HISTORIA DE UN CAMPEÓN Y UNA LOSER. Por Natalia Enríquez

El artista ecuatoriano Widinson cantó por segunda vez a Richard Carapaz en Tulcán. La primera vez lo hizo hace un año cuando ganó la maglia blanca en el Giro de Italia 2018. Foto: Movistar

Yo que nací en el mismo pueblo y que me enorgullecería tanto como si de ahí saliera un escritor que ganara el Premio Nobel  o como si un equipo de fútbol conquistara un mundial de clubes; la proeza de Richard Carapaz, ganar El Giro de Italia 2019, equivale a eso; o no, es mejor: las borra y las supera.

Nunca he sido experta en ciclismo ni en fútbol con todo lo que me gusta en realidad, en nada, aunque crecí en una familia amorosa e histriónica, llena de tiempo alrededor de la mesa para gritar un gol, entre más de 10 personas siempre. Tengo tíos que, como buenos carchenses, no se pierden una vuelta a Colombia, un Roland Garroso un campeonato nacional de fútbol europeo o latinoamericano, da igual.

Fui creciendo con ese alrededor y con el gustito,  de acercarme al deporte a través de la pantalla de Tv. Yo que ni hacía Educación Física en el colegio, mientras Richard pedaleaba de ida y de regreso a su casa, en todos los días de su vida. Su carácter se forja al rumor de la llovizna, del páramo y esa templanza se la debe al frío gris con fondo verde.

Él: su humildad a cuestas, sus casi 40 km/h, más de 90 horas, más de 3500 kilómetros de pedaleo, 21 días de sol a sol, subidas, bajadas, dormir y a seguir.

Yo: voy a imitar ese plan, un día me resultará algo, ese chico sin decir nada puro ñeque y disciplina ¡Eso hay que hacer! Ahora sentada frente a la Tv o por lapsos de mal wifi en el celu, mientras preparo el desayuno y escuchándome decir: “Chucuchú, me vuelvo loco, échale leña al fuego” (Sábato dixit), posteando estaditos de WhatsApp para celebrar tus logros.

Tú: “Ayer tuve mala suerte, hoy he salido con otra mentalidad y he empezado de cero”, decías al finalizar la etapa 14 y al haberla ganado, para vestirte por primera vez con esa maglia rosa que te quedaba muy bonita, decían los relatores de Espn.

Yo: helada, con cara de emoticón sorprendido, avergonzada de mis quejas mundanas, pero orgullosísima de ti; diciéndome: si nos cobija el mismo camino agreste, ese pedazo de tierra valió la pena, por ti. Me contagio y emociono con tus palabras, salgo a la vida paso a paso con calma y paciencia repito para mí, hecha la Carapaz.

Doy el salto con un link, menos veloz que tu ritmo, me meto en tu vida, tus fotos, la historia tu Instagram dice: “esto parece un sueño buaaa” sí tu sueño al que nos permitiste acompañarte. Leo las notas de prensa, ya estás en los titulares internacionales: “en un pueblito de origen humilde…” no es la humildad reniego, es lo surreal de ese punto del mapa de donde Richard viene; un pueblo fantasma, como tantos, leo el Twitter, Carchi es tendencia, Richard Carapaz es tendencia.

Es ahí cuando el mapa dio la vuelta, el pueblo desconocido es el centro del mundo, de la historia del ciclismo por una única vez.  En ese giro, la gente de Tulcán se puso de cabeza, te festejaba, se enorgullecía, veían en ti los esfuerzos y las recompensas de varios ciclistas Juan Carlos Rosero, Hipólito Pozo, Paulo Caicedo.

Tú: tantas esforzadas y heladas horas de tu vida pedaleando, tu familia en la cabeza, lejos buscabas futuro, tomando oportunidades, sin ningún pago que valga que no sea ir detrás de un sueño.

Yo: tantas perdidas horas mirando balones no llegar, tiros libres arruinados por rubiecitos, nombres impronunciables de campeones en el top ten de cualquier deporte.

Y llegas a quedarte con el senza fine, Richard Carapaz fugado del pelotón permanente de los favoritos, en la meta levantas el puño y lloras. Te dejas caer sobre tu bici, en la premiación te tomas el tiempo para atender amorosamente a tus hijos, subes al podio y lo primero que haces es saludar a Nibali y a Rogliz, el primer día que llevabas la maglia rosa, la besabas. Un auténtico y emotivo campeón.

Mi hijo un niño de 5 años pregunta y pregunta (y pregunta) por un minuto el mundo global se esfuma: no debía mostrarle el lugar en el mapa, la bandera de ese país, contarle un poco de su historia como hice en el mundial de fútbol al hablarle del campeón, Francia. Esta vez la respuesta se acorta, pasa por mi corazón para decirle este campeón nació donde yo nací, donde vive tu abuela, en Tulcán donde pasamos la Navidad. Su sonrisa y certeza se reproduce en miles de niños del Carchi, de Tulcán, del Ecuador, estoy segura.

Mi abuelo murió sin ver al Ecuador llegar a un mundial (yo creo que eso lo mató). Tu madre se irá sabiendo que su hijo consiguió el mayor sueño de un ciclista. Tu nombre no se olvidará, se fijará en el barro de la historia de Tulcán; yo me haré polvo en esa misma historia, pero polvo enorgullecido.

*Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Central del Ecuador, becada para cursar la maestría en Estudios de la Cultura con mención en Políticas Culturales por la Universidad Andina Simón Bolívar – Ecuador. Beecaria por dos años por la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo – Pichincha en el Taller de Escritura Literaria dirigido por Edwin Madrid.

Se ha desempeñado en varios cargos directivos en la función pública vinculados a la comunicación y a la cultura. Escribe poesía y ha publicado un libro y un par de poemas sueltos por aquí y por allá, igual que trabajos periodísticos en diarios y revistas. Ha sido gestora, productora, editora, etc. en proyectos culturales de diversa índole, ha trabajado como investigadora y docente, es madre de un niño de 5 años, tiene un gato negro y ama la literatura.  Tanto que piensa que su vida es una ficción.