RÉQUIEM POR UNA SOTANA. Por Juan Cuvi

El Pleno de la Asamblea, presidido por César Litardo, con 84 votos afirmativos, censuró y destituyó a José Tuárez, Victoria Desintonio, Walter Gómez y Rosa Chalá, presidente y vocales del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, por incumplimiento de funciones previstas en la Constitución y la Ley. Foto: Flickr AN

A menos que lo contraten como confesor en Bélgica, el cura José Carlos Tuárez tendrá que sudar la gota gorda para reestablecer su vida laboral. Porque difícilmente la congregación religiosa a la que pertenece podrá pasar por alto la soberbia, la ambición y la torpeza con las que respondió a los llamados de atención que le hicieron a propósito de su fugaz aventura política

La aventura de José Carlos Tuárez da para muchas interpretaciones y preguntas. Las más, desde el campo de la sicología y la conducta social. Por ejemplo, entender cómo una persona puede provocar su propia ruina con tanta desenvoltura y en tan corto tiempo.

Desde la caída de Abdalá Bucaram no habíamos visto, en nuestra política nacional, una inconciencia destructiva parecida. ¿Fue su absurda estrategia producto de su propia autoría o respondió a directrices ajenas? En cualquier caso, es obvio que los autores intelectuales de la campaña de demolición institucional orquestada desde el Consejo de Participación definitivo no tienen la más mínima idea de la lucha política. Ni tampoco de los escenarios.

Los correístas obtusos no han entendido que la coyuntura política se alteró radicalmente. Y cambió en desmedro suyo. La práctica de atropellar leyes y procesos a partir de un clientelismo desbocado, que les reportó tantos éxitos durante una década, no funciona más. Es obvio que ya no tienen el control de las finanzas públicas para someter a los dóciles o para virar conciencias, pero no parecen darse cuenta.

Ahora, cuando más inteligencia y creatividad necesitan, se dejan ver las costuras. Y como la torpeza no tiene límites, cuestionan la decisión de la Asamblea Nacional de cesar a los cuatro consejeros de mayoría del Cpccs escupiendo al cielo. El cartel que presentaron en la sala de sesiones, etiquetando a la mayoría parlamentaria de “sepultureros de la Constitución”, parece un acto de autoflagelación, una burda ironía, una horma hecha a su propia medida.

Después de diez años de haberse pasado las leyes y la Constitución por el fundillo, de haber manipulado a su antojo la administración de justicia, de haber perseguido y encarcelado a cientos de dirigentes populares, de haberse enriquecido en forma ilícita, resulta patética una apelación a la decencia política y a la formalidad legal. Por un mínimo pudor deberían dejar que sean otros quienes critiquen la destitución de los consejeros de marras.

Quiero imaginar qué pensamientos circulan por la cabeza de los cuatro consejeros destituidos, después de haber amenazado con un ejercicio furibundo e implacable de sus funciones. ¿Creían que el despotismo correísta continuaba? Imbuido de una religiosidad atávica y distorsionada, el cura Tuárez pensó que blandía una espada divina con la que iba a imponer una justicia feroz e inclemente. Como los dioses de la antigüedad

Henchido de altanería, ofreció perdonar a sus compañeros de congregación por las críticas que le formularon, en lugar de pedir perdón por sus desvaríos. Hoy seguramente vuelva los ojos a su ropero. Allí cuelgan las sotanas a las que probablemente tendrá que darles otra finalidad.

*Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum – Cuenca. Ex dirigente de Alfaro Vive Carajo.