LA LUCHA POR EL LAICISMO SIGUE VIGENTE. Por Juan Cuvi

El pasado 17 de septiembre de 2019, las y los asambleístas votaron por la reformas del Código Penal Integral Penal (COIP), la no penalidad por aborto por violación no obtuvo mayoría de votos. Foto: Flickr AN

Resulta tan necesario como insólito tener que reivindicar el laicismo a estas alturas de la Historia, pero no queda de otra. A la luz de los últimos acontecimientos políticos, toca afrontar una problemática que muchos suponían superada.

Y no solo en el Ecuador: la reactivación de una visión religiosa de la política está amenazando las libertades civiles en países impensables. Por ejemplo, en Francia o Brasil.

El laicismo está indisociablemente ligado al concepto de lo público, es decir, a ese espacio que nos pertenece a todos y que, por lo mismo, no admite el tutelaje de ninguna creencia particular. Ese espacio donde el individuo se convierte en ciudadano, donde sus convicciones internas y personales deben dar a paso a la interacción con otros individuos que pueden pensar y creer de manera diferente.

La fuerza de lo público, según Henri Pena-Ruiz, radica en su neutralidad confesional; es decir, en garantizar la imparcialidad y la condición para que cada persona, sin importar su convicción espiritual, se sienta parte de la República.

En nuestro país, al parecer, una revolución no fue suficiente para regularizar esta condición. Es más, el intento por independizar el mundo de la política de la tutela eclesial se frustró con el atroz asesinato del general Eloy Alfaro. Lo que realmente se incineró en la hoguera bárbara fue al laicismo, quedaron muchas leyes liberales, es cierto, pero la cultura política nacional continuó siendo conservadora.

La situación no sería demasiado patética si no fuera porque el conflicto entre política y religión tiene más tiempo de lo que suponemos. No data de la Revolución Francesa, sino de mucho antes. Según la historiadora Karen Armstrong, Solón fue el primer gobernante que secularizó la política hace 2.500 años y lo hizo desde una ecuación muy sencilla: tanto la sociedad como la naturaleza tienen sus propias leyes y en su funcionamiento no intervienen los factores divinos. Los problemas políticos competen a los seres humanos.

No obstante, y pese a estos edificantes antecedentes históricos, las sociedades humanas han demostrado una inclinación compulsiva por incorporar ingredientes religiosos al funcionamiento de la política. En cada crisis, y frente a la incompetencia de los gobiernos para dar respuestas convincentes a la ciudadanía, alguien vuelve la mirada al cielo para calmar su desesperanza. Ahí es cuando el mesianismo político hace su agosto.

Pero las crisis no tienen que ver únicamente con la ingobernabilidad de un país. Para efecto del debate sobre la despenalización del aborto por violación, los sectores más retardatarios de nuestra sociedad sienten que su añeja agenda moralista atraviesa por una situación grave y decisiva que puede implicar una alteración profunda. En otras palabras, saben que están en crisis, por eso, precisamente, han activada el más recalcitrante confesionalismo. No solo metieron a dios en la Asamblea Nacional, sino también entre las sábanas de los ecuatorianos.

*Máster en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum – Cuenca. Ex dirigente de Alfaro Vive Carajo.