Luis Sepúlveda: el hombre que supo conservar la alegría. Por Hugo Palacios García (el búho)

El escritor chileno Luis Sepúlveda falleció el pasado 16 de abril tras batallar un mes y medio contra el coronavirus.

¿Quién era Luis Sepúlveda? ¿Un hombre de mil libros y un millón de lecturas? ¿O quizás un poeta que alentaba con sus palabras a que muchos se quiten el ropaje de sus miedos y emprendan el vuelo que los hará libres? ¿Era un gato gordo y negro o una gaviota agonizante o un cascarón de esperanza? Tuvo que ser escritor, periodista y cineasta para hacer una radiografía fiable del mundo. Se descubrió marxista y agnóstico con el fin de ser más creyente en sus ideas y convencerse que dios es inaccesible, aunque esté en la boca de todos, aleluya, amén.

¿Quién le puso Luis? ¿Y de dónde viene Sepúlveda? Parece un apellido ligado a la erupción de un volcán en su juventud y a las letras sencillas pero profundas en su madurez. ¿Quién le contaba historias, quién le leía libros? Dicen que fue su abuela, dicen que le llenó la cabeza de palabras para que algún día explotará en sus manos. Dicen, también, que soñaba con la revolución, con un mundo más justo para todos. Y que se llenó de ideas, de teatro, argumentos, y el pueblo unido jamás será vencido. Perdió dice la historia, pero son precisamente las historias de perdedores las que le gustaba contar; las cuentas y figuras perfectas de los vencedores nunca le interesaron.

A pesar de su valía como intelectual y escritor renombrado, la gente común debió ser su punto de partida de todas las cosas. Porque nació proletario y entendía mejor que nadie la realidad; porque, aunque sea dura, tiene magia. Y Luis Sepúlveda fue el canillita de la calle, la lavandera del barrio, el futbolista suplente, la puta de la esquina: todos los hombres y todas las mujeres que se desatan el nudo de la muerte de lunes a lunes para respirar vida, la poca que les dejan.

¿Qué soñaba Luis? Quizá que cuando se convierta en polvo pueda visitar, por fin, al viejo Antonio José Bolívar Proaño y regalarle todas las novelas de amor que su curiosidad necesite. Querrá que lo acompañe a lo profundo de la selva amazónica en el Ecuador y compartir con los amigos shuar esa vida de armonía con la naturaleza y sentir que los árboles, las piedras, los ríos y los animales son uno, son él. ¿O volvía una y mil veces a esos recuerdos de niño futbolista del Club Magallanes y al nocaut que le propinó Gloria, la chica de sus sueños que lo encandiló y que le dijo que no le gustaba el fútbol, que prefería la poesía? Esa fue la patada definitiva para volcarlo al mundo de los libros, al compromiso con su gente.

¿O preferirá volver a Latinoamérica, a Santiago? ¿Recorrer sus calles, remover sus gritos, saludar sus muertos?  Seguro que querrá tomarse un vino frente a la tumba de Salvador Allende y reventar la botella vacía en la de Pinochet y lanzar una palabrota que le rebote en la cara a Piñeira, que es como decir Augusto, pero sin medallitas en el pecho: trozos de basura que merecen ser olvidados.  Seguro que caminaría con la gente de a pie -de los hoy almuerzo, mañana no sé- acompañando las revueltas del hartazgo de Chile, Ecuador, Colombia…

¿Será que charló noches enteras con la muerte? ¿Será que juntos fijaron fecha y hora para bailarse una cueca antes de convertirse en viento? Luis dijo que es insoportable ser inmortal, pero no se percató que sus letras lo serían.

*Actor de teatro, narrador oral, periodista free lance, docente universitario e hincha del Aucas; es decir, tiene una eterna vocación para el fracaso. El artículo fue publicado en la revista Firenze Cittá Aperta