COLOMBIA: EL CHUPÓN DE LA PAZ. Por Juan Cuvi

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias del Colombia (FARC) anunciaron retomar el uso de las armas, aunque con cambios en la forma de combatir al Estado. Captura de video.

El término inglés pacifier es mucho más apropiado y potente para definir al chupón. Está más acorde con nuestra expresión latina de “meter el dedo” con la que describimos una forma pueril de engañar a alguien.

El chupón emula al pezón materno, simula ser algo que realmente no es. Su propósito final es calmar al guagua fingiendo que lo alimenta.

Colombia corre el riesgo de aplicarse el chupón de la paz. Setenta años de conflicto armado dejan demasiadas secuelas como para resolverlas mediante un simple acuerdo. Hay generaciones enteras que han naturalizado la guerra y hay colombianos que han nacido y han muerto en la guerra, es decir, que nunca conocieron la paz.

Dejar sin resolver los temas de fondo es como amamantar sin leche: la gente se tranquiliza, pero la democracia se desnutre. A la par que no se han solucionados problemas estructurales como la desigualdad, la marginalidad, la concentración de la riqueza o la elitización de la política, se incrementan otros como los asesinatos selectivos de los dirigentes sociales.

Tres factores siguen conspirando contra la paz en Colombia. En primer lugar, el Estado no tiene las condiciones para llenar los vacíos dejados por la guerra. El equilibrio informal logrado en extensos territorios entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Estado durante décadas, hoy es sustituido por la lógica de las bandas criminales.  Los carteles de la droga y la disidencia delincuencial de las guerrillas son los principales beneficiarios de esta incompetencia crónica del Estado.

En segundo lugar, el gobierno se niega a cumplir con varios de los puntos acordados. No solo eso: hay sectores del uribismo que, por convicción o por negocio, siguen promoviendo las respuestas bélicas a los conflictos sociales. Jamás han ocultado su voluntad por la guerra. Luego de haber ganado las pasadas elecciones con un testaferro de segunda línea, han ratificado el respaldo ciudadano a su discurso intransigente. Álvaro Uribe se frota las manos con la decisión de un grupo de las FARC de volver a las armas.

En tercer lugar, algunos remanentes guerrilleros no entienden otra forma de hacer política que las armas. La experiencia de otros acuerdos de paz, como el que suscribió el M-19 hace 25 años, no han calado en estos sectores. Con costos en vidas y con enormes adversidades, ese proceso consiguió resultados fundamentales para la sociedad colombiana. Uno fundamental fue la aprobación de una nueva Constitución, luego de un siglo de imposición conservadora. Otro resultado interesante ha sido la disputa de espacios otrora intocables como las alcaldías, entre ellas la de Bogotá. Y todos se consiguieron a pesar del incumplimiento del Estado en varios de los contenidos del acuerdo de paz.

El tema de la paz en Colombia radica en la superación de las profundas injusticias que atraviesan a esa sociedad, y que tienen relación con una forma de poder particular. Es cierto. Pero pretender superarlas metiendo retro es un error monumental. Volver a las armas o reiterar en la guerra después de años de haber hablado de paz proyecta una imagen de incoherencia, desconcierto e incertidumbre entre la ciudadanía. Es como quitarle el chupón al guagua.

*Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum – Cuenca. Ex dirigente de Alfaro Vive Carajo.