El Ecuador en pindingas. Por Juan Cuvi

El vicepresidente Otto Sonnenholzner lidera el COE Nacional. Rueda de prensa virtual desde el ECU 911 en Quito. Foto: Cortesía

El coronavirus no desnudó un país sobre cuyas intimidades ya teníamos amplio conocimiento; desnudó la inviabilidad de un futuro concebido desde una serie de premisas convencionales. Por ejemplo, que la desigualdad puede ser atenuada dentro del sistema capitalistas; que la informalidad es un terreno propicio para los emprendedores; que la privatización de los servicios incrementa la eficacia del sistema de salud; o que las fuerzas políticas persiguen el bien común cuando de enfrentar una tragedia colectiva se trata. La pandemia levantó el velo de las apariencias.

Análisis serios consideran que América Latina será la región más afectada por la pandemia, en todos los sentidos. ¿La causa? Pues la desigualdad histórica y estructural que padece y que la convierte en la zona con mayores inequidades del planeta. Una desigualdad que ha arraigado comportamientos incompatibles con una lógica de emergencia extrema. Entre otros, la crónica desconfianza en la institucionalidad, entendida como aquellas normas que ponen orden en la vida colectiva a partir de un acuerdo social.

¿Quién en el Ecuador cree en la información oficial? Poco importa que las declaraciones de los funcionarios del gobierno sean verdaderas; la ciudadanía las acoge con una suspicacia incorregible, porque la palabra de la autoridad, que en cualquier sociedad democrática debería ser una institución, está completamente resquebrajada. Únicamente así se entiende la fuerza que tienen los trolls y las fake-news en la actual crisis.

En estas condiciones, hasta la propia realidad empieza a desvanecerse, más aún si estamos sometidos a una amenaza invisible. No solo carecemos de certeza respecto del coronavirus. Ni siquiera sabemos de sus alcances y consecuencias sanitarias, sociales y económicas. Simplemente intuimos que el futuro será peor de lo que calculamos. Es por eso, justamente, que los discursos que fundamentan su esperanza en la neutralización de la pandemia lucen tan deleznables, tan poco convincentes. Volver a la normalidad implica, para gran parte de la población, ahondar las miserables condiciones de vida en las que se debate. ¿Quién con dos dedos de frente puede creer que luego de la catástrofe se incrementará el empleo o mejorarán los ingresos y los servicios públicos?

En medio de esta congoja general hay discursos que oscilan entre la deshumanización y la estupidez. Entre los primeros consta el llamado de ciertos sectores empresariales a retomar las actividades productivas, a riesgo de sacrificar algunas vidas humanas. ¿Cuáles? ¿Las suyas, las de sus hijos?

Entre los segundos discursos sobresale el llamado del correísmo obtuso a tumbar al gobierno para encargarle el poder a un reo de la justicia. Eso sin contar con el ejército de trolls correístas que buscan generar un estallido social impredecible. ¿Están conscientes de que en toda convulsión social se sabe cómo se entra, pero jamás cómo se sale? ¿Se han tomado la molestia de leer al menos un resumen de historia sobre los incendiarios que terminaron en el cadalso? ¿Tiene algún sentido burlar a la justicia para terminar en un país invivible, inclusive contando con cuantiosas fortunas mal habidas?

*Máster en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum – Cuenca. Ex dirigente de Alfaro Vive Carajo.