Deforestación y tráfico de fauna aumentan riesgo para pandemia 

Anualmente en Ecuador se deforestan alrededor de 60 mil hectáreas; de hecho, desde la década de los noventas la superficie de bosque nativo ha disminuido de 14.5 millones de hectáreas a 12,5. Foto referencial de Pixabay.

La pandemia del Covid-19 se desató a miles de kilómetros de Ecuador, pero biólogos y epidemiólogos locales advierten que el desequilibrio ambiental en el país andino puede ser causante de otras enfermedades zoonóticas. Los factores claves para impedirlo son políticas regulatorias fuertes en temas de deforestación para las industrias agrícolas, mineras y petroleras y el tráfico de fauna silvestre.  

“Tener ecosistemas sanos y bosques sanos es nuestro mejor antivirus”. Así lo destaca Luis Suárez del Fondo Mundial para la Naturaleza de España. “Cuando destruimos un ecosistema, una selva o un bosque, estamos alterando las complejas cadenas y relaciones que existen entre los distintos animales y seres vivos que mantienen estos virus y patógenos controlados y en equilibrio. Por lo tanto, estamos alterando estos patógenos”. En su apelación, el coordinador del WWF (por sus siglas en inglés) se refiere a la alta tasa de deforestación a nivel mundial que beneficia la propagación de enfermedades zoonóticas como el Covid-19.

Enfermedad zoonótica o zoonósis significa la transmisión de virus, bacterias, protozoarios, helmintos (gusano) y hongos parásitos entre animales y humanos y viceversa. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el 70% de todas las nuevas enfermedades en humanos que surgieron durante los últimos cuarenta años son de origen animal. El Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS) del 2015, por ejemplo, que originalmente se encuentra en murciélagos, pasó a los camellos y luego a humanos. Algo parecido ocurrió con el Síndrome Respiratorio Agudo Grave del año 2002/2003, más conocido como SARS, que viene a ser la previa del virus actual. Este pasó del murciélago a los civets y gatos y de ahí a los humanos.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha detectado más de 200 enfermedades de esta índole. Y a pesar de que la pandemia actual del nuevo coronavirus, denominado como Sars-Cov-2, que causa la enfermedad Covid-19, se originó a más de 16.000  kilómetros de distancia, enfermedades zoonóticas se conocen también en Ecuador. Es más: Ecuador proporcionalmente hablando es el país con la tasa más alta de deforestación en toda América Latina y por lo tanto propenso a posibles enfermedades zoonóticas. 

 Los virus buscan sobrevivir

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), América Latina presenta 935.5 millones de hectáreas forestales, esto es, casi la mitad de la superficie de todo el continente. Pero Brasil, Colombia, Bolivia, Perú y Ecuador solo en el año 2018 perdieron 1’884.662 millones de hectáreas de sus bosques. A eso hay que sumar los 2.5 millones de hectáreas que se quemaron el año pasado, mayormente entre Brasil, Bolivia, Paraguay y Perú. En cuanto a Ecuador, el Informe de Situación – Incendios Forestales a nivel nacional 2019 devela que, en la segunda mitad del 2019, se han perdido aproximadamente 16 mil hectáreas de cobertura vegetal por incendios. Anualmente en Ecuador se deforestan alrededor de 60 mil hectáreas; de hecho, desde la década de los noventas la superficie de bosque nativo ha disminuido de 14.5 millones de hectáreas a 12,5

Lo que se está perdiendo en biodiversidad están ganando las empresas extractivas en términos financieros, por ejemplo la agroindustria. Aprovechando las tierras “despejadas”, siembran monocultivos como la soja, la palma africana o la coca o dejan pastorear vacas para la producción lechera o de carne. Pero no es que estas ganancias después sean distribuidas a los pueblos desplazados, sino que se las llevan los mismos productores y empresarios, muchos de origen asiático, norteamericano o europeo. Lo mismo pasa con la industria minera, petrolera y maderera, cuyos financistas no solamente extraen la materia prima y la venden afuera sino que,  en coordinación con los respectivos Estados, financian la construcción de la infraestructura necesaria -carreteras, puentes, hidroeléctricas, puertos y aeropuertos- para su exportación.

Todo esta cadena industrial implica más deforestación y más riesgo de un posible brote de enfermedades zoonóticas como el Covid-19. Epidemiólogos y virólogos del Instituto Evandro Chagas en Brasil descubrieron ya en el siglo pasado casi 100 virus viviendo en la flora y fauna de la selva brasileña y que muy probablemente se encuentran también en el resto de la Amazonia. En general no afectan al humano, porque conviven con los organismos de la selva, reproduciendo y muriendo en el bosque. “El tema es que, cuando a estos ecosistemas equilibrados entran los humanos y empiezan a talar árboles”, dice Sandra Enríquez, “ahí interfieren en el hábitat de estos patógenos que por su naturaleza buscan otros lugares para poder sobrevivir”.

La entomóloga trabaja en el Instituto de Investigación en Zoonosis de la Universidad Central del Ecuador en Quito y documenta la problemática con la Leishmaniasis, una enfermedad zoonótica que no es letal, pero sí tiene incidencia en Ecuador. El vector responsable de la transmisión del parásito Leishmania es un pequeño mosquito conocido como la “manta blanca”, que tiene sus criaderos en cuevas de animales silvestres y en las raíces de árboles y palmas.

En el bosque, tanto machos como hembras se alimentan de la savia de algunas plantas y de frutas maduras. Cuando las hembras van a poner sus huevos, necesitan alimentarse de la sangre de vertebrados para obtener la proteína que permitirá la viabilidad de la nueva progenie. Entonces, salen de sus nidos en búsqueda de algún perezoso, raposa, puercoespín o un roedor, lo pican y se alimentan de su sangre. Estos animales silvestres actúan como reservorios silvestres del parásito Leishmania y permiten que este patógeno desarrolle su ciclo biológico entre ellos y las mantas blancas. “Es un ciclo natural dentro del bosque, y como dichos animales conviven con la Leishmania, no les afecta y no desarrollan la enfermedad”, explica Sandra Enríquez.

 

Debido a la alta destrucción de ecosistemas donde habitan estos virus, al tráfico con animales y plantas silvestres puede haber un brote de cualquier enfermedad zoonótica en cualquier momento”.
Juan Carlos Navarro, biólogo y epidemiólogo

 

El problema nace a partir de la actividad humana, en el caso de la Leishmaniasis, sobre todo por la expansión de la frontera agrícola. La cuestión es simple: para que la manta blanca pueda seguir reproduciéndose, necesita sangre. Pero si no la consigue de los animales silvestres que por la deforestación han escapado del bosque adentro, la busca en animales domésticos como perros, caballos y ratas. “Como no viven en el bosque, estos animales no han desarrollado defensas y podrían presentar síntomas de la Leishmaniasis”, dice Sandra Enríquez.

Lo mismo pasa con los humanos, que son otra fuente de sangre para las mantas blancas. Cuando una hembra infectada con el parásito pica a una persona, inocula el patógeno en la sangre y en el lugar de la picadura, que puede ser la piel o las mucosas (boca, nariz u orejas), se forma una lesión que es difícil de curar. En Ecuador se registran anualmente unos 1.500 casos y más del 50 % de ellos se presentan en las provincias de Pichincha, Esmeraldas y Santo Domingo. Pero, según Enríquez, hay mucho subregistro pues las personas que viven en zonas de riesgo no acceden fácilmente a los pueblos y las ciudades y prefieren curarse solas.

Mosquitos: los principales vectores de enfermedades zoonóticas  

El Ministerio de Salud detectó la Leishmaniasis como tercera enfermedad más frecuente transmitida por vectores, después del Dengue y la Malaria. Esta última sufrió un rebrote el año pasado con 2.081 casos concentrados a lo largo de la Costa ecuatoriana. Y las infecciones con Dengue, después de haberse reducido durante los años anteriores, también están en aumento.

Los vectores principales de estas dos enfermedades son los mosquitos. Ellos se han acostumbrado a su nuevo hábitat, que en la Costa -y en particular en las provincias Los Ríos, Guayas, Manabí y Santo Domingo- consiste en plantaciones forestales como palma africana, eucalipto y cedro. Se estima que hoy en día estas plantaciones ocupan en esta zona unas 164.000 hectáreas de tierra, casi cinco veces la superficie de la ciudad de Quito. En otras palabras, se ha destruido un ecosistema equilibrado para poner monocultivos con fines comerciales. Las consecuencias son animales silvestres que han muerto o migrado y mosquitos que requieren nuevas fuentes de sangre y que siguen transmitiendo virus o parásitos con origen en los bosques nativos. La evolución de estos insectos, que hoy en día viven en recipientes artificiales donde se acumula el agua, incluso ha permitido que los huevos puedan soportar varios meses en sequía y pasar toda su vida al interior de casas de los humanos.

La destrucción del hábitat de los virus, bacterias, parásitos u hongos juega un papel importante para que surjan enfermedades como el Covid-19. Otro punto que destaca la WWF España y el doctor Juan Carlos Navarro, biólogo y epidemiólogo, es el mercado de animales silvestres -como el de la ciudad China Wuhan- y sobre todo el tráfico de fauna silvestre. “La gente romantiza este negocio“, dice Navarro que trabaja en la Universidad Internacional SEK y en conjunto con Sandra Enríquez de la Universidad Central. “Muchos de estos animales son portadores justamente de virus que pueden causar enfermedades zoonóticas y ser transmitidos fácilmente a través de una mordedura, secreciones, saliva  o excrementos”. Él ve el peligro no solamente para los compradores del exterior que después consumen estos animales, los usan para fines medicinales o simplemente los tienen como mascotas. “También los mismos traficantes están expuestos a posibles contagios y a convertirse en portadores”. 

La gran parte del tráfico con animales silvestres en Ecuador -principalmente aves, mamíferos y reptiles- es para consumo de carne, tanto a nivel local como internacional. Julia Campoverde, bióloga y coordinadora del programa de lucha contra el tráfico de fauna silvestre de Wildlife Conservation Society Ecuador (WCS), advirtió recientemente en un seminario en línea, sobre la venta de esta carne. A pesar de que esté fresca y ahumada, “las condiciones de preservación y transporte son muy precarias, dejando una puerta abierta a la zoonosis y volviéndola una bomba de tiempo para las personas”.

 Animales silvestres, traficados por el crimen organizado  

El argumento para sostener este negocio, que no solamente es peligroso para los humanos sino para el equilibrio de los ecosistemas, es el mismo que la deforestación: el negocio. Expertos dicen que el tráfico con fauna silvestre se considera a nivel mundial el negocio más grande después del tráfico de drogas, armas y humanos. De hecho, para la distribución muchas veces se usa las mismas redes del crimen organizado. Se estima que en la región se genera anualmente más de 10.000 millones de dólares con el tráfico de fauna silvestre. 

Uno de los negocios ilícito más grandes después del tráfico de drogas, armas y humanos está el tráfico con fauna silvestre como con el Guacamayo Verde. – Foto: animalesextincion.es

Por eso, para el epidemiólogo Juan Carlos Navarro es indispensable que haya una fuerte regulación del tráfico con animales y plantas silvestres y de la deforestación en el país. “Si no, corremos el riesgo de que también desde Ecuador puedan surgir enfermedades que después se conviertan en un brote a nivel local o incluso una epidemia a nivel regional”. Menciona el brote del zika virus en 2014/2015 que casi se convirtió en una pandemia y advierte: “Debido a la alta destrucción de ecosistemas donde habitan estos virus y al tráfico con animales y plantas silvestres puede haber un brote de cualquier enfermedad zoonótica en cualquier momento. Es impredecible, pero probable”. 

 

Texto: María José Sarzoza y Romano Paganini                                    Colaboración: Vicky Novillo Rameix                                                                Infografía: Victoria Jaramillo                                                                                    Revisión: Dra. Sandra Enríquez (bióloga en entomología aplicada) y Juan Carlos Navarro (Dr. en Entomología y Epidemiología Molecular)

+ + + Trabajo colaborativo entre La Línea de Fuego, Acapana, Radio Periférik y mutantia.ch + + +