LAMENTO POR CHURUTE Y FIN DEL IMPUESTO VERDE. Por Carlos Terán Puente

Había una vez un sendero turístico en la reserva ecológica Churute en la vía Guayaquil-Machala. Foto: Carlos Terán

La familia decidió visitar la reserva ecológica Churute en la vía Guayaquil-Machala. Era el sitio pendiente en la lista básica de lugares que hay que conocer. En la preparación, entusiasmo y exploración del sitio web del Ministerio de Ambiente que presenta el parque con secciones en español e inglés, descripciones, virtudes, recorridos, flora y fauna.

En el promocional web hay lindas fotografías y un detallado anticipo de las caminatas para turistas. Es un parque catalogado de dificultad media. Se advierte que los senderos deben ser hechos con guía, se debe llevar ropa ligera y botas de caucho para caminar en el área. La familia se preparó como es debido. A la hora planeada, con curiosidad y mochilas listas, llegó a las instalaciones del parque natural.

Un gentil joven, encargado del lugar, dio la bienvenida protocolar, indicó que no había guía y que si se quería hacer la caminata por cualquiera de los senderos, incluyendo el que va por el pantano, había que hacer una reservación telefónica con tiempo. Que la entrada a la reserva no tenía costo, pero, considerando que actualmente, en el parque no hay servidores públicos, se debía pagar algo a la persona que guiase la caminata.  Que se podía también pasear sin guía, pero que se debía llevar –de forma obligada- repelente para mosquitos, gorra y agua. La familia había previsto lo del anti-insectos y decidió hacer la caminata por su cuenta, sin guía. El joven empleado registró nombres, cédulas, explicó por dónde ir, nombró las especies animales que seguramente se observaría y se despidió deseando buena suerte.

Churute es parte del estuario más extenso de la Costa pacífica de América del Sur, con la mayor extensión de manglares (y la más alta población de cangrejos) del Ecuador. Es un área protegida debido a los ecosistemas secos y de neblina de su cordillera. Es residencia natural del canclón, ave acuática que tiene su propia laguna. Hay ardillas, monos aulladores y cocodrilos que son especia endémica. Hace treinta años fue declarada o zona “Ramsar”, de acuerdo con la Convención Internacional del mismo nombre tomado de la ciudad iraní donde se firmó en 1975.

Entrada al parque. Foto: Carlos Terán

La familia emprendió el paseo con expectativa. En la entrada y oficinas del parque, hay que decirlo, la impresión de abandono de las instalaciones era más que eso. Cuartos vacíos y empolvados. Salas para talleres y mesas para picnic estaban cubriéndose de maleza. La maqueta del sitio estaba deteriorándose bajo un techado, a la intemperie en un corredor, pero aún era clara y se planeó el paseo en terreno.

La caminata comenzó en un graderío de cemento que, luego de los primeros veinte escalones, estaba invadido de maleza. Más adelante, lo que alguna vez fue un sendero ancho y accesible, estaba totalmente cubierto. Los pasos se enredan con las lianas y ramas caídas. El paseo es una travesía por un bosque con panales de avispas de lado y lado, telarañas con sus dueñas que salían al paso. Un graderío cubierto de matorrales espinosos y hojas cortantes. Para continuar el camino hacía falta un machete para desbrozar la espesura de la ruta.

Ante la alta dificultad para seguir un sendero perdido y sin machete, por una ruta sin ningún mantenimiento desde hace quién sabe cuándo, la familia cambia de planes. Vuelve sobre sus pasos, delibera sobre la necesidad de que, en la próxima, hay que hacer confirmación previa. Los sitios web oficiales aguantan todo y ocultan la desidia y el abandono. No hubo despedida del responsable del parque, al momento ya no estaba. La familia se despide de cientos de murciélagos que habitan el entretecho de un cobertizo espacioso que, alguna vez, debe haber sido para reuniones. Fin del paseo familiar a un parque natural. Lamento por Churute.

Se ha hablado desde hace tiempo y en estos días, el presidente ecuatoriano planteó el fin del llamado “impuesto verde” que, desde hace algunos años, debían pagar los autos de alto cilindraje y los vehículos con varios años de uso por la contaminación ambiental que generan. La decisión ahora está en manos de la Asamblea Nacional. El gobernante sostiene que derogarlo es mejor porque que se había vuelto un impuesto regresivo y que no cumplió su finalidad.

Los ochocientos millones de dólares recaudados en estos años por este impuesto no cumplieron lo que se esperaba. ¿Dónde fueron esos millones? Lo recaudado no redujo ni la compra de autos grandes ni la circulación de los vehículos añosos, por tanto, no sirvió para disminuir la contaminación vehicular ni para mejorar la calidad de la gasolina. El fin del impuesto verde decidido por el círculo de poder gobernante pone felices a vendedores de autos y a dueños de los contaminantes vehículos. Por fin dejarán de pagar algo que, según ellos, era injusto y discriminatorio, que no servía para nada sino solo para esquilmar sus “pobres” cuentas.

La política fiscal y como parte de ella, la determinación o derogatoria de impuestos, deben tener como objetivos proveer al Estado de fondos públicos, redistribuir los recursos, mantener a flote la economía y/o garantizar la preservación ambiental. ¿Qué sentido tiene eliminar el impuesto verde? Una parte de quienes lo deben pagar pertenece al sector económicamente alto, que disfrutan de cuentas bancarias aquí y allá, que llenan de ruido y contaminan las grandes e iluminadas avenidas de las ciudades y barrios residenciales. Este grupo social, por un principio de equidad y de mayor contaminación relativa, debe tributar más que los demás. Otro sector poblacional que paga el tributo verde son quienes poseen un vehículo de varios años y que, por una u otra razón no pueden renovarlo. Pero en el diseño del impuesto que está por derogarse se olvidó o ignoró deliberadamente, a buses, camiones, volquetas y otros vehículos de carga que también contaminan sin control. Muchos de éstos son flotas con un solo propietario, son empresas privadas contaminantes en circulación. El impuesto verde inventado por el anterior gobierno ha resultado demagógico, inoperante, antes que una medida pensada para protección del ambiente. Y el gobierno actual, continuismo de incoherencias, en lugar de reformularlo, lo elimina.

La derogatoria del impuesto verde está en manos de los-as asambleístas, entre los que hay representantes identificados con las empresas de propietarios de vehículos de alto cilindraje, que son también parte gravitante en el gobierno, quienes además empujan la minería a sol y cielo abierto, el nulo despegue del país en otro sentido que no sea el extractivismo puro y duro, sin que importe la destrucción ambiental, tal como el vicepresidente promueve y defiende.

La política fiscal, en la sociedad de libre mercado, constituye un mecanismo redistributivo que puede paliar la inmensa inequidad de la sociedad ecuatoriana. Para poner o quitar impuestos se debería considerar la desigual condición económica de la población contribuyente, pues al hacerlo “para todos o para nadie” se oculta, se mantiene y se profundiza la desigualdad social, es decir, se preserva la sociedad de clases con abismos que separan a las personas enriquecidas de las empobrecidas. Lo lógico, lo democrático sería gobernar de cara a los derechos de las personas y el ambiente, por lo mismo, el reto sería redefinir el impuesto y darle sentido para que cumpla una función social y ambiental. Lanzar la derogatoria tal como fue su emisión resulta inocuo y demagógico, pero en beneficio de un sector minoritario de la sociedad.

Lamento por Churute evidencia que el Gobierno no es capaz de mirar el capital ambiental y preservarlo con políticas públicas reales, efectivas y democráticas. Es el lamento por todos los parques naturales que seguramente atraviesan situaciones similares.

Los últimos gobiernos no pensaron políticas ambientales sostenibles, coherentes con su parloteo. Todo lo contrario, apuraron decisiones comprometidas con el extractivismo insensato para el ambiente y el turismo, con la inmediatez de negociados dudosos con los recursos naturales del país, entreverados con prebendas de beneficio personal. El fin del impuesto verde es una venia más a los sectores de poder económico y un olvido de la naturaleza y sus derechos que son los de la mayoría.

En la próxima visita a Churute, en los preparativos, la familia deberá incluir un machete para desbrozar el sendero.

*Profesor Titular, Facultad de Ciencias de la Salud – UNEMI