EL DISCURSO DEL ODIO. Por Juan Cuvi

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Andrea Camilleri, escritor, comunista de cepa y, por si no fuera suficiente, siciliano, murió hace pocos meses. En una de sus últimas entrevistas reflexionaba amargamente sobre la carencia de memoria de la sociedad italiana, y encontraba en ello la explicación para el fenómeno Berlusconi.

Como nunca lo matamos –sostiene–, el fascismo es como una enfermedad latente que reaparece en formas a momentos irreconocibles. Ese pequeño Mussolini que nos implantaron durante 25 años se activa y se conecta con conductas públicas como la corrupción o el autoritarismo; los italianos –se lamentaba– votan por Berlusconi porque quieren parecerse a él.

La implantación de antivalores en el subconsciente colectivo ha sido el resultado más perverso, y a la vez más exitoso, del populismo. Las pulsiones sociales afloran con cada arremetida demagógica y suplantan a las formas más elementales de razonamiento político. Una masa empobrecida y marginada vota fervientemente por un candidato corrupto que le asegura un mínimo reparto de recursos. La constatación de que el saqueo de los fondos públicos conduce inexorablemente a un mayor descalabro de la economía queda eliminada por las urgencias vitales. El clientelismo es el presente; más allá solo queda el azar.

El discurso del odio tiene una función preponderante en esta estrategia de subordinación de la sociedad. Lo acabamos de constatar a propósito del último paro nacional, sobre todo desde los predios de la derecha más recalcitrante y fundamentalista. El menosprecio por el otro ha derivado en un aborrecimiento primario y visceral, al extremo de justificar una retórica en favor del exterminio de quienes consideran una amenaza letal.Algunos voceros del estamento militar han llegado a referirse abiertamente a la necesidad de eliminar a quienes supuestamente estarían atentando contra el orden establecido y la democracia formal. Habría que preguntarles qué exactamente significa esta exhortación: ¿asesinatos selectivos, genocidio dosificado, apartheid?

Esa lógica populista del enemigo irreconciliable no solo genera distorsiones complejas, sino que tiende a desbordarse en momento de alta conflictividad social. Con frecuencia, las respuestas viscerales tienen origen en un miedo incontrolable. El indígena es visto como un potencial invasor y el policía antimotines como un potencial asesino. En tales condiciones, la única opción termina siendo la legítima defensa, la salvaguardiaelemental de la vida, la supervivencia. Como si la lucha política fuera una guerra de exterminio.

Una de las herencias más nocivas del correato fue precisamente haber potenciado estas pulsiones irracionales, haber inoculado el odio desde una retórica aparentemente radical. La sutileza del proceso radica en que hasta algunos sectores de la izquierda terminaron reemplazando sus principios fundamentales (solidaridad, tolerancia, equilibrio, reflexión, crítica) por una batería de respuestas primarias frente al conflicto. Como si el reflejo en el espejo de la derecha más fanatizada terminara apropiándose del personaje, el pequeño populista que llevan adentro emerge. Así terminan pareciéndonos demasiado a quienes dicen combatir.

Dejemos que los racistas, intransigentes y rabiosos pierdan su humanidad; no la perdamos nosotros.

*Máster en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum – Cuenca. Ex dirigente de Alfaro Vive Carajo.