La relación entre humanos, los virus y otros seres vivos

Imagen referencial de PIRO4D / Pixabay

Sobre el nuevo coronavirus y su comportamiento en el organismo del humano todavía se sabe poco. Lo que sí se sabe es que los virus son parte de la vida en el planeta Tierra. Nuestros propios cuerpos están llenos de ellos. Lo que nos protege es nuestro sistema inmunológico y la fortaleza de este sistema no depende únicamente de cómo nos cuidamos a nosotros mismos, sino a la Tierra como organismo vivo.

En estas semanas circularon fotos de cisnes blancos y delfines, disfrutando el agua cristalina de los canales de Venecia. Normalmente el lugar está desbordado por turistas que llegan en avión, tren o carro y que convierten la ciudad del norte de Italia en un ambiente en el que estos animales no pueden vivir. Así fue el mensaje en la publicación que se compartió cientos de miles de veces en las redes. Y por más que es cierto que la desactividad humana provocada por el nuevo coronavirus permite a otros seres recuperar sus hábitats, la noticia de Venecia era falsa. Las fotos de los cisnes fueron tomadas en la isla Burano a siete kilómetros de Venecia y los delfines solo se ven más al sur del país.

Claro, son molestos estos fake news. Aún más ahora, que millones de personas están en sus casas, dependiendo como nunca de la información que llega a través de los medios de comunicación. Sin embargo, el ejemplo de Venecia demuestra la necesidad de escuchar, ver y reproducir una buena noticia. Por el momento no interesan Ronaldo, Shakira o los políticos que prometen un futuro que nunca llega (aunque algunos prefieren reproducir aquellos contenidos). Lo que interesa es un ambiente no contaminado como aspecto positivo de la pandemia. Y eso no es casual porque el ambiente es el primer factor que influye en nuestra salud y buen vivir.

La Tierra nos da de respirar y de comer

Puede sonar abstracto, pero nuestro ambiente es el planeta Tierra. Es el organismo primordial que permite nuestras vidas. Es ella quien nos provee el aire para respirar, el agua para beber y la tierra para sembrar alimentos. Si no la cuidamos no vamos a poder vivir—así de simple. Sin embargo, durante los últimos doscientos años—pero sobre todo a partir de la revolución industrial a mitades del siglo XIX—actuamos cada vez más en contra de la Tierra. Hemos convertido nuestro ambiente en una fuente aparentemente inagotable para alimentar una máquina productiva sin antecedentes. Hemos explotado y maltratado al planeta como si no hubiese mañana. Contaminamos sus ríos y mares, deforestamos sus bosques y manglares, y sin darnos cuenta hemos empezado a contaminarnos a nosotros mismos. Hoy en día respiramos aire, comemos comida y bebemos agua con metales pesados, químicos tóxicos u otros elementos que dañan nuestro organismo.

Además está la contaminación mental y social. Estamos inmersos en un sistema de convivencia con otros humanos que fomenta la competencia, la violencia y la exclusión. Vivimos estresados para poder pagar la comida, el transporte, las cuentas de luz y agua, nuestra educación o la de nuestros niños. Vivimos temerosos de lo que viene mañana y sumisos respecto a lo que nos dictan jefes o presidentes. Algunos nos llenamos con programas de televisión chatarra y memes nefastos. Y además reproducimos creencias ajenas, sin cuestionar si estas imágenes y miradas colaboran en el cuidado de nuestro ambiente.

De un ambiente equilibrado depende nuestra salud

La lista de cómo el ambiente influye en nuestra existencia se podría ampliar, pero no es el objetivo de esta publicación. Solo queríamos contextualizar la situación actual y el pánico colectivo por la enfermedad COVID-19, que parece más contagioso que cualquier otra pandemia. No olvidemos de comparar las precauciones actuales con nuestra vida cotidiana pre-coronavirus. Ahí estábamos expuestos diariamente a muchos factores que debilitan nuestro sistema inmune y que por lo tanto facilitan que los virus–no solamente al nuevo corona-virus–entren a nuestros cuerpos y que nos lleven a lo que conocemos como enfermedad.

Tenemos que estar atentos a los datos sobre el COVID-19 y tratar de que no se propague, por supuesto. Como demostraron las últimas semanas, son pocos los sistemas de salud que están preparados para las complicaciones de una pandemia. Pero aún más atentos tenemos que estar al ambiente que estamos habitando y cultivando. Porque de un ambiente equilibrado depende nuestra salud y buen vivir. Es la Tierra que determina si nosotros logramos convivir con cierto virus o si seremos presa fácil por cualquier patogenicidad.

Los virus (y el SARS-CoV-2)

Un virus es material genético inerte que requiere de la infraestructura de una célula viva o un huésped para reproducirse. Por lo tanto la mayoría de los virológos no lo consideran como ser vivo sino como una molécula de ácido nucleico rodeada de proteína que se reproduce dentro de determinado organismo: sea planta, hongo, animal o humano. Como todos los organismos, también nosotros somos huéspedes de varios virus en nuestros cuerpos. El herpesvirus, por ejemplo, es un virus silencioso que se encuentra en la mayoría de los humanos por haberse contagiado, sin que se manifieste, hasta que debido a una baja de defensas puede activarse y generar enfermedad. Que un virus se acople y se reproduzca depende de los receptores de cada célula, en otras palabras: depende de la estructura genética de cada persona. Una vez dentro de la primera célula (que se llama célula anfitriona), el virus se nutre de su metabolismo, se reproduce e infecta a otras células.

El virus que causó la pandemia actual pertenece a la familia de los coronavirus. Estos fueron identificados en la década de los años 60 y son tan comunes en el ambiente, que algunos producen las llamadas “gripes estacionales”. Se llama coronavirus (los CoVs) por su apariencia que se asemeja a unas coronas. La enfermedad en si se llama COVID-19 y se debe a las letras en inglés COrona VIrus Disease, el 19 es por el año de brote. El virus, que se encuentra tanto en los mamíferos como en las aves es una mutación del SARS (síndrome respiratorio agudo grave, en español), que causó en 2003 una epidemia dentro de China. Por lo tanto el nombre científico del virus es SARS-COV-2.

Al tratarse de un virus nuevo no existe mucha información científica que aborde la totalidad de su naturaleza. El factor a considerar es que, de acuerdo con el Instituto de Salud Global Barcelona, los registros de la Organización Mundial de Salud sugieren que cada persona contagiada puede contagiar de 2 a 3 más. El virus en sí, desde su detección en noviembre 2019 en la ciudad china de Wuhan, ha mutado relativamente poco.

Además se ha encontrado que los genomas del SARS-CoV-2 son similares en un 88% a los genomas presentes en los murciélagos. Algunas referencias aclaran que el contagio del nuevo coronavirus fue de murciélago a pangolín (un animal exótico, muy traficado por sus características físicas y consumido en platillos de gastronomía china) y posteriormente a humanos.

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El huésped (y los huéspedes del SARS-CoV-2)

Cabe destacar que ningún virus está interesado en que mueran todos sus huéspedes, porque eso significaría también la extinción del virus. Otro dato importante para recalcar es el hecho de que aproximadamente veinte por ciento de una población está inmune a determinados virus. La única defensa efectiva en contra de los virus es el sistema inmune del huésped. La fortaleza de este sistema depende por un lado de la estructura genética, por otro de las condiciones de vida de la persona: su alimentación, actividad física, hábitos de respiración, vínculos sociales, trabajo, sentimientos, posibilidades de descanso y ambiente donde habita. Por ejemplo, una persona que está estresada, no sólo tiene un ritmo cardíaco elevado sino que produce también más cortisol y adrenalina. Estas hormonas a largo plazo aumentan el azúcar en la sangre y por lo tanto pueden provocar cuadros de diabetes u otras enfermedades crónicas y facilitan que el virus se pueda tornar peligroso.

Parte fundamental del sistema inmune son los anticuerpos, proteínas producidas por determinados glóbulos blancos de la sangre, que tienen una estructura, que permite que se acoplen con el virus, neutralizándolo como si fuera una llave que combina con la cerradura. Es como una guardia que repele cualquier patógeno, pero demoran alrededor de 15 días en producirse. Por eso nos puede dar un malestar como el de la gripe o peor, pero después de unos días o semanas ya nos recuperamos: gracias a estos guardianes. Una vez fabricados los anticuerpos específicos contra un determinado virus, no nos enfermaremos más de esta enfermedad.

Esto es distinto con el SARS-CoV-2, al menos por ahora. ¿Por qué? Porque es un virus nuevo y nuestro organismo todavía no ha tenido tiempo para desarrollar defensas eficientes. Nos faltan estos guardianes que cuidan la puerta a nuestro organismo y por lo tanto el SARS-CoV-2 se apropia rápidamente de nuestras células. Las personas que se han curado–cinco veces más de los que han muerto–han desarrollado una inmunidad parcial, de la misma manera que lo han hecho con otros virus. Esto podría variar por la alta tasa de mutación del virus porque los anticuerpos que se producen son específicos para cada nueva estructura del virus. Si éste muta, como suele pasar con el virus de la gripe, es probable que volvamos a infectarnos. Sobre el comportamiento del SARS-CoV-2 en este sentido todavía no existen suficientes datos.

La transmisión (y la transmisión del SARS-CoV-2)

En la transmisión de un virus hay que distinguir entre virus endógenos y virus exógenos. Endógenos son virus dentro de nuestros mismos cuerpos—generalmente de nuestra flora de piel o de nuestras membranas mucosas (intestinos, vejiga, boca, etc.)—que se transmiten a un órgano o a nuestra circulación sanguínea. En cambio, un virus exógeno viene del exterior y se transmite principalmente a través de gotas (tos, estornudos, escupitajos, etc.) o por otros líquidos como leche materna, sangre, pus o heces. Otras vías de transmisión son la comida o el agua contaminada, las relaciones sexuales, agujas sucias o vectores como mosquitos o garrapatas. Dependiendo del virus y su patogenicidad—la capacidad de generar enfermedad—, de la vía de transmisión y del sistema inmunológico del huésped, ocurre o no la infección.

Después hay otras vías de transmisión, que son menos obvias: la superficie de plásticos, por ejemplo, de metales, madera o cartón. Algunos virus sobreviven ahí y pueden ingresar al cuerpo a través de nuestra piel, aunque eso depende de la existencia de una herida que facilite su entrada. Lo mismo vale decir cuando damos la mano a otra persona. No es que eso provoca la infección, sino el hecho de que después nos tocamos la cara sin habernos lavado las manos y que el virus entre por nuestras mucosas: ojos, nariz y boca.

Esa es una de las grandes discusiones alrededor del SARS-CoV-2. Al principio se pensaba que la transmisión era netamente por gotas. Con el tiempo los científicos descubrieron que el virus puede sobrevivir también en superficies como las nombradas, dependiendo de la humedad en el aire y la temperatura del ambiente. En ese sentido el SARS-CoV-1 y el SARS-CoV-2 tienen una estructura muy parecida. La gran diferencia es que el primero se manifestó más directo en los pulmones y por lo tanto los síntomas en el huésped eran más notables. En cambio el SARS-CoV-2 se detecta también en la garganta y la faringe. Eso significa por un lado que los síntomas no necesariamente se notan de forma inmediata, ya que el tiempo de incubación puede durar hasta 14 días en los que el sistema inmunológico apenas se ve involucrado. Por otro lado el nuevo corona-virus está mucho más latente y la transmisión por gotas, por ejemplo durante una conversación, puede producirse más fácilmente. Aún se discute si existe la transmisión del SARS-CoV-2 por vía aérea, pero todo apunta a que únicamente es por vía de microgotas de individuos infectados a sanos.  

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Investigación y texto: Daniel Ramos y Romano Paganini

Infografía: Victoria Jaramillo

Colaboración: Emilio Bermeo

Agradecimiento: Adriana Marcus, médica generalista rural jubilada, integrante de la Red Jarilla de Plantas Saludables de la Patagonia (Argentina) y César Paz y Miño, director del Centro de Investigación de Genética y Genómica en la Universidad UTE, Quito (Ecuador)

+ + + Trabajo colaborativo entre La Línea de Fuego, Radio Periférik, Acapana, Cooperativa Audiovisual CoopDocs y mutantia.ch + + +