CUANDO LA CALLE Y LA PROTESTA SE TOMARON DE LA MANO. Por Hugo el búho

Estos 11 días de paro nos removieron hasta el tuétano. Haber participado del mismo fue un aprendizaje para toda la vida, para todos; bueno, menos para los dulces marchantes de la Shyris.

La palabra pueblo recobró su verdadero sentido, tan denostado por la élite, hasta por la academia. “El pueblo” sonaba hueco, vacío de significado, sobre todo porque los ecuatorianos tuvimos un letargo de casi 15 años de no salir a protestar sostenidamente: desmovilizados; por lo tanto, sin entrenamiento en calle, solo llorando por Facebook o sumándonos a alguna movilización sin mayor trascendencia.

Los denominados millennials no entienden qué significa enfrentarse por horas y durante varios días a las denominadas fuerzas del orden, esos señores uniformados que se mostraron particularmente violentos. A la primera bomba, y a 600 metros de distancia, los chicos y chicas salían disparados como alma que lleva el diablo. Otros, se iban acostumbrando a la bronca y de pronto ya eran parte de la masa, y la rabia también les llegaba: ¡Fuera Lenín, fuera!; ¡que se largue el FMI!; ¡no al paquetazo!; ¡vamos Quito, Quito no se ahueva, carajo! ¿Así que esto significa luchar por el pueblo? ¿Así que esto es ser universitario consiente? ¿Así que los derechos y luchas por medidas sociales y económicas que van en detrimento del pueblo no se consigue con marchas de amor y paz y flores y sin malas palabras? ¿Así que lanzar piedras y armar barricadas es parte del menú?

El paquetazo de Boltaire Moreno y su combo nos estremeció como país. El FMI ordenó y ellos tan solícitos dijeron bueno. Y claro: “son medidas duras, dolorosas pero necesarias”. Típicas frases cuando quieren desangrarte. Los estudiantes, sobre todo de la Universidad Central se autoconvocaron y ardió Troya. Por fin, a los años que cientos de mujeres y hombres con mochila al hombro hacían oír su voz; y luego los trabajadores, incluso algunos mejías. Pero faltaban los indígenas, a quienes esas medidas los iban a empobrecer mucho más. ¡Dijeron basta! Y llegaron por miles de todas partes: hombres, mujeres, niños: la comunidad en pleno arribó a la capital para gritarle en la cara al presidente que no quieren su decreto impuesto al apuro, y que lo derogue, o el pueblo sabrá responder en las calles.

Quienes respondieron, incluso antes de que empiece el paro fueron los vendedores informales. Ya tenían lista su mercadería para las marchas: banderas, cornetas plásticas, ponchos impermeables, gorras para el sol, sombrillas para el agua, caumal para la garganta, cigarrillos: cómprese un tabaco y no muera asfixiado, lleve su matabomba, mascarilla y te salvas.

El gobierno, quizás pensó que en dos días la bulla se acababa. Se confió de un pueblo que aparentemente estaba dormido, y que sería un berrinche pasajero que se solucionaba con 300 bombas, un carajazo de la María Paula y la mala cara del Oswaldo Jarrín. Pero no. El movimiento indígena se tomó las calles. Vinieron a darnos peleando y a darnos muriendo, dijo alguien. Y es que, sin ellos, hay que decirlo, no pasábamos de tres días y 500 bombas.

La represión fue brutal. Miles de bombas, cientos de heridos y violencia desatada. La gente comentaba, al igual que los dirigentes indígenas, que este es un gobierno de los ricos: grandes empresarios y la banca lo sostenían, porque al presidente ya no le creía nadie, demostró ser un inepto. Él, y su equipo de gobierno, tenían un único discurso: la culpa de todo es de Correa, frase que de tanto ser repetida solo podía ser susceptible de burla y de memes al infinito. A propósito, los memes aparecían minuto a minuto, deslegitimando con humor la estupidez y la represión del primer mandatario.

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Y los grandes medios de comunicación, los inefables medios, que apuntalan y sostienen dos años y más al gobierno de Moreno, seguían haciendo su trabajo imparcial, objetivo e independiente: estamos con el gobierno, con la paz, la libertad y en contra de los violentos, sobre todo los correístas, que querían un golpe de estado. El discurso de “los correístas son” se convirtió en el pan nuestro de cada día. Y las grandes empresas de comunicación no decepcionaron… al poder. Se sumaron, como es obvio, medios digitales como La Posta y Los 4 pelagatos, que reproducían el discurso racista del gobierno. Para Teleamazonas, Ecuavisa y demás angelitos de la comunicación social no pasaba nada, solo se dedicaron a pasar su programación cotidiana, breves flashes informativos, verdades a medias del Comercio y el Universo, tuits envenenados y llenos de racismo del socialcristiano camuflado Carlos Vera y otros iluminados de la Academia, mientras Quito y otras ciudades de la serranía se alzaban de forma contundente.

Radio Pichincha –con ciertos afectos por la Revolución Ciudadana- hacía un buen trabajo de difusión y crítica. Se la jugó por contrarrestar el cerco mediático, pero fue sacada del aire. ¿Por qué? Obvio, acusada de ser un medio correísta que incitaba a la violencia. Nebot y la alcaldesa Viteri hicieron declaraciones racistas y cargadas de odio, como que los indígenas mejor se regresen al páramo, que no son dignos de Guayaquil, pero como son socialcristianos o socios del gobierno o jefes de gabinete, imposible tocarlos.

Surgieron múltiples medios alternativos para desbloquear el cerco mediático de las grandes empresas de la comunicación. Gracias a ellos la población tuvo información de primera mano, a la vez que desmentían noticias sesgadas y cuestionaban el trabajo periodístico de quienes, de manera descarada, se alinearon al gobierno de Moreno. Celular en mano compartían lo que los medios oficiales no querían ver. Como parte de la anécdota circuló un audio en donde uno de los supuestos patriarcas del socialismo ecuatoriano, Enrique Ayala Mora, se evidenciaba de cuerpo entero como un canallita de corbata roja. Decenas de periodistas fueron agredidos por la Policía, pero los medios de comunicación sólo se enfrascaron en la agresión, lamentable, por cierto, del periodista “de élite” Freddy Paredes. Como era de teleamazonas y famoso, el resto no importaba. Las ventajas de ser y estar en “el lindo canal”.

Verdaderas batallas campales se daban en la capital. Hubo, por supuesto, saqueos, vandalismo y excesos, que, a decir de muchos, provenían de agentes infiltrados del gobierno: una táctica conocida desde siempre. En una insurrección como la que se dio en el país, sin duda se dieron actos cuestionables. Ciudadanos fueron atacados injustamente, otros no entendían semejante bronca, para muchos –de los que pensaban que los alimentos se producen en el subterráneo del Supermaxi- eso no era más que violencia injustificada: pedían paz, trabajo y prosperidad desde la comodidad de sus autos y sus barrios amurallados.

Pero no solo fueron las manifestaciones masivas y las bombas y el miedo. La solidaridad en todas sus formas abrió un camino de esperanza ante tanta represión, dolor y muerte. Por miles, las familias ecuatorianas se volcaron a abrir su corazón, porque sabían que los compañeros indígenas peleaban por una causa justa y se jugaban el pellejo por nosotros: tantos días, fuera de sus tierras, mal comidos, mal dormidos, mal aseados, y tragando gases mañana, tarde y noche. Mujeres indígenas estaban en las calles, siendo parte de las protestas; muchas de ellas liderando a sus comunidades. Y la solidaridad fue un tornado: cientos de voluntarios, vecinas con sus hijos brindando sus manos para cocinar, para cuidar de los niños, para hacerles la estadía un poquito más llevadera. Miles se conmovieron hasta las lágrimas cuando se percataban de todo lo que veían a su alrededor. Y en las calles, el desconocido que te sopla tabaco en la cara o te regala leche o vinagre o bicarbonato. Agua nunca faltó, voluntarios estaban prestos a socorrerte y la Universidad Salesiana, La U Católica, la Politécnica Nacional y la U Central abrieron sus puertas para dar cobijo, comida y abrigo a los luchadores, a las guerreras venidas del campo.

Los estudiantes de medicina nos dieron una lección de solidaridad y valentía, nos emocionaron con su arrojo y organización, cuando armaron cadenas humanas para proteger a los manifestantes, esposas e hijos que se encontraban dentro de las universidades Católica y Salesiana, centros de ayuda humanitaria, y que, sin embargo, fueron agredidos por la Policía.

La Ministra Romo declaró: no se volverá a repetir. Pero se repitió. Miles de manifestantes fueron emboscados cuando policías y militares les permitieron acercarse a las afueras de la Asamblea; ellos con bandera blanca simulaban paz; pero solo fue hasta que llegaron más municiones: se olvidaron de la tregua y toma tu sábado 12 de Octubre.

Moreno, con sus medidas, encendió la llama del descontento que creció y creció. Las redes sociales, sus mensajes, los videos en vivo, la presencia espontánea del pueblo en los barrios resistiendo y haciendo retroceder a militares y policías, requisándoles las bombas, adueñándose de vehículos militares e incendiándolos, como diciéndoles: esto lo pagamos nosotros y no deben ser usados para reprimirnos. La noche del domingo un cacerolazo impresionante abrigó con su sonido rebelde los barrios de la capital, respondiendo así al toque de queda impuesto al apuro por Moreno. Los analistas más reaccionarios pusieron el grito en el cielo: ¡cómo es justo que éstos bárbaros caoticen la ciudad, la gente de bien qué culpa tiene, pobre Centro Histórico, el patrimonio; uy, los grafitis, perdemos millones! Ningún país civilizado permite esto. La gente de bien se dolía por paredes y piedras y no por las vidas que se segaban. Ese centro Histórico se construyó con el sudor y la sangre de los indígenas, además que fue escenario de levantamientos y rebeliones. Este último acontecimiento social será, también, parte de la memoria histórica y social del país.

Miles de imágenes, hechos dolorosos, anécdotas y emociones varias que nunca desaparecerán de la retina y la memoria de los ecuatorianos, nos enseñó que la historia también la construyen los anónimos y no solo los héroes pintados por la historia oficial. Observábamos, con una mezcla de miedo y algarabía, una ciudad en guerra, calles devastadas cerca al tradicional parque del arbolito; un Presidente que huyó a Guayaquil para sentirse seguro alado de Nebot; carreteras y gobernaciones tomadas en otras ciudades; una Asamblea inepta, ausente, que no pudo y no quiso hacer nada. Estado de excepción, estado de sitio, más represión, más sangre, pero a la gente no le importó: siguió resistiendo y saliendo a las calles para exigir a Moreno que se largue, él y sus medidas económicas. Fuimos testigos, también, de la transformación brutal de María Paula Romo, otrora defensora de derechos humanos, académica, con un discurso progresista, convertida en un verdadero monstruo, al igual que su pana, el Juan Sebastián.

Claro, no podían faltar los oportunismos que querían pescar a río revuelto. El movimiento indígena se expresó claro: Ni Correa, ni Moreno, ni Nebot, ni Lasso. Hace dos años, un poco menos, los dirigentes de la CONAIE apoyaban a Moreno en la Consulta del 7 veces sí. Hoy entendieron –después de algunos muertos, heridos y brutal represión- que con el poder de turno no se negocia como amigos. Es obvio que muchos quisieron capitalizar esta rebelión para su beneficio, siempre lo hacen, pero el movimiento indígena y los miles de apoyos de la gente de Quito, de los universitarios, trabajadores y de los barrios populares, lograron neutralizar a cualquiera que estaba frotándose las manos. Tanto es así, que Nebot, Lasso, Correa, Páez, Montúfar y otros, por hoy, están fuera de juego.

Después de la tremenda paliza que le propinó el movimiento indígena en cadena nacional al señor presidente y su gente cercana –con esos medios que los tildaban de delincuentes- lo obligaron a sentarse a negociar. Sus dirigentes le dieron cátedra de política y de organización, le escupieron en la cara que tenía ministros vagos y que gobernaba con la derecha y el FMI. Moreno no tuvo más remedio que callar, agachar la cabeza, balbucear tres frases y derogar el decreto 883. ¿Qué vendrá después, qué decreto saldrá de las negociaciones? Es incierto. Pero alguien debía pagar por el ridículo que pasaron en vivo y en directo. La cacería de brujas iba a empezar, y claro, no podían ser otros que los aliados de Correa. La venganza sin sentido empezaba y no se sabe hasta cuándo. Y para que no digan que los manifestantes sólo caotizan y ensucian la ciudad, la mañana del lunes 14 de octubre, cientos de quiteños, niños incluidos, se dieron la mano en una gran minga que los hermanó, aún más. Los muertos, heridos y apresados, solo nos convocan a seguir resistiendo y soñando con un mundo mejor. La insurrección de estos días nos abre una puerta de esperanza.

Fotografías: María José Gálvez V.