LA ATERRADORA AUTOINCULPACIÓN DE MORENO. Por Juan Cuvi*

El Presidente de la República, Lenín Moreno, sostuvo una entrevista con periodistas y miembros de la Asociación de Radiodifusores del Ecuador (AER). Foto: Andrés Reinoso/Presidencia de la República.

Dos aspectos de las recientes declaraciones del presidente Lenín Moreno causan estupor. En primer lugar, la confirmación de que todas las denuncias que se hicieron sobre las conductas mafiosas del correato son ciertas. No es poca cosa viniendo de la primera autoridad del Estado.

En segundo lugar, que durante largos años él mismo formó parte de ese entramado que, según sus propias palabras, fue un aparato diseñado y construido para ocultar la corrupción. Y no lo hizo en calidad de segundón, sino como vicepresidente de la República y luego como importante delegado del Ecuador ante las Naciones Unidas.

Muchas de las acusaciones del presidente en contra de su antecesor, y de sus más incondicionales compinches, constituyen graves delitos. La lista es extensa, variada y sobre todo abominable. Moreno incluso se ha referido a episodios que pueden ser catalogados como crímenes de lesa humanidad.

La ciudadanía supone que tales acusaciones deben contar con suficiente información de respaldo. Es imposible pensar que la máxima autoridad política del país salga a especular púbicamente con situaciones tan delicadas. Aquí se está hablando de una descomposición tan extrema del poder político que sus responsables terminaron ingresando a los peligrosos predios de la criminalidad. Hay mucha, muchísima tela que cortar.

Las preguntas brotan a raudales, sobre todo después de la armoniosa convivencia de más de una década entre los principales protagonistas del drama. Porque ahora resulta que ninguno de los dos conocía el verdadero talante del otro. Las interminables alabanzas y apologías que se dedicaron mutuamente vienen a ser, en ese contexto, la mayor estafa ética que ha padecido el Ecuador en toda su historia.

¿Dónde quedó el titán de América y el insigne revolucionario con que pretendieron erigirse sobre el pedestal de la Patria, hoy convertidos en meros traidores, canallas, mentirosos y delincuentes por sus propias palabras? ¿Tanto tardaron en darse cuenta?

Es ingenuo suponer que Moreno y Correa no se conocían sus pecados desde el inicio. La información que circulaba como producto de las investigaciones periodísticas era demasiado intensa como para pasarla por alto. Los hechos eran contundentes y sus detalles no podían escapar al conocimiento de personas ubicadas en puestos con tanto poder. ¿Que el 30-S fue un montaje? ¡Por dios, si se lo dijo desde el mismo día que ocurrió!

En su afán por desmontar la ofensiva de Correa, Moreno no se percata de los impactos retroactivos de su estrategia. Por acción u omisión, él también tiene vela en ese entierro. No se trata de un silencio cómplice a propósito de las pequeñas travesuras en que muchas veces incurren los políticos; se trata de crímenes monumentales, muchos de los cuales afectaron derechos, honras y vidas ajenas. Y aterra constatar que la denuncia como si se tratara de una riña doméstica.

Por el bien del país Lenín Moreno no solo tiene que develarlos, sino esclarecerlos y sancionar a los culpables. Inclusive a riesgo de que él mismo tenga que irse a la paila de la mano de su antiguo compañero.

*Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum – Cuenca. Ex dirigente de Alfaro Vive Carajo.