JULIAN ASSANGERADIO PICHINCHA Y  ‘LALIBERTAD DE EXPRESIÓN’. Por Gerard Coffey

La prefecta de Pichincha, Paola Pabón, emprende acciones judiciales en defensa de la radio Pichincha Universal. Foto: Twitter

La libertad de expresión es un concepto espinoso, uno que a veces debe ser tomado con pinzas. Para los dueños de medios privados y la gente que piensa como ellos, significa licencia para decir lo que les conviene a ellos mismos y de ahí influir en y hasta determinar políticas nacionales favorables a sus intereses.

Para unos significa la oportunidad de perseguir a sus enemigos políticos, mientras para otros, gente marginada por ejemplo, las implicaciones son siempre tener que pelear contra grandes obstáculos en búsqueda de justicia e igualdad.

La libertad de prensa nunca puede ser licencia para decir lo que uno desee. La libertad de prensa no es la libertad de difamar y atacar, y nunca debe usarse para promover las guerras de otros. No significa manipular una historia para expresar puntos de vista propios. Uno podría pensar que todo esto tiene sentido común, pero en el mundo del periodismo, mucho de lo que tiene sentido se pierde en la búsqueda de favoritismo, en la codicia y la fama. Lamentablemente, en est e oficio de decir la verdad, la verdad es difícil de encontrar.”

Aysha Taryam [i]

Hay, sin embargo, momentos en los que el significado de ‘la libertad de expresión’ queda sumamente claro. El desalojo de Julian Assange de la embajada ecuatoriana en Londres fue uno de esos momentos. Otro, ahora menos visible, fue la supresión arbitraria hace unas semanas del señal de Radio Pichincha Universal.

Para Assange, cuyo crimen es haber develado secretos de Estados Unidos, el fuertemente cuestionado retiro de su situación de aislado político fue un acto oscuro anti democrático. Es solo el inicio de una batalla legal que le espera. La próxima ronda, presumiblemente en EE.UU.  tornará alrededor de si es considerado  periodista, y de ahí puede ampararse en la constitución de ese país, que además de ser respetada, en general,  ofrece solidas garantías para ‘la libertad de expresión’; allá nadie está hablando de enjuiciar al Washington Post o el New York Times por haber publicado los datos proporcionados por Wikileaks, la institución fundado por Assange.  Pero si, caso contrario, Assange es clasificado de hacker, como muchos prefieren llamarle por motivos tanto políticos como personales, su situación podría volverse más precaria.

Lo que sea el proceso al que finalmente le sometan, y dejando a un lado por ahora su supuesto que puede o no ser condenable en una persona encerrada en un pequeño espacio durante casi siete años, Assange es una persona claramente valiente e invalorable para una sociedad que valora la transparencia. La necesidad de apoyar a  él e instituciones como Wikileaks  es, por tanto,  fundamental si pretendemos a la transparencia, la justicia, y la rendición de cuentas por parte de autoridades por actos ilegales o poco éticos.

Claro está, la presencia de una persona como Assange resulta claramente incómoda para personas como Lenin Moreno, que aparentemente espera convertirse en el gran amigo de Estado Unidos – matices de  Lucio Gutiérrez -, pero es precisamente por eso que existe Wikileaks: para incomodar al poder, para transparentar sus actividades. Es el riesgo que cualquier gobierno corre cuando pretender esconder sus verdaderas intenciones y acciones. Por tanto,  entregar Assange a los que les interese callarle, y de ahí suprimir el aspecto más importante aspecto de la ‘libertad de expresión’, es nada más que un acto de sumisión y cobardía que va en contra de los intereses de la población.

Radio Pichincha

Poco antes del descalabro en Londres,  en el Ecuador la debilidad de las garantías de la ‘libertad de expresión’ también se puso en manifiesto, una vez más. Al parecer, seguimos igual que en el tiempo del gobierno anterior: oponerse directamente al gobierno es arriesgarse. Correa amenazó  a Radio Visión, Plan V y El Universo, entre otros, mientras ahora, sin saber quién lo ordenó, se ha quitado la frecuencia a Radio Pichincha, supuestamente por una deuda que la radio viene arrastrando con Gamavisión: ambos previamente parte de la batería de medios de comunicación que tenía a su disposición Rafael Correa. Nadie niega la existencia de la deuda, pero sí la idea de que la elección de Paola Pabón como Prefecta de la Provincia y la supresión de la radio corresponden a mera coincidencia.

Pabón, como bien sabemos, es correista, y su victoria y la de nueve concejales de su banda elegidos al Consejo de la ciudad de Quito, seguramente tiene bien asustado a Lenin Moreno y su gente. No menos porque sucedió a pesar de su tremendo esfuerzo por minar la credibilidad política de Correa y sus seguidores, hasta negándoles la posibilidad de participar bajo su propia bandera en las recientes elecciones seccionales. Claramente no esperaban la victoria de Pabón. Confiaron en que un nuevo prefecto podría cambiar el formato de la radio o hasta cerrarlo. Incluso antes de las elecciones circulaban rumores de que Radio Pichincha tenía sus días contados debido a la fuerte posición pro Correa – y anti Moreno –  de unos de sus periodistas más visibles.

Con la victoria de Pabón y el evidente resurgimiento del Correismo todo cambió. La radio iba a seguir al aire, y con Pabón en la prefectura  podría hasta intensificar sus ataques contra el gobierno de Moreno, lo que parecería lógico en el contexto de la bronca a muerte entre el mandatario actual y el anterior. Entonces la señal se cortó. ¿Coincidencia?  Más parece un intento de callar a los enemigos: se podría llamarlo un golpe preemptivo. Y diga lo que diga Lenin Moreno, muy pocos estarán dispuestos a creer que la pérdida de la señal corresponde a una deuda que, por casualidad, repentinamente tenía que cobrarse. Moreno ya no tiene credibilidad. Y la entrega de Assange no le va a ayudar recuperarla.

En el caso de Radio Pichincha, como el de Assange, es la ‘libertad de expresión’ que sufre otro golpe. Cerrar radios para callar a enemigos políticos porque incomodan no es aceptable. Es el trabajo del periodismo decir la verdad al poder, y así garantizar una sociedad más transparente,  y autoridades más legítimas y menos corruptas.

El periodismo y el proselitismo

A pesar de siempre poner el grito en el cielo sobre la ‘libertad de expresión’, sucede con frecuencia  que los medios privados no respetan el concepto y el equilibrio que implica. Cuando sube un gobierno que no es al gusto de los dueños, los radios, los periódicos y los canales de televisión son utilizados para atacar al enemigo. Esto, precisamente, fue la raíz del conflicto entre Rafael Correa  y los medios privados, por lo menos al inicio: los dueños  se asustaron, creyendo la retórica del nuevo gobierno y pensando que Correa realmente era  la reencarnación de Che Guevara.  Como consecuencia abrieron frente contra él, Correa contraatacó, los medios contraatacaron, y nos encontramos todos en medio de una batalla de dos polos: una suerte de ‘Fight Club’ mediático, como una respetado periodista una vez lo llamó. La ‘libertad de expresión’ llegó a significar libertad de insultar, acusar y atacar y defender intereses particulares que no beneficiaban al país en general.

Fue una situación que no servía a los intereses de nadie, y nadie, creo, le interesa volver a esa situación perniciosa. Es de esperar por tanto  que la nueva prefecta insista en un cambio de rumbo para la radio, dejando atrás el entusiasmo ciego por Correa, e insistiendo que se respete más el principio de equilibrio que todo medio público, incluyendo El Telegrafo, que ahora se inclina hacia el gobierno de Moreno, debe respetar.

Puede que la línea entre el periodismo y el proselitismo a veces sea difícil de discernir. Es la obligación de los medios criticar al poder, lo que puede llevar a que sean vistos como partidarios, tomando la parte de la oposición. Pero es un riesgo que se debe correr: la tarea fundamental de los medios es siempre reducir el partidismo al mínimo.

Un cambio necesario

Es urgente trabajar por un cambio en el entorno mediático; en el hostil contexto actual nadie respeta a nadie: todo es campo de batalla, terreno de mentiras,  verdades a medias, sesgos exagerados. Lo que tenemos no es periodismo sino proselitismo político Es el caso de Radio Pichincha y Teleamazonas en la actualidad, y los Cuatro Pelagatos  y El Telégrafo durante el régimen anterior. No es una condena general, en los radios y canales de televisión, los noticieros son el problema principal.

Los medios públicos son financiados por todos, y su obligación es servir ese público. Pero cuando periodistas empiezan a creer que es su derecho convertirse en militantes de un partido político u otro, y usar sus espacios para promoverlos, tenemos un problema. Por eso fue un alivio escuchar a Santiago Estrella Silva, del Consejo Ciudadano de Radio Pichincha, decir que una radio pública tiene la obligación de estar abierto a todas las voces, y que si bien esto claramente incluye la tendencia correista, señaló:

“Un medio público no puede, y esa es la defensa que hacemos, convertirse en un feudo o bastión de un partido político, que esté en el gobierno de turno. No puede convertirse en la voz de oposición de un gobierno. El medio tiene que permitirnos que todos tengamos la información más amplia posible. En esa necesidad de amplitud se configura la necesidad de tener medios públicos.”[ii]

Para la gente cuyos intereses no coinciden con el poder político o económico  la existencia de los medios públicos es esencial, solo así habrá posibilidades de que sus puntos de vista sean respetados y difundidos ampliamente. Son esenciales porque los grandes medios privados y sus dueños son un poder, y no son amigos. No van a promover el socialismo ni la equidad, ni la mayor distribución de la riqueza, y tampoco van a abogar para que los que más tienen aporten más. Liberales sociales a veces pueden ser, pero  la inclinación económica de los medios privados y sus dueños es siempre hacia el estatus quo.

Exceder el mandato y el equilibrio de un medio público y recurrir al proselitismo  es, por tanto, perjudicial para cualquier fuerza que desafía el poder, porque implica abrir la puerta a actos arbitrarios por parte del poder, como fue el cierre de Radio Pichincha.  No hay  garantías, pero tener estos espacios es doblemente crucial porque los medios progresistas independientes son generalmente pequeños y no cuentan con los recursos necesarios para alcanzar a un público mayor.

Necesitamos estos espacios pero también lo que representa los medios públicos.

[i] Editora del periódico ‘The Gulf Today’ Emiratos Árabes Unidos (EAU)

[ii] https://bit.ly/2UMN1qD