ES UN ESCÁNDALO, DICEN. Por Luis Ángel Saavedra

Foto referencial de Pixabay

Ahora nos estamos rasgando las vestiduras porque una empresa ha tenido nuestros datos de forma insegura y podrían haber sido filtrados hacia alguna parte; pero, ¿Acaso no sabemos que nuestros datos personales se están comercializando desde hace años?

¿Somos tan ingenuos que no hemos podido darnos cuenta? Ahora deseo poner algunos ejemplos sin meterme en política, porque también habría que preguntarnos de donde salieron las firmas para los partidos y movimientos que participaron en las últimas elecciones. Por ahora solo quiero quedarme en la cotidianidad.

Un día después de que saltó la denuncia sobre la vulnerabilidad de nuestros datos personales, con algunas compañeras de trabajo decidimos ir a los “motes de San Juan”. Un cuchitril famoso en Quito que al parecer está georreferenciado en el mapa mundial. Comimos los motes en la calle y nos fuimos. Al rato una compañera recibió un mensaje en su celular: “califique los motes de San Juan”. “Google Maps siempre sabe dónde estoy”, comentó la compañera y contó que incluso al pasar, no entrar, por varios locales, recibe un mensaje pidiendo su calificación. Entonces de qué nos quejamos si, para empezar, estamos vendidos a GoogeMaps, pues, aunque sin saberlo, autorizamos a que se nos ubique al aceptar un contrato que nunca leemos.

El negocio de las redes sociales es la compra venta de los datos que nosotros ponemos ahí, aun cuando nos aseguren que hay reglas para la privacidad. ¿Alguien ha leído la ventanita que sale cuando se abre una pestaña para navegación privada o de incógnito en el internet? Ahí dice clarito que podrá rastrearse la navegación ya sea por parte de sus empleadores, si se usa una computadora en un lugar de trabajo o por un técnico en informática. Esto quiere decir que no hay navegación privada aunque dicen que para conseguir pasajes aéreos baratos hay que navegar de incógnito; eso acabo de hacer para comprar pasajes para Estados Unidos a través de internet; creo haber conseguido un buen precio; pero, ni bien termino la transacción llegan a mi correo ofertas con precios menores para la misma ruta ¿No es que estaba navegando de incógnito? ¿Cómo otras empresas se enteraron de mi compra? Me hacen sentir miserable por no buscar bien y no haber encontrado la oferta que ahora me envían. Luego me envían oferta de hoteles, renta de autos y lugares de interés que debo visitar en la ciudad a donde voy. Conclusión: dato que se pone en internet, donde sea que se ponga y de cualquier manera que se ponga, se convierte en un artículo de compra venta, lo hayamos autorizado o no.

Cuando vamos a las gasolineras, el despachador mira la placa y pregunta “¿fulano de tal? Automáticamente respondemos “sí”, solo nos falta alzar la mano para decir “presente” y esbozar una sonrisa de satisfacción; pero no nos preguntamos de dónde se sacó nuestro nombre, que ya está asociado al vehículo y no nos han pedido autorización para usar este dato en una gasolinera, aun cuando sea por razones de control fiscal o para prevenir un posible contrabando de combustible. Si estoy vinculado a una lucha social en alguna parte recóndita del país, sabrán que ido allá solo por los datos de una gasolinera cercana en la que, necesariamente, deberé cargar combustible.

La cosa se pone más dura con las llamadas telefónicas que nos hacen desde centros de comercio para ofrecernos tarjetas de crédito de diversos bancos, créditos pre aprobados, planes telefónicos, vacaciones pagadas, sorteos ganados y un sinnúmero de cosas. A lo mucho respondemos “no gracias, muy amable” y cerramos el teléfono sin preguntarnos cómo es que tienen mi número de celular o el del domicilio. Estas empresas llaman hasta en las noches y los fines de semana sin que nos preguntemos quién les dio la autorización para usar nuestros datos.

Y más dura se pone la cosa con la publicidad de varios locales comerciales, en especial de electrodomésticos: “crédito inmediato con tan solo presentar su cédula de identidad”. Vamos, presentamos la cédula y resulta que con ello ya pueden saber en dónde trabajamos, las cuentas bancarias que tenemos, el historial crediticio, el sueldo y las deudas. Solo les falta saber el color del calzoncillo que llevamos puesto. ¿De dónde sacaron esos datos? ¿Quién les autorizó a mantener una base de datos en la que estamos todas las personas que tenemos cédula de identidad? Estos locales comerciales tienen los datos de toda una vida.

Hace semanas recibí una revista de publicidad, la enviaron por correo. Me pregunté cómo sabían la dirección de mi trabajo y, por curiosidad, miré la etiqueta de la dirección: no solo tenía impresa la dirección; tenía impresos todos los teléfonos que había usado en mi vida, incluso los teléfonos analógicos que había compartido en mi época de estudiante. ¿De dónde salió todo eso? Intenté hacer un recuento de los primeros teléfonos, un recuento de hace treinta años; descartando los familiares, los amigos y las novias, llegué a la conclusión de que di mi número telefónico al banco en el que saqué mi primera cuenta de ahorros. ¿Mis antiguos datos salieron de ahí?

Y la cosa se pone de miedo cuando se va a la Embajada de los Estados Unidos para sacar una visa. Le preguntan si ha viajado. Se les dice que sí. ¿A qué lugares? A estos, y estos y aquellos, se les responde. Si se olvida de algún lugar, enseguida le preguntan ¿por qué fue a tal lugar? ¿para qué viajó a tal parte? Entonces cabe preguntarse dónde estaban esos datos, ¿en la Policía de Migración? Y si estaban en la base de datos de la Policía de Migración, ¿por qué están ahora en la Embajada de Estados Unidos? ¿Quién los autorizó?

Ya la cosa se pondrá tenebrosa, sin que nos percatemos, con el metro de Quito en donde se han instalado al menos dos medidas de seguridad, según dicen. La una es un lector de huellas dactilares que registrará a cada usuario y la segunda un programa de reconocimiento facial conectado con todas las cámaras. ¿Será para controlar la delincuencia? ¿O será para saber para dónde va un líder social que ha participado de una protesta? Si luego de participar en un plantón en la Plaza Grande, tomo el metro en la parada de San Francisco, sabrán exactamente a donde estoy viajando en caso de que deseen detenerme. ¿Quién autorizó este tipo de seguimiento?

Todas las cosas aquí relatadas son sin duda una violación al derecho de privacidad, pero las hemos normalizado de tal manera que resultan ser parte de nuestra cotidianidad y no la vemos como prueba de algún delito; sino lo creemos, solo basta mirar lo pasado con los directivos de Novaestrat, empresa que tiene todos nuestros datos y que se presenta como una firma consultora que provee servicios de análisis de datos, marketing estratégico y desarrollo de software. Los señores fueron a la Fiscalía, dieron su versión y les dijeron muchas gracias, pueden irse. No hay delito, solo un escándalo más.

* Poeta, periodista y analista en geopolítica; activista de derechos humanos, de los pueblos y la naturaleza. Actualmente es coordinador ejecutivo de Inredh y corresponsal de varias revistas internacionales especializada en derechos y geopolítica.