COMPOSITORA MAPUCHE COMPARTE SU ARTE COMO UNA HERRAMIENTA PARA LA RESILIENCIA

La cantante Carina Carriqueo comenzó su amor por la música desde muy pequeña hasta que a los 14 años tomó clases de canto sin que nadie de su familia lo supiera. Foto:

Carina Carriqueo, nació en San Carlos de Bariloche, una región de Argentina. Es de origen Mapuche y se dedicó al rescate del canto originario de la Patagonia llamado Ulkantún, dentro del cual se encuentra el TAIL, los cantos sagrados a un elemento natural.

Carina Carriqueo, ¿Cómo hace el pueblo Mapuche para construir sus procesos de resiliencia comunitaria? Para crecer, desarrollarse, como pueblos y como personas.

Primeramente Mari Mari a todos, nuestro saludo Mapuche, qué pregunta más simple de responder, en el sentido de que lo encierra todo en una sola palabra, que es la que me enseñaron y la que aprendí desde muy chiquita, la que transmitieron las abuelas ¿Cómo se hace para salir adelante pese a todo? Por que los que nacemos originarios, nos encontramos que antes que nosotros hayamos nacido, ya hay gente que nos odia, entonces tenemos que empezar a abrir los ojos en una sociedad, en que algunos nos dan la mano y otros la mayoría de las veces nos dan la espalda. Entonces la palabra es AMOR.

En ese círculo que me enseñaron las abuelas, y mi abuela principalmente, que yo cuento en mis presentaciones, cuento mi vida, relato mi vida. Ella tenía un problema con sus dedos todos torcidos, por el reuma, y cuando yo volvía del colegio triste, por alguna ofensa o porque había sufrido golpes, todo por el color de piel, y por ser indígenas. Y una vez le pedí que me dibuje algo, y ella no sabía escribir, a gatas podía agarrar un lápiz. Entonces le pregunté si me iba a dibujar algo bonito, y ella, como pudo, esta vez hizo un círculo, y me dijo: Es la vida, esto es la vida.

Todo vuelve, por eso, con amor nos tenemos que hacer fuertes, y seguir ese círculo, porque en algún momento, nos tenemos que hacer fuertes. Entonces, en mi camino, que he ido recopilando pensamientos y principalmente prestándole mucha atención a las palabras de los mayores. Siempre digo, Don Máximo Coñaquir, un Lonko de Olascoaga, decía que hay que tener conocimiento para hablar con inteligencia. Ese conocimiento se tiene con Küme rakizuan, con buen pensamiento. Para tener buen pensamiento, hay que tener también el corazón tranquilo, dice la abuela Cañukurá en Neuquén. Y, para tener el corazón tranquilo, hay que tener amor. Ese amor que sale desinteresadamente, en este camino, en el cual estamos juntos, uniendo de alguna forma este círculo, uniendo las culturas. Creo que esta es la forma en que se subsiste, se vive, cotidianamente, siendo originarios. Tendiendonos una mano, así, a la distancia, sin conocernos, pero sabiendo que entre todos formamos ese círculo de la vida.

¿Cómo se vive el ser comunidad en tierra de la Ñuke Mapu, la madre tierra mapuche?

Es una lucha permanente, yo siempre comparo nuestra cultura y los pueblos, con las plantas, con los árboles, cuando una raíz crece mucho, el hombre blanco lo primero que hace es levantar la vereda que se rompió, el asfalto, comprar una maceta más grande, porque esa raíz rompió la meceta, y volver a taparla, cortando para que no siga rompiendo ni el asfalto, ni la vereda, ni la maceta, y la vuelve a tapar.  Y esa es la lucha permanente, porque cuando las raíces queremos asomar, tenemos que estar en un trabajo constante, a pesar de ser los protectores de la naturaleza, nosotros seguimos viviendo y seguimos con el mismo pensamiento de hace añares, con ese cuidado, en armonía, en equilibrio, porque decimos que no somos los dueños de la tierra, si no que somos parte. Y por ser parte tenemos que cuidarla.

A veces tenemos esa otra lectura de lo natural, de ver las señales naturales y de respetarlas. Es una visión totalmente distinta, es como si viviéramos en otro tiempo, a veces. Y pese a todo, tenemos que seguir. Yo hablaba hace unos días con otro hermano, sobre esto de la raíz que a veces quiere y necesita salir, y muchos años llevamos en la espalda, cargadas, un montón de cosas, en mi caso, que me dedico a cantar y difundir desde el canto, porque es lo que aprendí desde muy chica, y ver como los congresos nacionales de lenguas indígenas, son organizados por gente no indígena, de ver como los oradores de los congresos son gente no indígena, y cuándo aparecemos… “A pero, a vos te toca cantar en el intervalo”, Cuando todos se van a tomar café… y en el teatro enorme que restauraron, “¿Voy a cantar ahí?”, “Pero vos no vas a cantar en escenario principal, a vos te toca cantar en el subsuelo”. Entonces festejamos, celebramos y agradecemos igual esos espacios, porque es un trabajo de hormiga, muy chiquitito, pero es un aporte muy grande. Es tomar conciencia, para aquellos que organizan los grande eventos, yo siempre digo, no debe haber cosa más fácil que levantar una bandera de un pueblo originario, o hablar en nombre de un pueblo originario, sea en un escenario, donde sea.

Pero cuantas veces, como ustedes en este caso, nos dan la palabra. Personas como ustedes, son contadas en el planeta. Que nos permiten a nosotros ser los protagonistas. Entonces, en los grandes escenarios se prefieren otras cosas, otra música, otra gente. Y celebran si esa otra persona levanta esa bandera y habla en pos de los pueblos originarios. O cuando van a las comunidades, y aquí en esta parte de América, cuando la gente quiere tener un buen gesto, o cuando quiere tranquilizar su corazón y acercarse a los pueblos originarios, lo primero que hacen es limpiar su casa, sacar todo aquello que le da pena tirar y llevarlo a las comunidades. En mis presentaciones, siempre digo, acérquense a las comunidades primero, conozcan y pregunten qué es lo que necesitan. No lleven por llevar y amontonar, la gente del campo y de la montaña, somos muy respetuosos, pero también necesitamos que nos oigan, que nos presten atención. Me ha pasado infinidad de veces, que llego a la casa de mi abuela que vive en la Cordillera, le dicen: “Qué pobreza qué tiene usted! ¿Cómo hace para vivir así, tan pobre?” Y ella con su único ojo sano, la mira y le dice: “Yo no soy pobre, como voy a ser pobre si no tengo reloj, a mi nadie me apura acá, como a usted. Tengo lo que quiero, tengo mi Quinta, tengo mis animales, tengo mi mate, mi yerba y mi harina para hacer mi rescoldo”.

Hace unos años, el gobierno vio esa “pobreza” y fue y le hizo una casa a mi abuela. Una casa de material con piso. Siempre crecimos con piso de tierra, haciendo fuego adentro. Ella tiene su casa está de material que le hizo el municipio, el gobierno, ella solo la usa para dormir, porque cuando se levanta la cierra con llave, para que nadie entre a esa casa que no es de ella, esa casa es del gobierno. Y se va a 50 metros, a su rancho, con piso de tierra, donde ella puede hacer humo y no se ensucian esas paredes, y entran los gansos y las gallinas, y esa tortuga que la tiene envuelta en repollo, para cicatrizar porque la agarraron los perros. Todo adentro y al lado de ella, y no hay problema, ella se siente bien, porque está en su Ruca, está en su casa. Nadie le preguntó si quería, fueron y se la hicieron.

Por otro lado, la lucha por la tierra, la lucha permanente de esas tierras sin papeles, que a veces no nos enteramos que el gobierno las vendió, a alguna familia china, y que viene el desalojo, y ahí las comunidades tienen que comenzar a luchar y asesorarse, y contratar un abogado, con personería jurídica para tener más validez en la palabra.

Y así nos quedamos, en el medio, nosotros los sobrevivientes, los que tenemos que luchar todos los días, en la cultura, en la tierra, con las manos en el barro, pero sin olvidar quienes somos ni de dónde venimos.

¿Cómo es la resistencia cultural mapuche?

Yo siempre digo, y aclaro en las presentaciones que, no hay que hacerle caso a los libros para niños, que hablan la mayoría de las veces de los pueblos indígenas en tiempo pasado: “Vivían, existían, comían, eso es todo, ah y andábamos en taparrabos en plena cordillera y con la nieve hasta las rodillas”. Hablar en presente, existimos, vivimos, tenemos y de vez en cuando viene algún niño a mi casa y me golpea las manos, y me grita: “Señora, tengo que hacer un deber para la escuela, ¿Qué costumbres que tenían antes, se mantienen actualmente?.”. Yo le contesto una solo palabra: Todas. Se canta, se escribe, se habla, se cuenta, se hace, se come y se trabaja.

Hay gente que me dice: “Queremos hacer un festival para colaborar con tal agrupación, ¿Vendrías a cantar?”. Sí, pero yo también necesito que colaboren conmigo, porque yo no vivo del aire. Uno deja todo, entrega todo en el arte, en el canto, por ejemplo, que es lo que yo hago. Siempre es de relleno o una apertura con un tema nada más, es pelear y ponerse firme. No hay que aflojar, no hay que dejarse usar. Yo me he encargado durante muchos años de organizar y agrupar artesanos originarios, de difundir el arte originario, por originarios, eso tiene doble valor, porque hay mucha gente que no es originaria, que lo hace y lo hace muy bien. Pero el arte originario, hecho por originarios, debería valer el doble.

Muchos años fui a cantar gratis a escuelas, a centros culturales, a distintos pueblos y ciudades, hasta que una vez en una escuela privada, después de que terminé mi presentación y que no me dieron nada para comer, porque los indios no comemos además, ni tomamos agua, nada. Me dijeron: “Juntamos algo para que te lleves a tu familia, a tu comunidad.” Y me dieron una bolsa de plástico, de esas para echar la basura, cerrada, y se fueron. Me dejaron en medio del campo, en el medio de la nada, se fueron todos, dejando una polvareda, y cuando abrí la bolsa y ví el paquete de polenta (harina de maíz), y una lata de tomates, me dije: “¿Esto es lo que valgo? ¿Esto es lo que vale mi canto? Yo vine tantos kilómetros hasta acá, como pude, no me dieron un vaso de agua, se fueron todos.” Es más, me dijeron, “Cerrá la tranquera (puerta) cuando te vayas”  y me dejaron una bolsa con dos alimentos, no perecederos, una lata y un paquete.  Entonces ahí entendí que tenía que ponerle valor económico a lo que hago, porque conmigo nadie hace beneficencia, yo necesito comer. Nadie me paga ni el gas ni los servicios, ni el agua, vivo en un pueblo.

Creo que nos tenemos que mantener firmes en esa postura. Valemos, lo que hacemos vale, si nosotros nos ponemos valor, va a tener valor para el resto. Siempre que he tenido presentaciones, destino gran parte de ese dinero que recibo, a comprarle a mis hermanos platería mapuche y tejidos. Lo hago pese a que yo ser hacer platería, y yo se tejer, pero se que mi hermano necesita un poco mas que yo, y él si no le vende un Trarilonco, un Trapelacuche –que es la platería que usa la mujer mapuche-, a otro mapuche. La gente blanca no entiende ese significado, y no se lo va a comprar, porque además es costoso, y ¡Vale lo que vale! Porque yo que se trabajar la alpaca –alpaca silver-, se lo que es cortarse los dedos con la sierrita esa finita. Se el trabajo que lleva pulir, sacarle brillo, diseñar, ser prolijo, es un trabajo tremendo, y está bien cobrado. Lo mismo las tejenderas, no es fácil primero esquilar, salir a buscar los tintes naturales, hilarla en el uso, a mano, ponerla en el telar y si es muy grande agacharse a cada rato, la espalda queda la miseria.

Por eso yo siempre digo, cuando van a las comunidades, y ven que hay gente con sus artesanías, no le peleen el precio, no le digan: “le dejo… total es un trabajo indígena, le conformo con pocos pesos”, paguen lo que vale, y si pueden pagar más, paguen más, porque si ustedes tuvieran que hacer ese trabajo, seguramente lo cobrarían muchísimo más de lo que está pidiendo esa tejedora. Nos damos una mano así, entre nosotros. Lo que hablábamos hoy temprano, de armar este círculo, de tendernos una mano pese a siempre sabemos que vamos a tener trabas, piedras y cerros que escalar, pero vale la pena seguir.

Porque además hay otra cosa, que no tenemos en cuenta y a veces nos olvidamos, es que estamos haciendo historia. Cada uno de nosotros está haciendo historia, y detrás nuestro, en este sendero que vamos marcando, en esta senda, hay niños y hay gente que nos viene siguiendo, y nos viene observando, y va a haber gente que va a querer pisar por el mismo lugar que nosotros pisamos, por eso tenemos que estar seguros y ver con cuidado, dónde pisamos.

¿Cómo hacer compatibles las ideas de progreso y desarrollo? Tan diversas entre los blancos y los pueblos indígenas.

Yo siempre digo que, muchas veces, lo que se llama pobre, tiene unidad, tiene espiritualidad, tiene todo el saber de cómo subsistir en un ambiente, en un bosque, en una montaña, en una ciudad, porque los que nos venimos a un pueblo chiquito, una ciudad no dejamos de ser quienes somos. Muchas veces el rico, lo único que tiene es soledad, y se queda en esa soledad rodeado de lujos, rodeado de su avaricia y de prejuicios. Lo que recalcan las abuelas es la evolución, el crecimiento, que no es lo mismo que el avance tecnológico, es avance tecnológico que nos va opacando, nos va distrayendo de lo natural, como decís vos, los suelos que se vuelven impermeables, como decís vos, los bosques que se siguen talando. El crecimiento va en el trabajo de arar la tierra que tenemos que hacer nosotros, de poder entrar en las escuelas, así sea en el subsuelo como me toca a mi muchas veces, así sea en el intervalo cuando se van todos a tomar café, pero la persona que escuche, que tome conciencia.

Yo creo que es la única herramienta que tenemos hoy. El otro día en la radio, cuando anunciaron que yo iba a estar, una sóla persona puso en el facebook de esa radio una carita de enojado. Después de que estuve, le escribió al dueño de la radio, dieciendole: “Me hago cargo que soy la persona que puso esa carita de enojado, por el prejuicio y en mi situación económica, que le tengo a las indios, pero después de escuchar cantar a Carina, esta mujer me cambió la cabeza”. En los 500 mensajes que tuvo la radio aquella noche, ese sólo me hizo feliz, porque a esa sola persona le había cambiado la cabeza, y eso es maravilloso, porque lo más maravilloso es que no nos cansamos, nos renovamos, seguimos teniendo esa fuerza, que viene, que nos enseñaron para estar siempre en un presente, para no hablar desde el rencor, sino desde el crecimiento. Esa es la clave. Crecer desde las heridas, no desde el resentimiento, crecer desde las heridas nos permite seguir adelante.

Audio de la entrevista completa

El pueblo Mapuche es un pueblo con una gran tradición de cantarle espiritualmente a la tierra, a los animales, a los árboles, al viento. ¿Recuerdas alguna de las viejas canciones, que pudieras cantarnos?

Cuando somos niños nos mandan a juntar piñones, que son frutos de un árbol grande que crece en la cordillera, que se llama araucaria, cuando el viento los mueve -es todo onomatopéyico el canto nuestro, el canto de la naturaleza- entonces, cuando vamos al bosque y pasa un arroyito y escuchamos que el agua golpea con la piedra, y hace yack click, cantamos:

Canto arroyito

Y dicen los niños, ¿Pero como, todo tiene canto? Todo lo que suena, lo que hace ruido. No, lo que no hace ruido también tiene canto, por ejemplo la filú, la viborita. ¿Y cómo va a cantar la víbora, si no habla? Y, es fácil hay que observar su movimiento, cerrar los ojos y verla:

Canto viborita

Cuando el canto es a capella, se llama Tail, ese es canto sagrado de un elemento natural, recién hablamos de las araucarias, que cuando el Kürüf, el viento, las mueve, y suenan esas piñas, se le puede cantar, se le puede decir algo lindo a ese árbol, agradecerle, por ese alimento, y el viento golpea y hace el kai kai kai, y se canta:

Canto Tail al viento

Se empieza con ese sonido onomatopéyico, se le canta algo, y despues se vuelve a cerrar, y es como digo yo, un canto chiquito, un canto simple, pero natural, que es lo que lo hace grande.

Porque aunque no entiendan el Mapuzungun, la lengua, si yo les digo que, hay un lamento, de ese hombre que tuvo que participar de la conquista del desierto, tuvo que ir por los fogones, tuvo que ir cantandole a este pueblo que quedaba atrás y a esas casas que quedaban atrás y esa familia, porque se iba ya cautivo para la tierra de los blancos, allá por el año 1700 y algo, cantaba, Don Pancho Carriqueo:

Canto en lamento por dejar la tierra de uno

Tani Ruca quiere decir ¡Ay! Ese lamento, ay mi casa, ay mi ruca, que ya me voy, con el blanco al país de las arboledas.

Este es el canto, esto se llama ulkantún, porque está acompañado con un pequeño ritmo, con un tambor que se llama Kultrun, y el otro está ahí, y si somos poquitas las personas que lo hacemos, por eso cuesta tanto. También, en grandes escenarios, porque la gente tiene un gran desconocimiento y tiene miedo, de que no sea lo que la gente, tiene miedo de que la gente no aplauda, que no hagan palmas, y yo siempre digo lo mismo, “no se preocupen, que cuando yo aparezca y empiece a hablar un poco en lengua, se van a reír los niños y algunos adultos, pero no serán problema porque eso es muy común, es porque ellos no están acostumbrados a oír, pero cuando yo empiece a cantar y a narrarles, y a entrelazarles como en un tejido, como en un telar, todos mis relatos, y mis canciones, cuando haya pasado una hora, se van a dar cuenta que no los dejé aplaudir en ningún momento, porque traigo a la memoria las palabras, también de Mapuches de acá de la provincia de Buenos Aires. Doña Herminda cuando me decía, “Usted sabe Carina, yo me levanto todas las mañanas y tengo miedo de olvidarme de la lengua, tengo miedo de que los chicos no aprendan, tengo miedo de olvidarme como se pronuncia, usted cante y cante mucho, así nos podemos acordar mucho de quienes somos”:

Ulkantún todos juntos

Todos juntos tenemos que estar, dice este ulkantún, donde estés, allá lejos, acá cerca, pero unidos de la mano, como estamos ahora querido amigo, usted allá y yo acá, y a toda la gente que escuche este mensaje, y un Chaltumay, muchas gracias, pero un Chaltumay bien fuerte y abrazados, así con las manos con el mari mari, con nuestros diez dedos bien apretados, en esta unión de pueblos, en esta unión de hermanos y Peukallal, hasta siempre.

*Entrevista a Carina Carriqueo, cantante mapuche, por Awasqa, agosto 2019