¿Y DESPUÉS DEL COVID-19? Por Martha Moncada y Juan Carlos Coéllar

La Universidad Johns Hopkins registra minuto a minuto el número de personas contagiadas por coronavirus. Hasta el 19 de marzo, el centro educativo registró 244.517 casos, 10.030 muertes y 86.025 recuperaciones a nivel mundial. Imagen referencial de marionbrun en Pixabay

Es una creencia generalizada pensar que de la crisis y los problemas suelen surgir nuevas oportunidades. Ojalá que la pandemia del coronavirus no se escape de esta afirmación, sobre todo cuando el confinamiento y el cierre de las actividades económicas tienen efectos diferenciados entre la población. Aunque la angustia y el temor por nosotros y quienes nos rodean están presentes en todos los seres humanos, hay quienes podrán soportar el confinamiento en una mejor situación que la gran mayoría de la población del planeta.

La mayor parte de mujeres, hombres, niños y niñas de América Latina, por ejemplo, carece de los medios económicos para abastecerse de comida suficiente para unos cuantos días pues vive de los ingresos diarios fruto de su trabajo o no tiene trabajo, sumando las estadísticas de la población subempleada y desempleada que en el caso de la región ya sobrepasan los 25 millones de habitantes, como lo señaló a inicios del año la Organización Internacional de Trabajadores (OIT). Son estos mismos sectores los que soportan por lo general precarias condiciones de habitabilidad, caracterizadas por la insalubridad y el hacinamiento y que por lo mismo estarán más expuestos a los riesgos de contagio.

También para los cientos de miles de personas migrantes detenidas en las fronteras y para quienes malviven en países de América Latina y del norte global como migrantes económicos o como refugiados, el COVID-19 representa una amenaza adicional a sus ya duras condiciones de vida.

Sin desconocer que la pandemia que soportamos tendrá implicaciones negativas para buena parte de los sectores económicos (turismo, comercio, industria), otros pocos saldrán fortalecidos. Es el caso del sector de las comunicaciones donde incluso es posible prever un aumento de sus ganancias debido a la creciente demanda de sus servicios y, por supuesto, la industria médica y sus grandes transnacionales.

Cuando esta paralización del mundo concluya, esperanza que nos mantiene a todas y todos alertas, la vida como la conocemos poco a poco retomará su ritmo cotidiano. Sin embargo, sería inimaginable pensar que lo que hemos vivido, que parece a ratos ser el libro que no escribió José Saramago luego de su Ensayo sobre la ceguera, no imponga arreglos distintos y no nos empuje a repensar seriamente algunas de las cosas que hemos hecho y que hemos asumido como normales y naturales. Sería insoportable considerar que la factura de esta conmoción mundial recaiga nuevamente sobre los más pobres. De ahí que sea necesario desde ya idear nuevos escenarios de cara a un nuevo comienzo. Entonces, algunas ideas para debatir:

Ante una caída del PIB mundial como la que se espera (10% según algunas estimaciones), lo que corresponde es mantener el empleo existente y crear millones de empleos más considerando quizá una reducción de la jornada de trabajo a fin de dar oportunidades a que más personas se incorporen al mundo laboral, a tono con las propuestas de la economía del decrecimiento.

Los recursos económicos que dispongan las economías deben dirigirse a actividades productivas y de servicios, vetando toda posibilidad de que éstos se orienten a actividades contrarias a la vida. De ahí que una moratoria en la fabricación de armamentos y de gastos innecesarios (como la publicidad abrumadora) debería constituirse en nuevas exigencias mundiales, junto con la evaluación sobre la voracidad con la que actualmente empresas transnacionales y Estados están extrayendo minerales, bosques, petróleo y otros bienes naturales comunes.

En este mismo orden de ideas se debe plantear una moratoria del pago de la deuda externa de los países más pobres a fin de que destinen los recursos por concepto de amortizaciones y pago de intereses a políticas sociales fundamentales, principalmente a la salud, la formación de personal sanitario y el financiamiento de líneas de investigación para la ciencia médica; a la educación y a los cuidados.

Frente al personal sanitario público y privado que está entregando su contingente personal y profesional durante la crisis ocasionada por el coronavirus es importante hacia futuro no solo revisar sus salarios, por lo general bajos, sino considerar la entrega, una vez que esta pandemia concluya, de un bono económico que simbolice el reconocimiento y agradecimiento por su trabajo. Medidas similares deberían contemplarse hacia personas que cuidan de abuelas y abuelos, niñas y niños; personal de seguridad, empleados de farmacias y tiendas de venta de alimentos, y en general, de todos quienes están manteniendo las condiciones para que la vida continúe. Esta crisis debería contribuir a revalorizar la importancia del ámbito de los cuidados, el papel que en éste cumplen las mujeres y que el capitalismo ha mirado con tanto desdén.

Las empresas de comunicaciones, sobre todo las privadas, deberían ser objeto de medidas estatales que de manera temporal las obliguen a reducir los precios de sus servicios, principalmente internet, telefonía móvil y fija, redes sociales, garantizando que la población mundial pueda comunicarse con facilidad.

Rediscutir y aplicar un impuesto mundial a la banca y el sector financiero a fin de que sus ganancias extraordinarias se canalicen a la generación de empleo digno, a mejores servicios sociales, a facilidades para extender el esparcimiento y el acceso a la cultura a toda la población, a la protección del ambiente. Hay que tener presente que los activos de los 10 bancos más grandes del mundo equivalen a más de un tercio del PIB mundial.

Una vez que se descubra la vacuna contra el coronavirus, esta debería ser distribuida mundialmente de forma gratuita. Independientemente de las empresas o países involucrados en su descubrimiento, la vacuna debe tener un acceso libre y equitativo. La industria farmacéutica no puede seguir acumulando ganancias a costa de la vida de la población.

Aunque la lista de alternativas hacia el futuro no se agota con las ideas expuestas, conviene reconocer que esta pandemia nos ha confrontado como especie con la fragilidad de la vida, nos ha hecho palpar la estrecha interconexión entre los seres humanos, valorar la importancia de los afectos y de la vida en común, reenfocar las prioridades individuales y colectivas, y aceptar que la vida es posible con menos consumo y con más pausa.

*Martha Moncada y Juan Carlos Coéllar, sociólogos ecuatorianos vinculados a plataformas que discuten alternativas post capitalistas.