Entre la cuestión de la normalidad y la normalidad cuestionada. Por Marco Narea

Foto referencial de Fernando Zhiminaicela / Pixabay

De repente el día a día dejaba de ser. La confusión, el miedo y la incertidumbre acechaban mentes y corazones aturdidos a escala planetaria. Era el signo de un presente abruptamente discontinuado, de una fractura en la médula de nuestra cotidianidad. No se trataba de una “guerra”, sino de una “catástrofe”. 

Un virus tan ajeno a nuestra biología, pero tan propio a nuestra civilización, encendía las sirenas de aquellos “desarrollados” y de otros no tanto. Y aunque aparentaba no conocer de clases sociales, su virulencia se deleitaba de estructuras reproductoras de pobreza y desigualdad. Fue cuestión de meses para que el delicado aleteo de una mariposa en Wuhan desatara un violento huracán en Nueva York.

“La tierra está sanando” resonaba como la frase del momento en las redes sociales. Pero, ¿de quién y de qué estaba “sanando” la tierra? Desde la individualidad e inmediatez de los pensamientos y prácticas que permean buena parte de nuestra sociedad, el ser humano se mostraba de nuevo como el meollo del problema. Es decir, la tierra estaba “sanando” de la humanidad y de su aparente condición innata de contaminar y destruir. La dicotomía entre el ser humano y la naturaleza quedaba nuevamente expuesta, aunque ahora con la balanza inclinada hacia el segundo. No sería extraño, entonces, que la reducción drástica de la huella de carbono en apenas unas semanas, pese a obedecer a una pandemia crecientemente mundial, haya generado en muchos una perturbadora sensación de sosiego, un momento de catarsis ambiental. Pero resulta que la tierra no está sanando, apenas está tomando un respiro de aquellas prácticas sociales circulares que tienen un fin muy claro: la acumulación de capital. 

El problema en realidad no tiene que ver con la existencia biológica de la humanidad, sino con su existencia social en tanto construcción histórica de una civilización que, durante los últimos siglos, ha adoptado un comportamiento depredador, tanto ambiental como social, y que con el tiempo se ha vuelto cada vez más global. Mirar al ser humano como una auténtica plaga, sea de forma intencional o ingenua, tiende a robustecer aquellas posturas (neomalthusianas las llaman algunos) que encuentran en la fijación de límites a la reproducción biológica del ser humano una solución. Su corolario neoliberal se encarga de estirarla hasta condicionarla a la situación económica. Es decir, “si eres pobre mejor no tengas hijos”. La reproducción de la vida humana deja de ser así un derecho fundamental, incluso una necesidad biológica, para pasar a ser apenas un privilegio social. Esta racionalidad avanza incluso hacia quienes, debido a su edad avanzada, son vistos como un problema económico y financiero para las corporaciones y los gobiernos. Por ello, ante el riesgo de que la gente viva más de lo esperado, la recomendación de organismos como el Fondo Monetario Internacional es ajustar la edad de jubilación y recortar las pensiones.

A la par, sucede también que el crecimiento económico sin límites basado en la explotación indiscriminada del trabajo y la naturaleza, define hoy en día una relación metabólica entre la sociedad y los ecosistemas que muestra signos claros de insostenibilidad. Este acumulado de relaciones de producción, que son sociales, históricas y también globales, acompañado del consumo masivo y excesivo de muchos de nosotros, nos explota hoy en la cara. Gramaticalmente nos liberamos de toda culpa, lo externalizamos y lo llamamos “cambio climático”, cuando se trata en realidad de una verdadera “crisis socioecológica” que amenaza toda forma de vida. Muchos reducen este problema macrosocial a uno de índole microeconómica (eficiencia productiva) o macroeconómica (crecimiento sostenible) y aluden sin más a la voluntad bonachona de los pudientes y de los organismos no gubernamentales. Sin embargo, se trata de cuestionar la causalidad de la relación entre el capital, la naturaleza y el ser humano, y decidir colectivamente si queremos seguir concibiendo a la naturaleza (recursos naturales) y al ser humano (trabajo) principalmente como factores de producción afines a la acumulación sin fin de capital, o si queremos explorar qué otras posibilidades hay más allá. Por su puesto, la tarea no es fácil.

En un mundo en el que la raza, la sexualidad, el género y la clase social siguen moldeando nuestras estructuras de oportunidad; en el que nuestro estatus económico se vende muy bien como un problema de decisión individual; en el que la educación y la salud de calidad está al alcance solo de unos pocos; en el que el hambre sigue acechando día a día a cientos de millones de personas, podemos sospechar al menos de la existencia de dinámicas estructurales que transcriben, más no resuelven, la antinomia riqueza-pobreza.

Los coronavirus son bien conocidos por sufrir recombinación genética […], lo que puede conducir a nuevos genotipos y brotes”.

La dinámica global de reproducción del capital, eufemísticamente llamada “globalización”, hace referencia precisamente a la capacidad y velocidad sistémica con la que se reproducen este tipo de contradicciones. El flujo de bienes y servicios, de personas, de información y de capitales a nivel global alcanzan hoy en día niveles sin precedentes. Pero no se trata de flujos homogéneos. Por donde se lo vea, su asimetría es tan propia de sí como su existencia misma. El acceso a banda ancha, el requerimiento de una visa, la movilidad de mercancías y servicios, la capacidad y necesidad financiera, la localización y deslocalización de la actividad productiva, los montos sujetos a transacciones financieras, etc. son solo algunos ejemplos.

Ante todo ello, la aparición de virus y bacterias que podrían llegar a desatar pandemias muy letales para la humanidad es un hecho de sobra conocido. Desde las más antiguas como la viruela y el sarampión, pasando por la peste negra y la fiebre española, llegando hasta el cólera, el VIH, el ébola y, más recientemente, el SARS, la gripe porcina y aviar. Hoy el protagonismo lo ejerce el COVID-19. Sin embargo, como han señalado recientemente otros autores, “[u]n virus no es un enemigo consciente y malvado, es inherente a la propia vida. Lo terrible es construir sociedades ajenas e ignorantes de que los virus […] existen. Construir economías y políticas sobre la fantasía del ser humano, como un ser sin cuerpo y sin anclaje a la tierra que le sustenta es lo que genera una guerra contra la vida, […] los ciclos, […] los límites, los vínculos y las relaciones”.

En este sentido, la fuerza con que las enfermedades pueden aparecer y volverse pandemias es una cuestión tanto técnico-científica como sociopolítica y cultural. Tras la experiencia del SARS, un estudio publicado en 2007 por varios expertos concluía que: “[l]os coronavirus son bien conocidos por sufrir recombinación genética […], lo que puede conducir a nuevos genotipos y brotes. La presencia de un gran reservorio de virus similares al SARS-CoV en murciélagos de herradura, junto con la cultura de comer mamíferos exóticos en el sur de China es una bomba de tiempo. La posibilidad de la reaparición del SARS y otros virus nuevos de animales o laboratorios y por tanto la necesidad de preparación no debe ser ignorada”. Es altamente probable que existan otros estudios similares que cierren con un llamado político similar. Sin embargo, a la luz de la catástrofe sanitaria del COVID-19, parece evidente que su resonancia en la caja gubernamental china fue nula.

Con justa razón, muchos reclaman hoy el cierre de los así llamados mercados “húmedos”, identificados como verdaderos focos de brotes infecciosos que existen no solo en China. No obstante, no se trata de una cuestión de simple voluntad política gubernamental. Estos mercados, son la representación física de dinámicas socioeconómicas que crean condiciones propicias para la informalidad, la precariedad, la insalubridad y hasta la ilegalidad, y que además construyen costumbres que se nutren y son nutridas por la cultura local. Mientras se mantengan intactas aquellas condiciones de posibilidad, el cierre de estos mercados resolvería el problema solo de manera temporal.

Es difícil entender la rápida propagación mundial del COVID-19 únicamente por su facilidad biológica de contagio si no se consideran los contextos (globales, regionales y nacionales) con los que este virus se ha ido encontrando y repotenciando. Al respecto, podemos considerar al menos los siguientes factores: el alto flujo global de personas (particularmente el turismo de masas); la falta de coordinación regional en materia sanitaria; la subestimación inicial del virus por parte de los gobiernos (acciones tardías) y de la población (indisciplina social frente a la restricción voluntaria u obligatoria de la movilidad); la imposibilidad de confinamiento tanto de quienes no tienen un techo (nacionales e inmigrantes) como de quienes viven del día a día; la alta densidad poblacional en sectores urbanos marginados; la acuciante desinformación e información sesgada; entre otros.

Las grandes farmacéuticas raramente invierten en prevención y tienen escaso interés en invertir para la preparación ante una crisis de salud pública, ya que adoran diseñar curas”.

Hasta el momento, algunos datos empíricos parecen sugerir una relación directa entre la tasa de mortalidad y los sistemas de salud pública anquilosados, tanto en países “desarrollados” como aquellos en “vías de desarrollo”. El recorte del “gasto” en salud pública que muchos hemos sufrido salta a escena. Esta correlación, incluso, pareciera tener más peso que la agresividad propia del virus, particularmente, frente a sistemas inmunológicos débiles o poco fuertes. Sin embargo, la realización de estudios rigurosos al respecto es una tarea aún pendiente.

Las corporaciones farmacéuticas, por su parte, también han jugado un rol importante en la propagación mundial de pandemias, incluyendo la del COVID-19. El geógrafo y teórico social británico David Harvey lo resume de manera muy clara: “[a] las grandes corporaciones farmacéuticas les interesa entre poco y nada la investigación altruista de las enfermedades infecciosas (como es el caso de la familia de los coronavirus, que se conoce perfectamente desde los años sesenta). Las grandes farmacéuticas raramente invierten en prevención y tienen escaso interés en invertir para la preparación ante una crisis de salud pública, ya que adoran diseñar curas. Cuantos más enfermos estemos más dinero ganan. La prevención no contribuye a la maximización del valor para los accionistas”.

Es sintomático el hecho de que la propagación del COVID-19 sobre la economía y las finanzas mundiales haya sido más rápida que aquella sobre las personas. Cuando la Organización Mundial de la Salud calificaba a este coronavirus como pandemia, el nerviosismo ya se había empezado a apoderar de las bolsas de valores de Nueva York, Londres, París, Fráncfort, Milán, Tokio, Hong Kong, Shanghái, Seúl y otras. Los precios de las materias primas, principalmente del barril de petróleo, así como las cotizaciones de grandes corporaciones en los sectores industrial, financiero y tecnológico, ya habían empezado a caer de forma abrupta; mientras que los niveles de producción en la “fábrica del mundo”, China, lo hacían de manera solo un poco más progresiva.

Hay que decirlo, el panorama que se avecina no es bueno. Es la profundidad, ya no la posibilidad, de una crisis económica mundial la que acalora hoy en día los debates políticos y académicos. De hecho, algunos anticipan que se trate de “la peor caída desde la década de 1930”. Sin embargo, se trata de una crisis de magnitudes históricas que pone a prueba la subsistencia misma del sistema mundial en el que vivimos. Una crisis que ha venido avanzando con sus dinámicas contradictorias de manera lenta, ininterrumpida y aparentemente silenciosa durante las últimas décadas. Una crisis que ha alcanzado sus límites estructurales y que muestra en la “incertidumbre caótica” su rasgo central. Se trata, en definitiva, de una crisis que pone en evidencia de manera cada vez más violenta y dolorosa la insostenibilidad de la acumulación sin fin de capital. El COVID-19 no ha creado esta tendencia, solo la ha profundizado.

Es el signo de los tiempos. Sin embargo, podemos estar seguros que nos encontramos entre el mundo que solía ser y aquél que aún no es. El día a día del mañana podría asemejarse al día a día del ayer, pero solo será una ficción. En última instancia, la construcción del mundo que queremos es una magna tarea que no puede ser reducida a la mera suma de nuestras individualidades.

*Máster en Relaciones Internacionales por la Universidad Andina Simón Bolívar (sede Ecuador). Es investigador académico sobre temas de regionalismo, cooperación e integración regional en América del Sur.