EL JOKER. Por Jaime Chuchuca Serrano

© Foto: 'Joker' (Todd Phillips, 2019)

La película de Todd Phillips que cuenta la historia del rival de Batman, el Joker (el guasón), describe la irracionalidad de la sociedad. Una comunidad que cae en el desempleo, el crimen y los recortes sociales como la salud pública.

El Joker es mercancía del sistema: imposibilitado de trabajar por la persecución absurda; golpeado y robado, busca su propia defensa ante la inseguridad; al poco tiempo es despedido. Tras el recorte no puede ser atendido, deja de tomar sus medicinas, cae en el delirio y la locura.

Su madre y él tienen una historia de violencia. Su trastorno neuronal proviene de golpes en la niñez, del abuso infantil, de la desnutrición. La magnífica representación de Joaquín Phoenix evidencia las lacras sociales corporalizadas.

Pero el Joker no es sólo el individuo, es el sistema político mismo. El Estado esconde sus productos, oculta sus crímenes y violaciones; empuja a la población a la desesperación. La escenografía de Ciudad Gothika es la pobreza de EEUU: la insalubridad, la miseria y la desigualdad.

La danza del Joker con un arma que se dispara por accidente y después con la intencionalidad de asesinar, casi es un parangón con las muertes seriales en las escuelas o espacios públicos  de EEUU o Europa.

Las carcajadas incontenibles que explotan en situaciones inverosímiles son los gritos y la desesperación de los otros. Son las burlas del poder representados en Wayne y Murray. Son las muecas de un George Bush, de un Donald Trump, que después de una masacre dicen que no han habido armas de destrucción masiva, que los niños fueron enjaulados por accidente o que saludan el año nuevo enviando la armada aérea a Bagdad. Las carcajadas sardónicas de un Sebastián Piñera o Jeanine Añez señalando que las violaciones sexuales son grabaciones de otros países; la fanfarria estruendosa de un Iván Duque que asesina niños; la hipocresía de un Lenín Moreno que afirma que los muertos de las protestas no son por bala.

La película nos fuerza a entender que su trama no nace de la ficción, sino de la descripción. Las imágenes desoladoras nos hacen pensar en la alternativa esperanzadora. No se puede aplacar la irracionalidad del sistema con medicinas, cárceles o manicomios. El sistema no se cambia con gradualismos, sino con transformaciones radicales.

*Abogado, licenciado en Filosofía y magíster en Sociología. Actualmente, docente de la Universidad de Cuenca.