ABORDAJE FILOSÓFICO  DE LA SALUD PÚBLICA. Por Tomas Rodríguez León

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La enfermedad y la muerte, centrales preocupaciones  existenciales forman parte del núcleo de  preguntas esenciales de la medicina y la filosofía.

La mejor medicina de todas es enseñarle a la gente cómo no necesitarla”

Hipócrates

Muchas interrogantes quedan aún sin respuesta y desde la axiología del  dolor y la muerte revisten gravedad  epistémica, la visión de nuevos  sacerdotes y chamanes  no ha sido derrotada  y ellos  los chamanes  académicos contestan  banalidades que no  logran ser respuesta. Mientras que la ciencia, pese a las  mejoras, estas resultan  insuficientes porque no llegan a todos; entonces, este factor de ciencia restringida  se restringe a sí misma, hasta el punto de la abstracción  para  encontrarse  también con las creencias.

Hipócrates de Cos (460-377 AC) separa las enfermedades del  aura mágica y religiosa. Moliere (1622-1673) se burla de médicos y tratamientos; Voltaire  y Jean-Jacques Rousseau rechazan la medicina, (en el Emilio se  recomienda no entregar jamás al vástago a  cuidados de los doctores)   y  desprecian sin más los cuidados religiosos.  Lo científico y lo  religioso disputan  explicaciones.

El clero contribuyó a que  la enfermedad sea concebida como un estigma, como  un castigo divino y que  el  enfermo fuera  considerado  como un  anormal espiritual, un reo de la justicia divina, un pecador. Las maculas o  secuelas   suponían  las marcas visibles dejadas por Dios para recordar la esperanza de salvación del  alma.  La sanación  no comprendía las causas de la enfermedad,  sino que representaba  la  liberación  del castigo  a través  de un terrenal y penoso proceso de purgatorio anticipado.

La correspondencia entre la  enfermedad individual y el espacio social definen la  gestión de la salud y la enfermedad.  El  ser y el  mundo  están distendidos  en el espacio y en este se encuentran valores o contravalores donde  el sujeto se realiza o se destruye.  La vida y la  salud son categorías universales, pero no totales y se relativizan en los modelos de  configuración social o cultural (todas las sociedades dicen amar y respetar la vida y la mayoría propician guerras donde la enfermedad y la muerte proliferan).  Existen rupturas evidentes que son  necesarias  para la reflexión y desde ahí también es urgente  calibrar los  espacios  que  no  son  neutros: arriba/abajo, cielo/infierno,  bueno/malo, diestro/siniestro,  cosmos/caos.

Pero el movimiento médico ha transitado de la especialización “pre histórica” a  la especialización post moderna, el uno totalizando  el cuerpo y el otro  dividiéndolo en parcelas. La forma de totalización  sujeta a la tributación divina o natural como una fatalidad que asume la enfermedad del cuerpo individual bajo la perspectiva de una  taxonomía general donde  salud es gracia y  enfermedad pecado o destino manifiesto. También, el conjunto de la sociedad a través de la ideología impone contenidos médicos  institucionalizando la enfermedad.  Así,  lo loco, lo sufrido y lo anormal son determinantes de calificación preconcebida. El diagnóstico le pertenece al calificador y en lo posible se procura que cada quien sea calificado  a tiempo

El “Hombre Renacentista”, de Leonardo da Vinci, máximo exponente, fue  dominador de disciplinas, en modelo completo. Un  Polímata;  pintor, arquitecto, anatomista, ingeniero, inventor, etc., un auténtico generalista-especialista.  Ahora, estamos en los tiempos del hombre y la mujer fraccionados, tiempo  donde saberes científicos y tecnológicos, significan  nuevos problemas, nuevas preguntas, nuevas respuestas, casi todas  enfrentadas a  desafíos de carácter ético-cultural.

Todo lo que ocurre cuando la ciencia desplaza a la religión y también a la cultura  sucede  desgarradoramente con petulancia y sin  amor. Subyace y crece en el  predominante afán de lucro o  en  una práctica que paga más al que menos ve  (los  intensos). Así,  establecer razones entre relevancia y pertinencia fue y será  ecuación  difícil de lograr, si por un lado el esquema mercantil de la sociedad impone agendas y por otra parte  la perdida de una visión antropológica  se deja vencer  por la presión de un nuevo poder  instalado en el saber médico que suma arrogancias, dominio y subordinación.

La división social del trabajo llega al cuerpo, construye  nosografías, geografías en la piel o topografías de los órganos.  Los especialistas   inscriben en el organismo individual una  salud pública que  se edifica en  contrasentido porqué  a tal punto llega la segmentación que se desconecta la mirada social, pues  el especialista que observa  hígado, cerebro o boca raramente valora el sistema y lo que se  busca es detectar  lesiones orgánicas causantes de  síntomas. Cada  quien en su terreno, propietario de un feudo en el  Corpus Humanum.

El asunto va más allá. Para la visión positivista de la sociedad industrial, la enfermedad más que  ausencia de  estado  de bienestar  es pérdida de función. Entendiéndose  por disfunción la incapacidad de adaptación que puede o debe ser afectiva, social o laboral.  Por esto, todo paciente requiere a más de diagnóstico un tratamiento “basado en la evidencia” que se traduce en drogas también calificadas.

Los sistemas de atención  no son de salud sino de enfermedad  y la capacidad resolutiva será fármaco dependiente. En el trance,  salud y enfermedad  se movilizan   a prácticas diversas,  así como a  formas de inclusión- exclusión, modos de asistencia, formas de enseñanza y percepción de dolor o muerte (Foucault). La exclusión más significativa es el no acceso y el deterioro anímico por ser un enfermo sin solución.

Se arman académicamente, formas categóricas del discurso médico   que hacen de la razón  un núcleo de saberes monopólicos de pobre comunicación,  el enfermo yace como un interlocutor no válido, un actor  social  pasivo o en pausa ¡Un paciente al que se exige ser “buen paciente” sumiso y disciplinado para  la causa de intervención o penetración consentida!

Entonces,  la enfermedad atraviesa a  los sufrientes, pero no les pertenece a los enfermos.  A efectos del sistema que interpreta enfermos y enfermedades, la respuesta  se localiza fuera de los convalecientes. Son los médicos  operadores de una maquinaria enorme donde su rol es   aplicar las  normas  y  los fines de la terapéutica,  pero solo aplican, porque los protocolos  tienen fuente de elaboración central y mundial.

El cuerpo humano, sobre todo el adolorido, está condicionada a las posibilidades articuladas a intereses muy pocas veces altruistas y son los  gobiernos estatales los  que definen lo normal y lo anormal en una relación ordenada  muy vinculada a la industria de la salud. Cuando la ciencia no cubre a todos,  reabre un nuevo episodio religioso pues los pobres regresan a orar contra el dolor y se sienten castigados desde el cielo.

La filosofía en  la medicina deberá  contribuir a la comprensión de  aspectos que constituyen preocupaciones sociales  y  culturales,  proponiéndose  caracterizar  la experiencia de vivir y morir  en los tiempos del cólera con la peste a cuestas. Debe preguntarse y preguntar cómo se  están asumiendo los procesos de salud/enfermedad en relación con sus determinantes sociales, ambientales y morales. La equidad, la contaminación, el aborto, el derecho a morir con dignidad  son temas impostergables.

Así mismo reflexionar el cómo se entiende el cuerpo, el dolor y el sufrimiento es un camino de auto comprensión y autocrítica, cuyo quehacer se ubica en el escenario biomédico, pero no se limita a él y  debe trascender sin posturas de poder o jerarquía en la comunidad.

Sus resultados  buenos  constituirían lo que podría denominarse una filosofía crítica de la medicina, que sea crítica implica que la filosofía se abra presencialmente a sus bases ontológicas donde  el destino no es sino el tránsito entre  vida y  muerte, vieja y amorosa relación  casi olvidada entre filósofos y médicos.

La ética humanista y libertaria  se  construye con los demás. Se construye con todos y sin dominio de nadie.