¿CUARENTA AÑOS DE DEMOCRACIA? Por Alfredo Espinosa Rodríguez

En la Asamblea Nacional, se conmemoró los 40 años de democracia. Rosalía Arteaga participó en el evento. Foto Fernando Sandoval / Asamblea Nacional

Cuatro décadas de una democracia secuestrada por la dictadura de la corrupción, cuyo clímax lleva los apelativos de “Arroz Verde” y “Lucas Majano”, y a la vez dolida por la sodomía causada por el autoritarismo verde flex que dejó todo menos la “mesa servida”, nos llevan a reflexionar sobre el tipo de democracia que heredamos a nuestras hijas e hijos y la necesidad de reinstitucionalizar el país.

Conmemorar este pasado oprobioso, el de la corrupción electoral y la genuflexión de la justicia ante el dictamen del ahora autoexiliado expresidente Rafael Correa es casi tan oprobioso como celebrar la ruptura consecutiva de la voluntad popular en las urnas a través de los vericuetos legales y las interpretaciones antojadizas de la Constitución, realizadas por los representantes de la “partidocracia”, quienes decidían poner y sacar mandatarios en nombre de la estabilidad de la República y la nación.

Decisiones que vale anotar eran elucubradas por la élite política asentada en El Cortijo y ejecutadas por sus vasallos en el antiguo Congreso Nacional, el del “hombre del maletín”, los gastos reservados, los cenicerazos, las golpizas, las alianzas contra-natura y la legitimización anticonstitucional del interinazgo presidencial de “cinturita” (Fabián Alarcón).

Es esa democracia administrada por misóginos civiles y militares la que degradó la imagen política de la mujer al mero espacio de la tarima y al de acompañante protocolaria y silenciosa en actos oficiales. La misma que impidió a Rosalía Arteaga asumir la Presidencia de la República mucho antes de que los feminismos ultraizquierdistas desnuden sus pechos en el Pleno del Parlamento como estrategia para visibilizar sus luchas y discursos. Entonces la violencia política contra la mujer –ahora pregonada como verborrea para justificar la ignorancia y la desidia política de algunas lideresas- no existía en el imaginario de demócratas y pseudo-revolucionarios, blanco-mestizos e indígenas.

Frente a este relato poco halagador para el onomástico de la democracia ecuatoriana, cabe preguntarnos: ¿Hasta qué punto a los ecuatorianos nos gusta vivir en democracia? Y ¿En qué medida el país cuenta con referentes democráticos? El Estado de propaganda verde flex personificó y limitó la democracia a la figura del mandatario populista que hacía carreteras, hospitales, viviendas; que “posiblemente robaba” –sí- pero “estaba bien porque todos los gobiernos y funcionarios públicos roban”. Ese es el referente democrático que todavía añoran algunos comensales del paternalismo sanduchero a los que el prófugo de la justicia se les llevó sumas iguales o mayores a las del feriado bancario de Jamil Mahuad.

Los reacomodos institucionales y el devenir de los acontecimientos en el país han dictaminado que la brújula moral y política de la República –en tiempos de Lenín Moreno- señale con dirección a una transición incierta en donde posiblemente la democracia sea una vez más reducida al mero acto del sufragio, el proselitismo burdo, la proliferación de partidos de papel y la recolección de firmas (con o sin conocimiento de los firmantes) sobre los cuales han germinado a placer los pútridos autoritarismos de izquierda y derecha que representan el caldo de cultivo al que ahora se abona la desconfianza que sienten los ciudadanos a que se respete su voluntad electoral.

Sí hemos tenido cuatro décadas de democracia a la ecuatoriana, es decir, maltrecha y vilipendiada por la clase política del país y los propios ciudadanos que la alimentan. No obstante, la contracara de esta ruindad es una tradición incólume en defensa de los derechos humanos y cuestionadora a ultranza de los crímenes perpetrados por la delincuencia organizada con bandera política de revolución o del terrorismo de Estado disfrazado de orden y progreso. Asimismo, la presencia del movimiento indígena en las calles llenó el vacío que dejó una élite sindical vetusta y hasta cierto punto acomodada a costa de sus propias bases. En sí, la sola presencia organizativa de los pueblos y nacionalidades indígenas en la calles dotó de significado al concepto de participación.

En todo caso, lejos de embriagarnos en celebraciones y festejos por estos 40 años de democracia, los ecuatorianos debemos tener una mirada crítica frente al presente y el pasado vergonzante; solo así podremos aspirar a construir una democracia de acuerdos y no de componendas; de participación y no de sumisión; de libertades e igualdades sin sacrificar a quemarropa el porvenir de nuestra descendencia.

*Magíster en Estudios Latinoamericanos, mención Política y Cultura. Licenciado en Comunicación Social. Analista en temas de comunicación y política.