El campo y la pandemia. Por Ileana Almeida

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Escuché por la radio a un personero de la Cámara de Agricultura de la II Zona hablar en tono de alarma sobre el difícil abastecimiento de productos agrícolas en Guayaquil. Reconoció que los agricultores serranos son los mayores proveedores de alimentos a las ciudades costeñas, pero que el comercio  iba a ser cada vez más limitado debido a la reducida extensión de los cultivos indígenas, que no pasan de unas pocas hectáreas.

También expresó que ahora la situación se había agravado por el temor que tenían los indígenas de llevar su producción a Guayaquil y  por lo tanto, los precios de los productos iban a elevarse.

En otro medio de comunicación se pudo leer que los quichuas migrantes de la provincia de Chimborazo a Guayaquil, huían de la ciudad por los chaquiñanes de las montañas  para ir a refugiarse en sus comunidades ante el peligro de ser víctimas de la pandemia. La Fundación Pueblo Indio del Ecuador dio a conocer esta noticia, recibida desde España: en el territorio de los Siona-Secoya, en Ecuador y Perú, ya  han aparecido brotes del virus.

Son tres informaciones sobre el campo y los territorios indígenas, entre  centenares que se transmiten a diario. La primera sobre la posibilidad de desabastecimiento de alimentos y sus altos precios en los mercados de Guayaquil; la segunda sobre el temor que causa a proveedores y vendedores la pandemia en la ciudad; y la última revela el interés de los extranjeros por la salud de los pueblos indígenas.

Las tres noticias reflejan que a través de la historia, la sociedad y los gobernantes ecuatorianos han permitido que se mantenga una división abismal entre el campo y la ciudad, olvidando que no solo en la ciudad se materializa la producción, las relaciones de producción, los vínculos con el medio ambiente, la vida social, la cultura, sino que también en el campo se materializan a su manera.

Son mezquinos y muchas veces equivocados los recursos que se destinan a  mejorar la vida en el campo, el fracaso de las escuelas del milenio en los páramos lo demuestra. No se atiende a los requerimientos técnicos en las labores agrícolas y ganaderas. La tierra  se agota, el agua escasea, las leyes no favorecen a los campesinos, los servicios públicos son mínimos o inexistentes, las condiciones de trabajo y vivienda, precarias, las ganancias del comercio alimenticio va más que nada al bolsillo de los intermediarios, los ingresos de la población rural son mucho más bajos que los que rigen en las ciudades. Los jóvenes abandonan las comunidades. No es verdad que a los campesinos les falte iniciativas en la búsqueda de soluciones a sus problemas, pero las políticas que mantienen los gobernantes van por otro lado.

La contraposición socioeconómica campo-ciudad es estructural, por lo que llegamos a la triste conclusión que desde la Conquista el campo solo ha servido para explotarlo, pero no para desarrollarlo.

*Filóloga. Profesora universitaria, investigadora, periodista. Nacida en Ambato, Ecuador. Es autora de varios libros, ensayos y artículos de su especialización. Algunos de sus trabajos han sido publicados en México, Perú, Estonia, España, Alemania.