Tres escenas de la vida infectada. Por Christian Arteaga

El Estado apoyó la campaña #QuédateEnCasa y promocionó el teletrabajo. Foto referencial de Gerd Altmann / Pixabay

La enfermedad y el virus coexisten en una relación dialéctica. La primera, administra una serie de procedimientos que van desde el confinamiento voluntario u obligatorio, hasta la clasificación y dosificación de tecnologías médicas; mientras que el segundo, es un organismo capaz de reproducirse, atestar de síntomas y aniquilar a poblaciones enteras.

Empero, el segundo -en los tiempos actuales- adquiere también un estatuto de programación digital. Pues, no solo es un virus celular y orgánico que muta a otros ambientes, sino que deviene en un fenómeno que se reproduce en los ordenadores, por ende, en los usuarios y consumidores de las redes y plataformas digitales. En ese horizonte, este texto plantea tres escenas que nos deja (¿ha pasado ya?) el Covid 19 y sus repercusiones.

1.- Sobre la enfermedad

Georges Canguilhem (1904-1995) en Lo anormal y lo patológico, inició su primer capítulo con una frase lacónica pero potente: “Para actuar es necesario, por lo menos, localizar.” (1971: p: 17). Es decir, ubicar el sentido de la enfermedad no únicamente en un plano estrictamente corporal, sino ontológico, entendiendo por lo demás que la enfermedad es una contingencia que le sobreviene al sujeto. Así, la localización que supone el corona virus está emplazada por la idea de una civilización degenerada que inocula del mal e infecta a otras (desde el Asia hasta occidente). Inmediatamente, la localización adopta un doble matiz: uno exógeno que expone las maneras de administrar la vida, ya no en ese bios estrictamente jurídico, sino en uno muy cercano a la muerte. Es decir, las vidas de los pobladores están situadas en un tablado de muerte. Solo la muerte puede explicar la vida, por eso es más terrible, ya que adquiere un marco interpretativo por donde entra y sale la primera sin ninguna contención. Por ello, toman cierta lógica las declaraciones varios médicos e internistas italianos y españoles de procurar salvar las vidas jóvenes y dejar morir las vidas ancianas.

Localizar la muerte y localizar la vida, ese es el tándem, de ese modo debe actuarse. Covid 19 y eugenesia parecerían ser siamesas, en teoría, atravesados por una biopolítica que necesita situar -como nunca antes- a los cuerpos en sus respectivos espacios. Aparece el segundo matiz, uno endógeno, caracterizado por una sensación de ansiedad -recodemos que la sociedad moderna en sus prolegómenos buscó mitigar los niveles de ansiedad y dar certezas a través de la ciencia, la medicina es una de sus muestras- que supera a la tribal, identitaria, religiosa y étnica, y es la mantenerse con vida.

La vida es esa nueva ansiedad, y con esta, su opuesta, la resignación. El Covid 19, ubica esa dualidad de manera radical y visible, es a eso lo que se refiere Roberto Esposito en su libro Bíos, biopolítica y filosofía, pues: “(…) entre muerte y vida —entre vida que se debe destruir y vida que se debe salvar— persiste, e incluso se profundiza, el surco de una clara división.” (2006: p: 11). De esa manera, un singular brete emerge para modificar nuestra propia relación con el futuro. La vida, básica y expoliada o la resignación inveterada por la muerte, una muerte como constitutiva del sistema capitalista. Fuera de la menuda retórica de vincular virus y capitalismo, sabiendo que es una verdad indiscutible, habría también que preguntarnos sobre qué bases actúan estos dos elementos. Si el sistema se reinventa con cada crisis, pero en esta, da un giro hacia recodos brutales y de miseria, siendo necesario también comprender la reinvención de formas comunicantes que aparecen con el Covid 19. Por ejemplo, los medios de comunicación tuvieron límites, si bien estos trasmiten el virus del miedo y la pos verdad, son otros los que parecerían importar la enfermedad y sus imaginarios, esos cuerpos que importan como transmisores del mal, que transitan y recorren lugares a través aviones, diseminando el virus por aeropuertos y más. Ellos son los nuevos medios de comunicación: cuerpos y aeropuertos.

Enfermedad y tecnología parecen ser dos caras de la misma moneda. Satélites y drones muestran el globo y despejan las dudas dónde el virus se afinca con mayor intensidad”.

La pandemia es la amenaza. Localizarla es el derrotero del sistema. Singularizarla, pintarla de colores en los mapa mundis digitales, ubicar quienes están a salvo o por el contrario, quienes son lo potencialmente resignados a la muerte. Enfermedad y tecnología parecen ser dos caras de la misma moneda. Satélites y drones muestran el globo y despejan las dudas dónde el virus se afinca con mayor intensidad. El virus va tomando color y forma, gracias a los satélites y drones, y que en expresión de Jody Berland, estos últimos son los nuevos ángeles, los que nos miran y cuidan desde las alturas.

Volvemos al inicio, localizada la enfermedad, hay que tratarla y contenerla, cueste lo que cueste. Militares y estados de excepción. Ya no es la muerte solamente. Hay que sacrificar la libertad y la movilización social.

2.- Lenguaje

El Covid 19, modifica también las maneras de decir y las formas del hacer. Sí, es verdad que ahora afloran en las redes pasajes citados -algunos de ellos, apócrifos- de La peste de Albert Camus (1913-1960), pero recordemos que las pestes han sido registradas desde antes, Daniel Defoe (1630-1731) había escrito en el siglo XVII, Diario del año de la peste, donde narró las vicisitudes de un personaje inglés con terror a que llegará la peste de Marsella; o el propio Decameron de Giovanni Bocaccio (1313-1375), donde un grupo de jóvenes se autoexilia en el campo por razón de la peste y cuentan historias de corte erótico humorístico. Es decir, el lenguaje está presente en este momento. No obstante, lo que deseo recalcar no una disquisición literaria sobre obras o novelas que trabajaron el asunto de las pandemias y epidemias, sino algo de lo que el lenguaje cotidiano retoma en sus apuestas comunicacionales en estos momentos. Una de ellas es la frase expandida de que: la economía se recupera, pero la vida no.

Primero, esta proposición encierra y sintetiza el problema mismo del capitalismo. Pues, a partir de un asunto de performatividad en el lenguaje, esta oración hace lo que dice, y se aleja del nivel perlocutivo de decir lo que hace. Pues, el régimen sintáctico en el que se constituye, elide al sujeto, por un sustantivo de carácter abstracto como es la economía.

De tal modo, la oración:

La economía se recupera…

Implica necesariamente una yuxtaposición de la economía sobre la vida, entonces, es la economía lo que realmente interesa, pues el verbo recupera, está determinado por la acción sustantiva de la economía. Esto ubica que, en dicha proposición colgada en redes sociales, lo sustancial es recuperar la economía, es decir, el futuro de acumulación será mucho más protervo y explotador, ya que el sistema necesita volver a las cifras anteriores a la crisis o a superarlas. Además, supone una introyección hecha carne: todo debe recuperarse, especialmente la economía.

Ahora, en cuanto a la segunda parte de la proposición:

pero la vida no.

La expresión, pero, es un conector adversativo que enlaza necesariamente contraste con lo anterior. Así: pero la vida no, es lapidaria, vida y economía en este momento son irreconciliables. La Filosofía del lenguaje de corte austineana demostró que el lenguaje ordinario es el lugar donde se encuentran los abusos de este, generando una serie de infortunios del mismo de acuerdo en el momento de su emisión, así, en Cómo hacer cosas con palabras, expresó: “Hablando en términos generales, siempre es necesario que las circunstancias en que las palabras se expresan, sean apropiadas, de alguna manera o maneras”. (Austin: 1990: p: 49) Siguiendo a John Austin, la proposición: la vida no, pasa por un mero sustantivo abstracto que no determina la primera parte de la oración. Pero la vida no, queda en eso, la vida no importa, sino la economía a recuperar.

Tal vez sea el momento de cambiar el verbo de la primera parte de la oración, no se trata de recuperar la economía, sino de cambiarla; y en la segunda añadir el conector también como comprensión sustantivado, es decir: la economía debe cambiar y la vida, también.  De lo contrario, el lenguaje seguirá siendo el soporte del proceso extractivo del propio sistema.

3.- Plataformas

La transformación que trae el corona virus a las subjetividades y la cotidianidad global, está siendo cada vez más palpable. Creería que no habría que descuidar a la par los cambios de tipo de economía que está intensificándose en este instante. Uno de los caballos de Troya de esta dinámica, están siendo las plataformas transmediáticas más utilizadas como Facebook, Instagram, Youtube, TikTok, digamos para el ocio y entretenimiento; acompañadas de las aplicaciones que dinamizan y profundizan los regímenes del teletrabajo como son Zoom, Skype, Teams y Moodle; a más de las que sirven para producir explotación y precarización laboral sin beneficios como son Glovo, Rappi y afines.

Qué es lo que caracteriza a estas plataformas, pues de entrada afirmamos que su ubicuidad y su modo de accionar radica en convertir al sujeto en intermediario de su propia explotación, pero generador de su producción como usuario y/o consumidor de sus servicios”

No importa el virus ni la pandemia, lo que importa es no perder los enclaves laborales, ya de por sí destruidos por el retorno del neoliberalismo, sobre la base de un proceso de proletarización de la población excedente.

Qué es lo que caracteriza a estas plataformas, pues de entrada afirmamos que su ubicuidad y su modo de accionar radica en convertir al sujeto en intermediario de su propia explotación, pero generador de su producción como usuario y/o consumidor de sus servicios y obviamente de sus transacciones. Cómo define Nick Srnicek en su libro Capitalismo de plataformas: “Las plataformas, en resumidas cuentas, son nuevos tipo de empresas; se caracterizan por proporcionar la infraestructura para intermediar entre diferentes grupos de usuarios, por desplegar tendencias monopólicas impulsadas por efectos de red, por hacer uso de subvenciones cruzadas (…) y por tener una arquitectura central establecida que controla las posibilidades de interacción.” (2018: p: 49).

Por tal motivo, se ha extremado y paralelamente se ha comenzado a imponer una dinámica de despidos masivos, pues plataformas construidas para el teletrabajo son evidencias acerca de la necesidad de disponer más que de un computador personal, conexión al internet y un lugar que no implica una infraestructura material gigante. Así, la pandemia viene acompañada de nuevo desempleo y precarización, basta mirar que las aplicaciones de servicios de entrega de comida no se han detenido en estos días. Es decir, el capitalismo se ha desplazado a los datos mas que a los bienes materiales, exclusivamente. El momento de resolver la pandemia es el mismo que se remoza vía los datos que este mismo produce en las plataformas. Zoom, por ejemplo, no deja de ser utilizada por las empresas o por círculos universitarios para estar conectados. El valor es el logaritmo, al resultado es el big data. En conclusión, el Covid 19, le insufla al sistema una sofisticada maquinara de ganancias, que enfatiza en las brechas de los productores de conocimiento en una economía digital y los consumidores de dichos bienes, sin poder ejercer una contrarrespuesta definida. Más bien, profundiza la flexibilización laboral, y clasifica un nuevo tipo de espacio público, el de las ciudades inteligentes interconectadas.

Retornamos, si Canguilhem expresaba que había que localizar la enfermedad, las plataformas la deslocalizan. Localizan, en cambio, las poblaciones que deben ser administradas desde la muerte, pero deslocalizan la fuerza de trabajo que debe expoliarse para perpetuar un tipo de no vida, esa nuda vida de la que habló Giorgio Agamben.

*Docente de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central del Ecuador