EL CASO HOUTART: reflexiones sobre el abuso sexual y la reparación. Por Pablo Ospina Peralta

A dos años de su muerte

Hace exactamente un año, el 6 de junio de 2018, fui uno de los organizadores de un evento en el que rendimos homenaje a cuatro agraristas recientemente fallecidos. Entre ellos estaba François Houtart, que había muerto a los 92 años, un año antes.

Durante ese evento un grupo de jóvenes realizó una demostración de rechazo al homenaje enarbolando pancartas que decían “Houtart violador” y “Bailamos sobre tu tumba” mientras gritaban “el abuso no es homenaje”. Su demostración refería al hecho que hacia 1970, François Houtart manoseó sexualmente a un niño, un familiar.

En el año 2010, como parte de los trabajos de una comisión nombrada en Bélgica para investigar los abusos sexuales en la iglesia católica, se conoció públicamente el reprochable hecho. Houtart lo reconoció y ofreció algunos detalles sobre el acto. Hasta el día de hoy no se conoce que la víctima haya dado su versión de lo ocurrido, pero Houtart afirmó en entrevistas, en una carta pública y en el libro sobre su vida que en su momento habló con los padres del niño, ofreció renunciar a la iglesia y afrontar las consecuencias legales del hecho, buscó el perdón y la reparación,  finalmente se reconcilió con la familia.

Cuando hicimos el homenaje, estos datos estaban disponibles. ¿Merece François Houtart nuestro homenaje? Para la organización que manifestó su indignación, por supuesto que no. Pero si yo tuviera que hacerlo de nuevo, lo haría, pero no silenciaría el episodio. El caso de abuso muestra que todos tenemos sombras y cometemos errores. Algunos de ellos son terribles, unos más tenebrosos que el de Houtart, otros menos. Son cosas sobre las que debemos hablar y la protesta contra nuestro evento nos llamó correctamente la atención sobre ese erróneo silenciamiento.

Pero no creo que las personas deban ser condenadas de por vida. Lo importante es saber qué se hizo en concreto para reparar la falta concreta para esas personas concretas y qué se hizo después para garantizar que hechos semejantes no volvieran a ocurrir. En la doctrina más avanzada del derecho penal crítico y de los derechos humanos, toda persona tiene derecho a la rehabilitación cuando ha cometido una falta o un crimen. La reparación es más importante que el castigo. Rehabilitación y reparación coinciden con lo que en la teología de la liberación se conoce como la conversión y el perdón.

Lo que yo entiendo es que el resto de la vida de Francois Houtart, luego de su terrible e inocultable falta, dio testimonio de un esfuerzo de reparación y rehabilitación.  No se trató de un caso de encubrimiento. Tampoco lo volvió a hacer: en todo el escándalo mundial que siguió a la revelación de los hechos, nadie se levantó para señalar que también había sido abusado por él.

En mi opinión este homenaje en este caso concreto se justifica porque resalta que en su significación profunda la “rehabilitación” y la “reparación”, sea en su versión laica o en su versión de teología liberadora, son difíciles, arduas, implican un cambio profundo en la persona y en su relación con el mundo; es mucho más que un arrepentimiento formal o superficial.

La vida de François es un testimonio práctico del enorme mérito que hay en rehabilitarse en lo más profundo del propio ser y reparar el daño al otro mediante una vocación desde las entrañas, completa, verdadera, por los demás, por los empobrecidos, por la humanidad, tal como ésta se manifiesta en cada persona concreta e irrepetible. Se trata de una vida que nos enseña de modo práctico, “encarnado”, que otra reparación y otra rehabilitación son posibles; que en el mundo posible por el que François Houtart tanto luchó hay lugar para todos y todas, con nuestras fallas a cuestas.

Creo que en la lucha indeclinable contra el abuso sexual, el abuso de poder, el acoso y toda forma de violencia de género, debemos reconciliarnos con la doctrina de los derechos humanos y el derecho penal mínimo. Buscar penas más altas y castigos más severos en el sistema judicial vigente no es ser más radical. No es ir a la raíz del problema.

Las raíces de este problema son múltiples y tienen enormes ramificaciones, entre las cuales la organización patriarcal de la iglesia católica figura de manera prominente. Buscar el endurecimiento de penas es ser más conservador, como son más conservadores quienes reclaman la pena de muerte o la cadena perpetua para los crímenes atroces. Si creemos que la reparación y la rehabilitación existen, que son posibles y que son deseables, entonces aquí tenemos un caso concreto que nos sirve para explorar alternativas al encierro en cárceles que jamás rehabilitaron a nadie.

* Pablo Ospina Peralta. docente del Área de Estudios Sociales y Globales de la Universidad Andina Simón Bolívar, obtuvo su doctorado (PhD) en University of Amsterdam, Holanda.