LOS AMIGOS ÍNTIMOS DE MORENO. Por Juan Cuvi*

María Fernanda Espinosa es la actual presidenta de la Asamblea General de las Naciones Unidas.​​ Foto: Cancillería.

El presidente Lenín Moreno pone a la gallada por delante del país. Lo acaba de demostrar con la absolución anticipada que le otorgó a María Fernanda Espinosa a propósito de su responsabilidad en la fraudulenta naturalización de Julian Assange. Moreno declaró que la excanciller habría sido engañada.

El panorama se complica porque quien destapa las irregularidades es el propio ministro de relaciones exteriores del gobierno. No es ni la oposición ni quienes supuestamente conspiran contra la estabilidad política del país. La información sale de adentro, por un simple apremio: urgido por encontrar justificaciones para levantar el asilo a Assange, el gobierno no tuvo más alternativa que pegarse un tiro en el pie. Mejor dicho, en el pie de María Fernanda Espinosa.

Porque sin darse cuenta, Moreno contribuye a menoscabar la ya deteriorada imagen de la excanciller. La primera pregunta que sale al ruedo es cómo así propuso para un alto cargo en Naciones Unidas a una funcionaria que ni siquiera controlaba los asuntos importantes en el ministerio a su cargo. ¿Así de grande es la candidez en las altas esferas del gobierno?

Es difícil tragarse la versión oficial. La excanciller Espinosa y su esposo no solo tenían un importante poder de decisión por su cercanía con Moreno, sino que ejecutaban una agenda bastante bien definida en política exterior. Lo confesó Eduardo Mangas en la alucución que fue filtrada al público y que provocó su caída. Él afirmó que tenía contactos muy cercanos con los gobiernos progresistas de la región. Ergo, su esposa sabía perfectamente qué se jugaba con la iniciativa para salvar a Assange de las amenazas de los gringos.

Quizás por gratitud o por honrar una íntima amistad, el presidente Moreno repite el libreto verde-flex. Durante el correato se defendió a muchos personajes por ser panas del presidente y no por ser funcionarios del gobierno. Poco importaban su ineptitud o el perjuicio que irrogaban a la administración pública. La lealtad se construyó desde el ámbito privado de la gallada.

Defender a sus funcionarios es un acto coherente de cualquier presidente, pero únicamente mientras su papel no traspase el ámbito de lo político. Es decir, mientras sus actos no riñan con la ley o dejen de responder a un ejercicio del poder estatal. Además, cuando el desgaste de sus funciones los vuelve incómodos para las relaciones con la sociedad o con las demás fuerzas políticas, no queda más que hacerlos a un lado.

Prolongar la permanencia de un funcionario pese a su incapacidad o deshonestidad tiene un alto riesgo. Naturaliza la negligencia y oficializa la impunidad. Basta ser amigo del jefe para asegurarse el cargo. Todos terminan sintiéndose inmunes a la justicia y a ninguno se le ocurre renunciar por decencia.

Las consecuencias suelen ser catastróficas. Hoy vemos a un ejército de altos funcionarios del gobierno anterior presos y enjuiciados por haber violado la ley. Arrastrados por el autoritarismo, perdieron todo sentido de la realidad. Algunos todavía no despiertan.

La diferencia con María Fernanda Espinosa es que su caso, por las funciones que desempeña, tendrá repercusión internacional. Puede terminar siendo el gran bochorno en la historia de la diplomacia ecuatoriana.

*Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum – Cuenca. Ex dirigente de Alfaro Vive Carajo.