Voraces y mezquinas. Por Juan Cuvi

Foto referencial de Pixabay.

Las élites latinoamericanas acaban de ratificar su menosprecio por sus países, por pueblos de los cuales se sienten albaceas, pero no parte. La pandemia del coronavirus no es una catástrofe colectiva que afecta a millones de personas, sino una oportunidad para replantear y repotenciar sus negocios. Al menos así queda en evidencia cuando revisamos los discursos de sus representantes políticos, los pronunciamientos de sus voceros empresariales, las decisiones que fuerzan en medio de la crisis.

En el Ecuador, el escándalo que se acaba de destapar a propósito de la reciente cancelación de un tramo de la deuda externa retrata de cuerpo entero a esos oscuros personajes que se benefician de su posición en las altas esferas del Estado. Que detrás de una decisión impresentable existían intereses espurios era un secreto a voces. Históricamente, las negociaciones de las deudas con el Estado o con los organismos internacionales de crédito han estado atravesadas por una lógica de los negociados. Pero que hoy se hayan aprovechado de la emergencia sanitaria es una obscenidad, peor aún, es un crimen en contra la ética pública

El modus operandi de este nuevo atraco al erario nacional no tiene nada de novedoso. Es la típica combinación de viveza criolla con manejo de información reservada. Para los involucrados, poco importa dinamitar la imagen y la institucionalidad del país con tal de llenarse los bolsillos. Luego verán cómo maquillan de patriotismo este latrocinio. Si ya lo hicieron con los pativideos, ¿por qué no pueden hacerlo ahora?

Las iniciativas para manejar la crisis sanitaria van en el mismo sentido. Basta con pasar revista a las distintas propuestas y normas presentadas en los últimos días para darse cuenta de la mezquindad que destilan. Por debajo de una retórica vacua y apurada aflora la intención de preservar privilegios a cualquier costo. Incluso sacrificando vidas humanas -ajenas, por supuesto- como cuando se presiona por levantar las medidas de aislamiento para reactivar la producción.

Ni siquiera la tibia ofensiva del gobierno se ha salvado del arrastre. Apoltronadas en su opulencia, estas élites argumentan con virulencia que dejar de enriquecerse equivale a empobrecerse. Puros sofismas: simplemente no quieren contribuir con los gastos porque no se identifican con este país. ¿Para qué financiar la recuperación de un espacio público en el que ni siquiera socializan?

En esta misma línea, el partido socialcristiano acaba de presentarle al país un conjunto de medidas para afrontar la crisis. Aunque algunos de sus contenidos se prestan para una lectura suspicaz (por ejemplo, la moratoria de la deuda externa), el alma del documento es inconfundible: quieren poner en manos de los empresarios privados los recursos para combatir la pandemia, reconstruir el país y rediseñar el futuro del Ecuador. En buen romance, buscan continuar acumulando riqueza a partir del empobrecimiento general. Su voracidad no tiene límites.

¿Acaso no leyeron el informe del Fondo Monetario Internacional, que anuncia que la pandemia podría empujar a la pobreza a 500 millones de habitantes en el mundo? ¿O que América Latina será la región más golpeada por la crisis? Con esa mentalidad, los llamados a reconstruir el país suenan a historieta.

Al parecer, estos grupos de poder tienen plena confianza en los mecanismos autoritarios de control social. Suponen que los estallidos sociales no atravesarán las murallas de sus urbanizaciones privadas. Están convencidos de que, frente a los espeluznantes escenarios futuros podrán segmentar territorialmente las eventuales pandemias o los desastres ambientales. Atrincheradas en sus torres de marfil, creen que podrán contemplar el paso de los cuatro jinetes del Apocalipsis sin sufrir consecuencias.

*Máster en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum – Cuenca. Ex dirigente de Alfaro Vive Carajo.