PANDEMIA. Por Juan Cuvi

2.715 personas han fallecido en China producto del Coronavirus, así lo informó el gobierno de China. Foto: David Mark en Pixabay

Pandemia es el capitalismo, no el coronavirus. No obstante, la Organización Mundial de la Salud (OMS) acaba de emitir una alarma que someterá al mundo entero a esa perversa ecuación comercial entre pánico y consumo. Como tantas otras veces en la historia, las gigantescas corporaciones médicas harán su agosto vendiendo mascarillas, medicamentos, tratamiento e insumos de laboratorio.

La gripe española de 1918 mató entre 40 y 100 millones de personas. Tuvo una tasa de mortalidad de entre 10% y 20% de los infectados. Estuvo directamente relacionada con la Primera Guerra Mundial: se sospecha que la débil condición física y emocional de los soldados, así como la elevada movilidad que generó la guerra, ayudó a su propagación. Una posible explicación también estaría en la cantidad de químicos que se utilizó en la conflagración.

En 1918 no se había desarrollado la idea de la comercialización irracional de productos, aunque el capitalismo ya había experimentado algunas crisis de sobreproducción, todavía aplicaba una lógica de utilidad y durabilidad en su proceso productivo. La estrategia para su reproducción apuntaba más al incremento de los consumidores antes que del consumo. La Primera Guerra Mundial fue, en esencia, el resultado de esa necesidad: repartirse el mundo para integrar consumidores a las esferas económicas de cada potencia capitalista. Poco importaron los efectos catastróficos que un conflicto de semejantes proporciones podía provocar.

En 1918 no existía la OMS y las transnacionales médicas y farmacéuticas estaban en pañales. Durante los dos años que duró la pandemia de gripe no quedó más que dejar al destino en manos de la suerte. Según estudios históricos, las medidas preventivas y curativas que se pusieron en práctica no surtieron ningún efecto. La gripe mató a gente de toda condición social, etaria, económica y étnica.

A diferencia de lo que ocurrió entre 1918 y 1920, las epidemias de los últimos años están penosamente ligadas a los negocios transnacionales. Ya ocurrió con la millonaria adquisición del medicamento tamiflú para hacerle frente a la gripe AH1N1. Al final, se trató de un gasto innecesario de fondos estatales, promovido por la OMS. Sin embargo, Roche, la gigantesca farmacéutica que lo produce, se aseguró ingresos globales que hasta el día de hoy son un misterio. Pero más allá de la oportunidad que estas epidemias o pandemias representan para ciertas empresas, hay que preguntarse por su origen. Que los últimos brotes provengan de China no es una casualidad. El vertiginoso desarrollo capitalista en que se embarcó ese país implica lógicas productivas y de consumo descabelladas. Satisfacer de la noche a la mañana las demandas crecientes de 1.300 millones de seres humanos no es inocuo; tampoco lo es inundar el mundo de productos baratos y competitivos. China optó por un modelo económico salvaje que seguirá generando efectos ambientales y sanitarios desastrosos.

*Máster en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum – Cuenca. Ex dirigente de Alfaro Vive Carajo.