BOLIVIA: LAS NUEVAS AMENAZAS. Por Juan Cuvi

Protestas en Bolivia ha causado la muerte de cinco manifestantes, así lo reportó la Defensoría del Pueblo Bolivia.

La crisis boliviana coloca a la izquierda de América Latina ante un viejo dilema: adherir ciegamente a un discurso oficial o asumir una postura crítica. Dicho de otro modo, refrendar la versión unívoca del golpe de Estado patrocinado por el imperialismo yanqui o considerar todos los factores que derivaron en la caída de Evo Morales.

En los próximos años correrá tanta tinta como suspicacia propósito del tema, y el debate se volverá áspero. Es más, ya hay signos de intransigencia y sectarismo en algunos enfoques desde los cuales se quiere explicar el proceso. Desde el atávico maniqueísmo que tanto daño ha hecho a la izquierda, se exigen posturas primarias y unilaterales: o estás con la tesis oficial o estás con el enemigo. Se quiere unir fuerzas a partir de la obsecuencia.

Por fortuna, hoy aparecen elementos que rompen con esa visión binaria de la política. Por ejemplo, el que esgrimen las feministas de izquierda, para quienes el problema va más allá de la confrontación entre progresismo y derecha. Cuestionan un sistema patriarcal y colonial que discrimina, excluye y oprime desde lógicas más complejas. Alertan sobre el riesgo de verse obligadas a optar entre dos caudillos machistas. Reivindican la resistencia frente a un proyecto que durante 14 años ratificó la dominación de género y que hoy requiere de mayor fortaleza frente a las amenazas del fundamentalismo religioso.

Y es este último, precisamente, el otro elemento inusual, aunque no sorpresivo, en la crisis. En efecto, la ofensiva política de las sectas evangélicas en América Latina viene desde mucho tiempo atrás. En Guatemala, el país del subcontinente con mayor número de evangélicos, el control político está articulado a la religión desde finales de los años 70. En esa época, el general Efraín Ríos Montt, condenado por genocidio, renunció al catolicismo y se cambió de religión para apuntalar su dictadura.

A partir de entonces, el ascenso del confesionalismo evangélico en Guatemala ha sido imparable. En 2016 llegó a la presidencia Jimmy Morales, connotado predicador, finalmente procesado por corrupción.

Brasil es otro caso paradigmático. La propia Iglesia católica advirtió hace cinco décadas sobre la expansión sistemática de las sectas evangélicas en ese país, como estrategia para neutralizar el crecimiento de la teología de la liberación. Al final, la estrategia funcionó, y hoy el poder de estos grupos fundamentalistas es innegable. Los partidos identificados como BBB (buey, bala y biblia) fueron esenciales para el triunfo de Bolsonaro.

No resulta extraño, por lo mismo, que el confesionalismo evangélico haya sido acogido por los empresarios de la zona oriental de Bolivia. Sus vínculos económicos y sociales con grupos económicos brasileños son estructurales. Esa inmensa zona de confluencia geográfica (Brasil, Bolivia y Paraguay) está normadapor un capitalismo salvaje que incluye, además, actividades ilícitas: contrabando, narcotráfico, paramilitarismo.

El esquema sostieneun poder elitista basado en viejas concepciones señoriales de la política, que ni siguiera el gobierno de Morales pudo desmontar. No solo eso: el acuerdo de gobernabilidad al que llegó con estos sectores se le revirtió. Pero el problema superaestas disputas entre actores formales de la política. En el fondo, persiste un sistema de control cultural e ideológico que atenta contra derechos más trascendentales, como el laicismo o los derechos de las mujeres.El fundamentalismo religiosoconstituye una amenaza aún más devastadora que el propio neoliberalismo.

*Máster en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum – Cuenca. Ex dirigente de Alfaro Vive Carajo.