EL PROBLEMA DE LA POLÍTICA NO ES ETARIO. Por Alfredo Espinosa Rodríguez

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La renovación etaria de los liderazgos políticos no conduce en sí misma a un cambio en la cultura política del país o al interior de los partidos y movimientos; así como tampoco asegura mejores prácticas para la consolidación de una democracia moderna, totalmente distinta al membrete que se usa en Ecuador. Por ello, resulta contradictorio que varios analistas consideren que la formación política de nuevos liderazgos sea – por antonomasia – la panacea que hará a esta nación más democrática o menos corrupta.

Bajo esta misma tónica, afirman que la clave para tener nuevos líderes es la formación política de los jóvenes. Si fuera tan sencillo, los problemas de la democracia se solucionarían con cuarenta, sesenta o cien horas de capacitación al interior de un partido y la entrega de un certificado de aprobación con ceremonia incluida, como muchos lo hacen. ¡Esto es llevar el eje central de la discusión a su faz reduccionista!

La presencia activa de los jóvenes en la política se encuentra atravesada por varias aristas. Una de ellas, en efecto, tiene que ver con la formación de nuevos cuadros, pero también y concomitamente con esto, con la problematización de los discursos y prácticas que forman a esos cuadros. ¿Qué buscan los partidos con la formación política? ¿Nuevos liderazgos para reproducir discursos y prácticas del pasado o para cuestionarlos con el ánimo de hacer una crítica constructiva a la política de antaño y a sus viejos patriarcas?

Otra interrogante que surge al fragor de la discusión tiene que ver con los formadores de esos líderes potenciales. ¿Quiénes son y por qué están ahí? ¿Son acaso reproductores agenciosos de discursos o sesudos pensadores de una doctrina política con sentido de nación? Los asiduos oyentes deberían preguntarse esto con mayor acuciosidad para no caer en la trampa de la seducción política, sobre todo cuando hay puestos de poder y dinero de por medio. Para muestra basta revisar a las figuras políticas de la década perdida que tuvieron la osadía de proponer el “cortar las manos a los corruptos”, cuando eran ellos los que hacían el lavado de activos, el tráfico de influencias y el “Arroz Verde”.

Lo expuesto solo da cuenta de que el problema de la política no pasa por la veleidad del cambio generacional y la reivindicación electoral de integrar a los y las jóvenes – ahora con  una cuota del 25% en las listas de cualquier circunscripción, según la reforma aprobada al Código de la Democracia –  para los procesos electorales.

¿Qué estrategias utilizarán las organizaciones políticas para integrar en sus filas a nuevos cuadros a sabiendas de que la política partidista en el Ecuador ha sido encaminada a los confines más rancios de la historia? Los partidos todavía no se sintonizan – ni para bien ni para mal – con las reivindicaciones que promulgan los activistas ecológicos, feministas o las diversidades sexuales.

Lo único que tenemos de parte de algunos de sus líderes son discursos coyunturales que solo dan cuenta de un intento poco más que desesperado por captar el voto de los grupos vulnerables. En otros casos, asistimos a la reiteración cansina de los dogmas dominicales y del gran capital, repetidos sin mayor explicación.

Llenar de manera improvisada la brecha generacional de partidos y movimientos, y adjudicar como solución única a los problemas de la política y el país la sola presencia de los jóvenes en las elecciones es irresponsable y perverso, pues esa fetichización de este grupo etario puede convertirse en una futura frustración.

* Magíster en Estudios Latinoamericanos, mención Política y Cultura. Licenciado en Comunicación Social. Analista en temas de comunicación y política.