SOCIALCRISTIANOS Y CORREÍSTAS: UNA ALIANZA EN LAS SOMBRAS. Por Juan Cuvi

08 enero 2019

Las coincidencias entre socialcristianos y correístas son cada día menos disimulables. La última perla apareció en la concha del Consejo Nacional Electoral: la resucitación del partido de bolsillo de Iván Espinel será recompensada –muy probablemente– con la absolución de Diana Atamaint en la Asamblea Nacional gracias a los votos correístas.

El último episodio es parte de la zaga que se inició luego de la ruptura al interior de Alianza PAIS, el mismo día de la posesión de Moreno. La oposición al gobierno se convirtió en una necesidad para ambos grupos políticos: por un lado, los socialcristianos tenían que marcar distancias con CREO, en la lógica de apropiarse del espectro de la derecha; por otro lado, el correísmo obtuso no vio otra posibilidad para evitar la debacle total que enfilar sus lanzas contra su ex dirigente. Solamente así podía mantener la cohesión entre sus más fervientes seguidores, muchos de los cuales empezaron a caer en la tentación de los cargos públicos.

De ahí en adelante los capítulos de las coincidencias se han vuelto más frecuentes. El acuerdo para apoderarse del espurio Consejo de Participación Ciudadana y Control Social salido de las urnas fue la antesala para las votaciones conjuntas en la Asamblea Nacional. De por medio está el célebre piropo con el que Jaime Nebot afirmó que Correa no era ningún cadáver político.

Pero reducir los compromisos políticos a la simple concurrencia de estos hechos sería tan ingenuo como creer en la filiación izquierdista de Alianza PAIS. En efecto, los pactos ocultos con los sectores empresariales vinculados al socialcristianismo fueron pan de cada día desde antes del primer gobierno de Correa, allá por 2006. Correa llegó al gobierno no solo con la venia de esos sectores, sino con su franco interés. Desde la racionalidad capitalista, que implica una acumulación ordenada de riqueza, lo peor que les podía suceder era un triunfo de Álvaro Noboa. Los dineros de la primera campaña, confesados por Fabricio Correa y con serias sospechas de tener su origen en la empresa Odebrecht, son parte de esta colaboración solapada.

Por eso, justamente, funcionó tan bien la relación con el entonces alcalde de Guayaquil. Durante los diez años de correato la transferencia de fondos a esa administración municipal fue generosa y puntual, al margen de la pirotecnia verbal con que solían agredirse ocasionalmente los dos principales protagonistas del pacto. En la práctica, conspicuos empresarios de la derecha más dura eran comensales de Carondelet o pasajeros del avión presidencial. Y, a diferencia de los dirigentes sociales e indígenas, ningún empresario socialcristiano fue acosado durante esa década.

Las cartas, no obstante, solamente serán mostradas en los próximos meses. Así como Nebot busca desesperadamente un compañero de fórmula que le abra las puertas electorales de Quito, varios cuadros del correísmo buscan desesperadamente integrar un binomio ganador. No importa cómo ni con quién. Y esa amenaza empieza a planear sobre el correísmo obtuso. Por eso una de sus facciones organiza al apuro un encuentro de líderes sociales en Portoviejo, donde lo más relevante son las ausencias. ¿Quieren distanciarse de la facción involucrada en los actos de corrupción, o de los pragmáticos electoreros, o de los que venden la ilusión de una recomposición de la izquierda sin Correa?