TODOS LOS DESCONTENTOS Y TODAS LAS REBELDÍAS. Por Fernando López Romero  

Protestas sociales en la ciudad de Quito. Foto: Luis Herrera

Movilización indígena, paro nacional y levantamiento popular victorioso

Una nube de zánganos…

Zánganos”, dijo el presidente Lenin Moreno al referirse a quienes protestaban contra el paquetazo del “gobierno de todos”, que castigaba a la inmensa mayoría para defender los intereses del 1% más rico de la población:  las cincuenta familias dueñas del país, que los 365 días del año deciden los precios de los huevos, de la leche y el pan, de la sal y del azúcar, de los salarios y el transporte público, de las tasas de interés bancaria y de las aspirinas… De todo.

Y nubes de “zánganos” llegaron hasta Quito en los primeros días de octubre. Indios, peones rurales, campesinos pobres, obreros de la construcción, pequeños comerciantes, migrantes, mujeres, niños y niñas, adultos y adultos mayores llegaron de la Sierra norte y central, de la Sierra sur, de la Costa y de la selva amazónica; desde los altos páramos y los pequeños pueblos, de las fincas rurales y las ciudades de provincia.  Caminaron decenas de kilómetros, se movilizaron en camiones, camionetas y buses, desafiando todos los obstáculos y recibiendo a su paso la solidaridad del resto del pueblo.

Y en Quito se juntaron con los obreros fabriles, los artesanos y trabajadores de servicios, con empleados públicos y con desempleados; con maestros, profesores universitarios, laboratoristas e investigadores, colegiales y colegialas, universitarios de la Central, de la Politécnica Nacional y  de universidades privadas y estudiantes de institutos; con las cocineras y las trabajadoras de la limpieza, con las peluqueras y estilistas; con los operarios de talleres, los choferes y  taxistas; con las amas de casa, los jubilados y las jubiladas.

Allí se encontraron los que enfrentan a la gran minería, que defienden el agua y la vida, los sin tierra, los del trabajo precario y temporal, los trabajadores que ganan menos del mínimo vital, los que no pudieron entrar a las universidades públicas o tuvieron que abandonarlas, los cientos de militantes sociales perseguidos por el aparato judicial del correísmo, las condenadas a parir los hijos de la violación, los maltratados, los “limitaditos” señalados con el dedo acusador en quinientas sabatinas,  los que les robaron sus salarios cuando el terremoto, los periodistas honestos que fueron perseguidos por investigar la corrupción y develar la represión del correísmo.

Las víctimas de la explotación capitalista y de los recetarios neoliberales, las oprimidas por el patriarcalismo, los que no soportan la mentalidad colonial, la xenofobia y el racismo. También los indignados con el servilismo de Moreno ante el Departamento de Estado norteamericano.

Allí estuvieron, por millares veinteañeros y los de la categoría sub 20 que dijeron con firmeza: nos han mentido, no nos mientan más. Se movilizaron superando una década de pedagogía del miedo, y de ficción de revolución y de buen vivir. Muchos recibieron su bautismo de fuego en la lucha social con gases lacrimógenos, con caballería y tanquetas.

En las marchas y en las barricadas estuvieron juntos los veteranos y jóvenes militantes de izquierda; los artistas y los gestores culturales, los sindicalistas, las feministas y ambientalistas. Miles y miles se fueron sumando a las protestas, hasta que a los ríos profundos del movimiento indígena se unieron todos los torrentes del descontento y lo inundaron todo: ningún lugar dejó de ser tocado por una revuelta popular que se expresaba en todas sus formas; con palabras y con hechos, en calles y plazas; que invadió todas las conversaciones, la intimidad y la vida cotidiana.

La insolente multitud se tomó los espacios públicos, para desafiar al poder de ese 1% que monopoliza la mayoría de las riquezas del país.  Para perturbarles el sueño y los delirios a los dueños y accionistas de los bancos, a los usureros y los lobistas del capital extranjero; a los accionistas de las grandes empresas y a sus gerentes; a los dueños de los grandes medios de comunicación; a los monopolistas de la tierra, del agua y del comercio exterior. Y todos ellos, se atrincheraron con sus rostros contraídos, estupefactos y furiosos, para protegerse con sus generales, con sus gendarmes, sus soldados y sus funcionarios, con su alta burocracia, con sus cuartos de guerra y sus plumas a sueldo, con sus prejuicios enconados, con su sabiduría de autoayuda, de breviario neoliberal y de lugares comunes. Con sus verdades fabricadas y sus mentiras. Con sus imposturas y su incapacidad de comprender a quienes no son como ellos. Con su racismo y su odio de clase.

Mientras construyen sus casas y las obras públicas, les recogen la basura en las ciudades, labran sus campos, siembran y cosechan, trabajan en sus fábricas, sirven la mesa y pasean sus mascotas; cuando como guardias mal pagados cuidan sus condominios y sus lugares de placer; cuando cocinan sus alimentos y limpian sus viviendas, para los dueños del país los indios y el pueblo trabajador son invisibles o solo parte del paisaje. Son los “buenos salvajes”, el motivo para discursos políticos de ocasión, de postales y de anuncios turísticos; forman parte de la biodiversidad tan celebrada… Pero cuando protestan y se levantan se transforman en los manipulados, los vándalos y los violentos, la turba tan temida e irracional, las hordas de Atila…

La chispa que encendió la pradera 

El pasado marzo, la amenaza contra las condiciones de vida de la mayoría de la población, mostró su rostro avinagrado con la firma de la Carta de Intención del gobierno con el Fondo Monetario Internacional. El Decreto 883, que elevaba en más del 100% los precios de los combustibles, eximía de impuestos a los exportadores y arrasaba con conquistas laborales, fue la chispa que encendió la movilización. Por su parte el FMI felicitaba a Moreno, y la derecha política, los empresarios, los grandes medios de comunicación y sectores “bien pensantes” de la clase media, se congratulaban y festejaban por este “sinceramiento” de la economía ecuatoriana.

El Decreto presidencial 883 fue también la cereza de un pastel de dos años de engaños y de diálogos fallidos del gobierno con los movimientos sociales y los sindicatos, y de alineamiento y sumisión total de Lenin Moreno a los intereses empresariales. A ojos vistas y sin ruborizarse, Moreno hizo lo que Correa durante años por debajo de la mesa…

En la cadena nacional en la que anunció las medidas, Moreno dijo que era un valiente y que iba a sostenerlas. Pero, como ocurre en las grandes luchas sociales, los poderes económicos y políticos fueron incapaces de advertir la ola del descontento social que crecía minuto a minuto. Después del paro los analistas de la derecha, los grandes medios de comunicación, cierta academia y los expertos en seguridad, persisten en su ceguera cuando señalan que el movimiento fue el resultado de un error de cálculo político de Lenin Moreno, y que el problema fue no advertirlo a tiempo por una falla de los servicios de inteligencia todavía bajo control de Rafael Correa.

Tres momentos en la lucha popular

La lucha popular se expresó en tres momentos ascendentes que fueron arrinconando al gobierno, a las élites económicas y a la derecha política: la movilización indígena, el paro nacional del 9 de octubre y el levantamiento popular de los días siguientes. De esta manera, en menos de dos semanas, las movilizaciones indígenas que se iniciaron en las provincias se juntaron a los trabajadores y al pueblo de la capital, en un multitudinario paro que se transformó en un levantamiento masivo del pueblo en Quito y en todo el país.

Al día siguiente del anuncio del paquetazo, desde la mañana, comenzaron las movilizaciones en Quito y en varias ciudades. La respuesta inmediata del gobierno fue la represión, y conforme pasaban las horas crecía el enfrentamiento, especialmente en el centro histórico de la ciudad, donde se había colocado un cerco policial alrededor del Palacio de Carondelet. En la noche, los gremios de transportistas anunciaron un paro general desde las cero horas del 3 de octubre. De un momento a otro, el gobierno de Moreno que desde el principio de la movilización se manejó con enorme torpeza, decretó el mediodía del 4 de octubre un estado de excepción que había preparado desde semanas atrás como una de sus estrategias para imponer las medidas, apresó al dirigente principal de los taxistas quiteños, desarrolló una política de presión y de amenazas y profundizó el enfrentamiento. Al anochecer los gremios del transporte anunciaban la suspensión del paro, pero esa resolución en ningún momento fue acatada por la totalidad de sus agremiados.

Esos primeros días de enfrentamiento dieron la nota del crecimiento de la violencia represiva y de la respuesta a la misma, en medio de una creciente polarización de clases en la que el bloque dominante cerraba filas alrededor de Moreno y de los líderes de la derecha política. Desde las primeras movilizaciones de los indígenas hacia Quito y las primeras protestas en la capital, la gran prensa desplegó un discurso enconado contra la lucha popular, del que no se bajará en ningún momento a pesar del enorme rechazo de la población: unilateralidad en la información, tribuna constante y casi exclusiva para los voceros del gobierno, de las cámaras empresariales y a los analistas y políticos de la derecha, cero contrastación de fuentes y un lenguaje de rechazo de la “violencia”, el “vandalismo”, y las “turbas”, a las que identificaba con la movilización indígena y las protestas populares, mientras se ocultaba sistemáticamente la violencia de policías y militares contra los sectores movilizados.

Durante el fin de semana del 5 y del 6 de octubre, superando los cercos impuestos por policías y militares los indígenas comenzaron a llegar a Quito. El lunes 7 se mantuvieron las movilizaciones populares y en la noche, desde Guayaquil a donde trasladó la sede del Gobierno por recomendación del Alto Mando Militar, Lenin Moreno, rodeado de la cúpula militar, con una cortina negra como telón de fondo en el mejor estilo de las feroces dictaduras del Cono Sur, ratificó que a pesar de la oleada de protestas populares las medidas iban a mantenerse. La torpeza gubernamental recibió la respuesta popular con una movilización que crecía en todo el país. En rueda de prensa, el 8 de octubre el Frente Unitario de Trabajadores llamó al Paro Nacional para el día siguiente.

El 9 de octubre desde la mañana una multitud de 50.000 personas, diversa y compacta, indignada y decidida ocupó el Centro Histórico de Quito. El Paro Nacional constituyó un plebiscito contundente en contra de las medidas y del Gobierno. En ese momento el movimiento popular consolidó su fuerza numérica y expresó un clarísimo carácter de clase contra clase. Desde octubre de 1982, cuando la huelga nacional del FUT contra la sucretización de la deuda contraída en dólares por la empresa privada y las medidas económicas del gobierno demócrata cristiano de Oswaldo Hurtado Larrea, no se había vivido una jornada de movilización de esa magnitud, que expresaba un avance significativo de la conciencia de clase e incorporaba a una nueva generación de luchadores sociales.

Para el gobierno la suerte estaba echada. El 10 de octubre creció la confrontación y el movimiento popular recibió en sus bordes a nuevos contingentes llegados desde los sectores populares que resistían con determinación la arremetida de la represión gubernamental. La Asamblea del Ágora, que los canales de televisión privados se vieron obligados a transmitir, consolidó a la dirección indígena al frente del movimiento popular. En medio de esa acumulación de fuerzas y del crecimiento de las tensiones, con un país movilizado, el movimiento indígena dio un paso hacia adelante en la búsqueda del diálogo con el gobierno para transformar la movilización popular victoriosa en una victoria política.

El 12 de octubre fue el día más oscuro de toda la jornada de lucha. Las cámaras empresariales y la derecha, desconcertadas, atemorizadas y enceguecidas, clamaron por la intervención de las Fuerzas Armadas y de la Policía para restablecer su orden. Para detener al movimiento el gobierno decretó el toque de queda, y el pueblo respondió en los barrios populares y de clase media con el sonido de las cacerolas por la paz, contra la represión y el paquetazo, tomándose los parques y las grandes avenidas en un inmenso levantamiento popular, inédito y poderoso por su independencia y entusiasmo.

Gran victoria popular y una transición abierta

En la noche del 13 de octubre el país entero asistió al diálogo televisado de la Conaie, la Feine y la Fenocin con Moreno, sus ministros y otros representantes de las funciones del Estado, con la presencia mediadora de las Naciones Unidas, de la Iglesia Católica y del rector de la Universidad Central del Ecuador. El movimiento indígena en un lado, Gobierno y Estado en el otro. Cada uno en su terreno y con sus propuestas. Fue un momento de intensa politización, en el que la dirigencia indígena asumió el papel de representante de los intereses y aspiraciones del conjunto del campo popular, y Moreno y sus ministros de las políticas fondomonetaristas y de las cámaras empresariales, en nombre del “bien común” y el “interés nacional”.

El diálogo evidenció, de cuerpo entero, la torpeza de las políticas gubernamentales con una sencilla verdad: eran posibles otras medidas económicas, pero tuvo que movilizarse el pueblo y poner sus muertos, sus heridos, sus presos, sus perseguidos y desaparecidos para obligar al gobierno a considerar una posibilidad distinta de política económica. El país entero escuchó la parábola del tractor del dirigente indígena Leonidas Iza, que expresaba la realidad cotidiana de un trabajador del campo, y el penoso ejemplo del ministro de Economía del auto de 40.000 dólares con combustible subsidiado.

El discurso de las macro cifras económicas frente a la pobreza rural y la dura realidad del campo, desatendido por la demagogia del correísmo y de su mediocre sucesor, comprometidos con el gran capital de los agro negocios y con los exportadores. En el diálogo se miraron cara a cara los defensores del poder económico y los que sobreviven día a día con su esfuerzo, que son quienes han sostienen la dolarización y al conjunto de la economía.

La movilización y la lucha han detenido temporalmente al paquetazo neoliberal. La derogatoria del 883 es la más importante victoria popular de los últimos años, pero se trata solo del primer round de una batalla, en la que será indispensable la reconstitución programática de un movimiento popular golpeado durante más de una década por una modernización capitalista fallida y el autoritarismo correísta.

Desde ese momento se inició una compleja transición con los actores principales frente a frente, cuyo resultado final será marcado por los resultados parciales de varias batallas. En la primera de estas batallas está en juego la disputa por los sentidos del movimiento, y otra vez las pantallas de la televisión y de la radio y las primeras planas de los grandes medios, presentan el desfile de los voceros de la derecha política y económica y del gobierno que expresan su desconcierto remordido e insisten en las mismas fórmulas neoliberales y en su llamamiento al restablecimiento del orden y en la toma de medidas preventivas contra las nuevas luchas populares. El discurso del gobierno, con su coro de la derecha y las cámaras, se ha atrincherado en el guion de la conspiración y del golpismo, que Moreno aprendió de su maestro y mentor Rafael Correa cuando la revuelta policial del 30 S. Parte sustancial de la actuación política gubernamental, son la revancha y las purgas contra los correístas, para sostener la versión oficial de la conspiración golpista manejada desde Bélgica y amenazar de paso al conjunto de la oposición.

Además de aceptar una fórmula para focalizar los subsidios y no afectar a los sectores populares, y de una propuesta de pequeños parches, el gobierno, las cámaras y la derecha no tienen ninguna propuesta alternativa a las recetas fondomonetaristas, que donde se han aplicado solo han servido para profundizar y acelerar la dependencia externa y la acumulación y reproducción del capital.

No puede volver a suceder, nos equivocamos al no medir la respuesta de los movimientos sociales, “no se explicaron bien las medidas”, “falló la inteligencia”, debemos prepararnos, es el discurso de las élites económicas y políticas. Los sectores más reaccionarios, que lanzaron el grito de “regresen a los páramos” y alzaron la bandera de impedir que Quito vuelva ser rehén y que Guayaquil permanezca como el inmaculado bastión de la derecha, ahora se ocultan detrás de los llamados a la paz mientras nada dicen de los atropellos a los derechos humanos y de las persecuciones en marcha. Los más obtusos de las clases medias incluso han comenzado a comprar armas. No han aprendido nada, no olvidarán nada.

Por todos los medios un gobierno debilitado y las cámaras buscarán aislar a los indígenas y golpear al conjunto del pueblo, de allí las persecuciones y condenas contra los manifestantes y se atrincherará cada vez más detrás del aparato represivo. Se entienden así los ajustes de cuentas contra la jefatura militar, la reorganización de los aparatos de inteligencia y la impunidad absoluta de la cúpula policial responsable de los más graves abusos y muertes.

Reprimieron inmediatamente a los principales partidarios de Rafael Correa, pero no se van a detener allí por su propia voluntad y el peligro de la escalada represiva y de los llamados a la violencia se cierne también sobre el campo popular.

¡Quédate en Sanborondón!

El grito racista de Jaime Nebot “regresen al páramo” puede ser respondido en las urnas el 2021 con un sonoro “Nebot, quédate en San Borondón”, el sector residencial emblemático y exclusivo de la clase media alta y de la burguesía de Guayaquil. Es clarísimo que con su discurso racista y autoritario la derecha socialcristiana hipotecó buena parte de sus aspiraciones electorales y al candidato presidencial Jaime Nebot le puede ocurrir lo mismo que en 1996 cuando fue derrotado por el populista Abdalá Bucarám.

No son las únicas piezas caídas en el escenario electoral: desde Guillermo Lasso, el político banquero de la derecha, pasando por los pequeños populistas, hasta los comensales habituales de la mesa de Lenin Moreno y sus pequeños satélites y operadores políticos, su lamentable actuación durante el movimiento popular sin duda les pasará factura.

Vivimos un momento excepcional de intenso aprendizaje y desarrollo de la conciencia de clase. ¿Cómo construir unidad popular que sirva para superar la dispersión y para modificar en forma duradera la correlación de fuerzas en favor del campo popular? Quizá lo primero es formular un programa de lucha que plantee formas alternativas de economía, que reformule un sistema político corrupto y confiscado por las élites económicas y por la derecha, y radicalice la democracia desde la auto organización popular y el autogobierno.

* Catedrático universitario