PARTIDOS POLÍTICOS: UN TERRITORIO DE IMPUNIDAD Y ENFERMEDAD. Por César R. Espín León*

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Los partidos políticos han contaminado la sociedad y dividido a los ciudadanos en todo el mundo y haciendo uso del poder ganado en el juego “limpio” de la “democracia”, se han atrincherando en el Estado, del que se han apropiado. Estos, han decidido dividir y alejar la ciudadanía, a la que ya no sirven con prioridad, con tal de mantenerse en el poder.

Los partidos se muestran a si mismos en asociaciones de ambiciosos que no se unen para servir, sino para disfrutar del poder y de sus privilegios. El deterioro que padecen, los aleja de la democracia y de la ética y está teniendo consecuencias terribles en la convivencia, el liderazgo y el destino del mundo.

Es difícil encontrar algo más antidemocrático que un partido político, un tipo de organización que, por sus leyes internas y comportamiento, se sitúa en las antípodas de la democracia, que no practica la democracia interna y que está acostumbrada al autoritarismo, a reprimir el debate libre, a no alentar y promover el voto de conciencia y a anteponer sus propios intereses a los del ciudadano.  Determinar y examinar la relación entre los partidos políticos y los ciudadanos, trae consecuencias muy variadas, pero destaco dos:

La primera es que los partidos y sus políticos gobiernan y deciden de espaldas al pueblo y muchas veces contra la voluntad popular, adoptando decisiones contrarias al bien común y anteponiendo sus propios intereses al interés general, lo que se traduce en impuestos elevados e injustos, despilfarro, endeudamiento público, afición desmedida a los privilegios, leyes que benefician a los políticos y, lo que es peor, una perversa tendencia a considerar al pueblo como el enemigo.

La segunda es que la política y los mismos partidos pierden prestigio y sufren el rechazo y hasta el odio de los ciudadanos, lo que les invalida y deslegitima como instrumentos democráticos.

En teoría, podría existir un partido respetable y capaz de cumplir con sus misiones en democracia, que son, sobre todo, facilitar la participación ciudadana en la política y elevar los deseos e ideas de los ciudadanos hasta el Estado, donde debe defenderlos, pero en la práctica creo que es imposible que un partido, tal como están concebidos y organizados, los cumpla y se mantenga en la democracia y la decencia. La experiencia apoya mi tesis.

Para eludir la podredumbre, los partidos deberían someterse a controles externos, renovarse constantemente, limitar la duración de sus cargos, dejar de ser verticales, practicar la democracia interna y el debate, establecer normas éticas internas de gran rigor, evitar la mentira, asumir la libertad, practicar la libertad de conciencia y de voto, etc.. Pero si aceptarán esas normas de salud y limpieza dejarían de ser partidos políticos y se transformarían en otra cosa muy distinta.

He pasado mucho tiempo estudiando el concepto de democracia y ese estudio me ha obligado a dejar de creer en un viejo principio, muy utilizado por quienes se han servido del poder para beneficio propio. Este adagio político que cada día se me derrumba más: “los partidos son necesarios en democracia”.

Los griegos los rechazaban, los romanos los odiaban y nunca los legalizaron, los revolucionarios franceses los prohibieron, los creadores de la democracia americana no los admitían porque decían que defenderían y trabajarían para la “parte”, no para el “todo” y porque antepondrían siempre sus intereses los de los ciudadanos. Los partidos, como los conocemos hoy, tienen menos de dos siglos de vigencia y desde su creación han acabado con la democracia, han llenado el planeta de corrupción y de mediocres y han hecho retroceder la política, poniendo en peligro la convivencia, además de promover divisiones y guerras y de embrutecer a los ciudadanos para dominarlos mejor.

La lista de fechorías de los partidos, como están concebidos, es brutal, se suprimen o se reforman drásticamente evitando que cometan, una y otra vez, el peor vicio en política, que consiste en anteponer los propios intereses al bien común. La verdadera democracia se orienta hacia el autogobierno de los ciudadanos, no hacia la entronización de un instrumento, como los partidos, que mientras existan impedirán todo lo que les reste poder, desde el autogobierno a la libertad, la participación ciudadana y la democracia misma.

Los partidos eran y son un territorio de impunidad donde el mérito lo tienes que dejar al cruzar la puerta, una vez dentro de nada sirve, como en la Legión, tu vida anterior, solo la obediencia y el servilismo son valores en los que apoyar tu ascenso.

Esto, unido al excesivo poder de los partidos hacen de sus cuadros, líderes y referentes; elementos contaminantes del resto de las instituciones donde vayan a ejercer su trabajo, a las que van a trasladar la misma enfermedad contraída en el partido hasta corromperlas o dejarlas en estado de putrefacción. Hoy, gracias a estos agentes patógenos salidos de los partidos no hay institución que se tenga en pie y funcione independientemente y libre de corrupción, ni la judicatura, ni el Poder Legislativo, ni el Ejecutivo, ni el Consejo Nacional Electoral, ni la Fiscalía, ni las instituciones estatales etc.

Las elecciones de este domingo y el resultado de ella, no compondrá nada, la impunidad y corrupción, campearán como siempre ya que los partidos políticos han edificado sus estructuras en territorios de impunidad y enfermedad. Todo el edificio principal y estructuras aledañas, sufren aluminosis grave y eso requiere una demolición de los cimientos para sanear la estructura.

*(Otavalo, 1976) está radicado en Indianápolis USA. Es Ingeniero y Analista en Sistemas de Información Geográfica y Teledetección por Indiana University. Máster en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de Costa Rica. Ha realizado trabajos de investigación académica, así como también ha colaborado con varias plataformas de información en línea y en físico de varios países, aportando con artículos, columnas y ensayos de opinión e investigación social independiente.