TRAIDORES. Por Juan Cuvi

El poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal murió a los 95 años de edad a causa de un paro cardíaco. Foto: Picture Alliance

Macabro viene del árabe maqãbir (tumbas, cementerios) y se refiere a la repulsión que provoca la muerte. Para que un incidente o una situación puedan ser calificados como macabros tiene que mediar la presencia de algún elemento que evoque la muerte: un cadáver, un esqueleto, un zombi, una profanación…

El lunes pasado, durante la velación de los restos de Ernesto Cardenal, una turba de garroteros oficialistas irrumpió en la catedral de Managua al grito de “traidor”. Agredieron a familiares y amigos cercanos del poeta, golpearon a varios periodistas que cubrían el evento e intentaron profanar el ataúd. Probablemente quisieron vengar en un cadáver su aversión a la dignidad humana. Macabros desde donde se los mire.

Históricamente, el arte ha sido una piedra en el zapato para los regímenes autoritarios. Creatividad e imaginación conspiran contra la pretensión de uniformizar la ideología. El renunciamiento a los lujos y prebendas desnudan las miserias del poder. La consecuencia con principios democráticos pone en evidencia ese pragmatismo pedestre que termina por justificar la descomposición de la política.

La trayectoria de Ernesto Cardenal fue y será impecable. ¿Quién puede poner en duda esa consecuencia que lo convirtió en un ícono de la poesía y un referente para las revoluciones en América Latina? Opositor acérrimo de Somoza desde una defensa infatigable de la democracia y los derechos sociales, tuvo que ratificar esa misma postura frente a la podredumbre del orteguismo. Sátrapas ambos, al fin y al cabo, no tenían otra opción que descalificarlo. Perseguirlo en y después de su muerte.

Como el ratero que grita ¡ladrón! para escabullirse en medio de la confusión, los matones enviados por el gobierno de Nicaragua gritaron ¡traidores! en un intento desesperado por exorcizar sus propios demonios. Mejor dicho, por maquillarlos. Porque ¿quién, a estas alturas, no está consciente de que la dinastía que hoy gobierna Nicaragua sacrificó una revolución en aras de la corrupción? Si de traiciones se habla, habría que hurgar en las intimidades de la familia Ortega Murillo para entenderlas. Parafraseando a Serrat, podría decirse que si no tuvieran los garrotes darían risa.

La acusación de traidores se ha convertido en la muletilla de algunos populistas para disimular sus propias miserias. En el Ecuador tenemos el patético caso del correísmo obtuso. Una vez encaramado en el gobierno, Rafael Correa incurrió en una implacable secuencia de traiciones: a sus principales mentores (Alberto Acosta y Gustavo Larrea), a los ecologistas, al movimiento indígena, a las mujeres… es decir, a todos aquellos grupos, personajes y sectores que facilitaron su exitosa irrupción en la política. No hay que olvidar, por si acaso, que el presidente Lenín  también fue parte, por acción u omisión, de esa felonía.

Hoy, sin embargo, la acusación de traición a su antiguo compañero de ruta se ha convertido en el principal argumento de los correístas para desgastar al gobierno. Ahora resulta que ya tenían dudas sobre la honestidad de Moreno antes de catapultarlo al sillón presidencial. En ese sentido, haberlo vendido en la campaña electoral como un paradigma de la revolución es, en estricto sentido, una traición a la fe pública.

*Máster en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum – Cuenca. Ex dirigente de Alfaro Vive Carajo.