornando al tema regional, lo que preocupa de Jair Bolsonaro no es el impacto neoliberal que pueda fijar en la región; inquieta el tipo de política cultural que infunda en la sociedad y el muy probable retroceso en derechos civiles y sobre todo cuán contagioso pueda resultar para los países vecinos. Me preocupa el ascenso del discurso político desde la doctrina. Mal que bien la derecha ha dado ciertos pasos al reconocimiento de libertades civiles que incluso en algunos países comandados por la izquierda han sido detenidos (matrimonio igualitario, interrupción voluntaria del embarazo, legalización del cannabis, etc.).

Aunque no con la misma visibilidad que ostentan en la actualidad sus colegas evangélicos, el poder de las decisiones políticas en el continente lo sigue conservando la cúpula católica. Prueba de que su influencia sigue permeando la democracia de las naciones es el hecho de que se invoque al Papa como mediador cada vez que existe una crisis política en Latinoamérica.

Lo que ha sido llamativo en los movimientos políticos evangélicos ha sido su irrupción y presencia sorpresiva y su manera de marcar el pulso a los contrincantes laicos o moderados.

Debemos estar alertas con las propuestas de estrechez ideológica que abanderan el irrespeto con discursos de odio hacia lo diferente azuzados por sus doctrinas e impedir que propuestas llegadas desde los púlpitos de cualquier confesión amenacen a nuestras jóvenes democracias.

Como hemos visto, el fenómeno no pasó (por el momento) en Costa Rica, pero se ha infiltrado con fuerza en otros lados, incluyendo a México, donde, como ya quedó dicho, el izquierdista López Obrador ha podido obtener la victoria electoral en gran medida gracias al pacto hecho con el sector evangélico, sin el cual no hubiese ganado.

Bolsonaro es el culmen de un proceso que subrepticiamente se ha impulsado desde el silencio cómodo de los laicos. Mientras desviábamos nuestra atención entre la guerra regional de izquierda y derecha, las propuestas políticas llegadas desde el lado doctrinario se han enquistado de forma silenciosa para acceder al poder. No haberlo advertido a tiempo es nuestra gran culpa como ciudadanos. Aquí no se trata de izquierda o derecha, se trata de algo más importante. Se trata de la libertad y la razón.

* Escritor (Ecuador, 1987) @diegomaenza