LIBRO: Concentración económica y poder político en América Latina

Por Carlos Pástor Pazmiño, introducción al texto

Para estudiar la concentración económica y el poder político en América Latina es indispensable plantear cuestionamientos metodológicos, teóricos y empíricos.

También es pertinente preguntarnos sobre el contexto histórico en que se desenvuelven los grupos económicos en la región, identificar el proceso de consolidación a lo largo de su trayectoria y preguntarnos de dónde surgieron y en qué condiciones se han fortalecido. En este sentido, el libro que aquí ofrecemos es una iniciativa colectiva de intelectuales comprometidos a denunciar, reflexionar, debatir y proponer alternativas al capitalismo.

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En cada país de América Latina, las corporaciones ejercen su poder. En
esta obra evidenciamos la precariedad de los sistemas políticos locales para controlarlas y su predisposición para direccionar su política económica en rticulación con los grupos financieros. En la actualidad podemos ver que “todos los Estados han perdido poder frente a las organizaciones económicas supranacionales”,1 tesis que nos obliga a reconocer que los gobiernos nacionales no son los únicos actores que dirigen las políticas públicas, sino que la influencia de estos poderes fácticos es cada día más evidente y cotidiana.

David Harvey 2  afirma que el modelo primario exportador, arraigado en
la división internacional del trabajo, es la punta de lanza del capitalismo, se basa en el despojo, modifica las condiciones climáticas del planeta y disminuye la democracia. La historia nos demuestra que los grupos económicos se articulan con los Estados para concentrar, incrementar y diversificar sus ramas económicas con el objetivo de acrecentar su acumulación.

Para lograr incidencia en los territorios, los grupos económicos ejercen
diversas estrategias que varían según las condiciones de cada empresa.

De acuerdo con Ben Ross Schneider,3 el poder empresarial tiene cuatro
canales principales:

1. La consulta institucionalizada en el proceso de elaboración de políticas, con frecuencia a través de asociaciones empresariales;
2. el cabildeo ante el Congreso y el Ejecutivo;
3. la financiación de campañas; y
4. el poder estructural como consecuencia de la movilidad internacional de la inversión y el capital.

Hay que reconocer, empero, que los gobiernos también necesitan de las
empresas en general –particularmente las exportadoras–, sobre todo
para solventar sus déficits en balanza comercial, balanza de pagos e ingreso de divisas. Whitehead afirma que “los gobiernos dependen en alto
grado del acceso a mercados de capitales internacionales, con el fin de
mantener la estabilidad económica dentro de sus países; la alianza con
las empresas, por lo tanto, se convierte en una alta prioridad política”.4

Esta lectura de la realidad compleja nos ofrece una ecuación enmarañada: empresas + gobiernos = captura del Estado. En este sentido, analizar los grupos económicos implica una lectura crítica del modelo de acumulación; evidenciando la relación entre las empresas y el Estado se puede llegar a descubrir los lazos entre las élites económicas y las élites políticas. Reconocer este vínculo nos permite, a su vez, entender su influencia y las razones por las cuales las políticas públicas se encaminanen la dirección que las grandes empresas desean.

En los años noventa, Fernand Braudel afirmaba que “el capitalismo tan
solo triunfa cuando llega a identificarse con el Estado, cuando es el Estado”.5
En el siglo XXI, es claro que las corporaciones transnacionales no le deben lealtad, ni se sienten a gusto en ningún país debido a que se desligan de la territorialidad de un Estado; por esta razón, Kindleberger y Aliber aseveran que “el Estado nación ha sido superado como unidad económica”;6 por lo tanto, la fortaleza de las corporaciones no está en el arraigo territorial, sino en su masiva presencia global.

Constituir la legitimidad y el poder corporativo global no ha sido una cuestión de azar; por el contrario, estos grupos económicos se han ido configurando durante siglos. Surgen con el apoyo estatal, maduran al consolidar su hegemonía dentro del Estado y finalmente pasan de ser agencias familiares a corporaciones verticales y burocráticas. Todo este proceso consolida un modelo de acumulación y expansión en beneficio de unos pocos capitales que mantienen lazos familiares entre sí y que miran a la naturaleza como una fuente inagotable de recursos que creen que les pertenece.

La agroexportación y la extracción de materias primas –sobre todo agrícolas, minerales y energéticas– han sido las principales vías recorridas por los gobiernos de la región para insertarse en la economía mundial. Esta historia es larga en América Latina, ya que se remonta a la época colonial, precediendo a las repúblicas. En años más recientes, bajo lo que Maristella Svampa definió como “el consenso de los commodities”, todos los gobiernos de la región, sin distinguir entre ideologías, ampliaron las fronteras extractivistas con miras a los mercados internacionales y la arraigada división internacional del trabajo.

Los gobernantes asumen las exportaciones primarias como el camino fácil para financiarse, aun cuando una porción considerable de las divisas que generan estos rubros quedan fuera de los países, ya sea por la remisión de utilidades de las grandes corporaciones o por la fuga decapitales a paraísos fiscales provocada por las élites locales. Estas últimas tienden a ser intermediarias y rentistas. Así, un mayor ingreso de recursos provenientes de dichas exportaciones, sin afectar la matriz productiva ni la lógica de acumulación del capital, ha provocado mejoras temporales en la distribución del ingreso. Sin embargo, la desigualdad económica se ha mantenido inamovible o incluso ha aumentado.

La concentración y el acaparamiento de los recursos productivos son
rasgos históricos de los procesos de acumulación de nuestra América.
La novedad está en la intensificación que ha tenido lugar en las últimas
décadas, de la mano de las nuevas derechas e incluso de los gobiernos
considerados “progresistas”. Esto explica y acentúa la inequidad distributiva. No se trata solo del ingreso y de los activos empresariales, entre los que destacan la tierra y el agua; los mercados y las tecnologías también están altamente concentrados, por mencionar algunos casos estratégicos. No es fortuito que la región tenga la distribución de tierras más desigual de todo el planeta: “El coeficiente de Gini –que mide la desigualdad– aplicado a la distribución de la tierra en la región como un todo alcanza 0.79, superando ampliamente a Europa (0.57), África (0.56) y Asia (0.55)”.7

Hablar de las raíces históricas de la injusta distribución de la riqueza nos remite al dominio que han ejercido las élites de los países desarrollado sobre las del llamado “Sur global”, lo que, a su vez, ha llevado a estas a impulsar formas de sobreexplotación de la fuerza de trabajo, con el fin de resarcirse de la pérdida del excedente producido. Asimismo, ha traído consigo la apuesta exacerbada por el acceso a los mercados internacionales, buscando atraer inversiones extranjeras recompensadas con crecientes beneficios. Y todo movido por el anhelo del crecimiento económico y por formar parte de la alocada carrera tras un fantasma: el “desarrollo”. Este modelo se apuntala en el capital financiero global, sin diversificar –peor aún, sin transformar– las estructuras productivas, todavía afincadas en una modalidad de acumulación primario-exportadora.

El argumento de este modelo consiste en incrementar la productividad
para aumentar el ingreso de divisas, gracias a un “uso adecuado” de las ventajas comparativas que nos mantienen en calidad de países proveedores de materias primas para el mercado mundial; dichas materias, cabe señalar, son exportadas por unas cuantas familias con amplios vínculos políticos.

Los productos que ofrecen los países de la región están destinados a los
mercados internacionales, principalmente Estados Unidos, Unión Europea,  Rusia y China. Muchos de ellos han sido comoditizados y están atados a las bolsas de valores y a la especulación financiera global. Grandes corporaciones multinacionales promueven este modelo, aliadas a las élites rentistas locales que han logrado capturar a los Estados. Estos grupos direccionan incluso las políticas públicas de los Estados nacionales al vaivén de sus intereses.

Mientras tanto, este sistema productivo sigue deteriorando los ecosistemas, destruye la biodiversidad, expande las fronteras extractivistas –agrícola,  minera y petrolera–; genera descampenización, grandes migraciones, despojo, saqueo y empobrecimiento, aumentando, en consecuencia, el riesgo asociado al colapso climático. Este modelo es parte del proceso global de expansión y reestructuración del capitalismo extractivo, que se caracteriza por la subordinada integración industrial, la emergencia de nuevos actores y prácticas –incluso ilícitas–, los crecientes flujos especulativos y la profundización de diversas formas de la financiarización de la vida.

Teniendo claro semejante contexto, este libro es un esfuerzo colectivo
que reúne 15 trabajos sobre élites económicas y políticas en América Latina, presentados en cinco secciones temáticas: Élites y la captura del Estado; Élites agrarias y configuraciones de poder; Perfiles distributivos: grupos económicos, ingresos y bienes; Elementos de la compleja configuración de poder; y Alternativas frente al capitalismo.

Los autores son intelectuales latinoamericanos con destacadas trayectorias y los artículos que aportan tienen orígenes diversos: algunos fueron preparados específicamente para este tomo (Francisco Durand; Thomas Chiasson-LeBel; Ramón Fogel, Sara Costa y Sintya Valdez; Cristóbal Kay; Alberto Riella y Paola Mascheroni; Raúl Prada Alcoreza; Raúl Zibechi, Roberto López Cauzor); otros fueron publicados recientemente en libros y revistas académicas de varios países de la región (Sandra Polo Buitrago; Diego Sánchez-Ancochea; Alberto Acosta y John Cajas; Enrique Leff; Ashish Kothari, Alberto Acosta, Federico Demaria, Arturo Escobar y Ariel Salleh), mientras que otros dos son traducciones de capítulos de Dominant Elites in Latin America: From Neo-Liberalism to the ‘Pink Tide’, libro publicado en 2018 por Palgrave Macmillan, y que se basan en disertaciones doctorales (Carlos Velásquez Carrillo y Simon Granovsky-Larsen).

Dada la heterogeneidad de las instituciones y los grupos de investigación en América Latina, Europa y Norteamérica donde se originaron estos textos, la inspiración teórica, los enfoques metodológicos y los temas específicos de todos ellos también son diversos. Varían desde los estudios de clases y grupos sociales (como las organizaciones de empresarios en diversos países) hasta el análisis de tendencias regionales en general (por ejemplo, la captura del Estado y los impactos de la globalización neoliberal en las zonas rurales de la región).

Sin embargo, los capítulos también tienen importantes elementos en común. De distintas maneras, todos comparten una perspectiva fundamentada en la economía política crítica y se enfocan en los procesos históricos que han generado las estructuras inequitativas de poder político y económico contemporáneas. En otras palabras, todos analizan a las élites que sustentan estas estructuras inequitativas o, en el caso de los dos últimos capítulos, se dirigen a la posibilidad de escapar del capitalismo predatorio globalizado que actualmente prevalece.

Anhelo que este esfuerzo colectivo aporte elementos de profundidad
para comprender las tendencias por las que atraviesa América Latina en
la actual fase de transición capitalista y, sobre todo, que genere debates
sobre las maneras y los caminos posibles para superar estas formas de
dominio y subordinación que las élites han conservado en la región.

El objetivo original de esta contribución al pensamiento crítico latinoamericano es ofrecer lecturas que aporten información para una mejor comprensión del actual panorama. Los comentarios y las críticas que se susciten sin duda incrementarán el necesario conocimiento y análisis de este proceso.

Un especial agradecimiento al proyecto FES-Transformación, al Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), a Liisa North, Blanca Rubio y Alberto Acosta por el trabajo en equipo, y mi total gratitud a las autoras y los autores de cada artículo por su generosa colaboración.