Shock mundial. Por Francisco Escandón Guevara

Foto referencial de Engin Akyurt/Pixabay

La propagación del coronavirus avanza, a la fecha son ciento ochenta y cuatro países, de los ciento noventa y cuatro existentes, los que reportan contagiados. Paralelamente a la emergencia sanitaria, se multiplica el desempleo y la economía está infartada.

De tales proporciones es el shock que las previsiones relativas calculan la pérdida de $9 billones en el planeta, pues cada mes de cuarentena se reduce en 2% el Producto Interno Bruto mundial, es decir, si la riqueza se repartiera a todos por igual, cada ser humano, incluso quienes nacerán en este año, perdería $ 1160.

Es evidente la tendencia recesiva de la economía, ésta crisis es más grave que la ocurrida en el 2008, año en que grandes bancos colapsaron y los Estados asumieron esas quiebras. Incluso hay expertos que comparan a la actual crisis con la peor del capitalismo sucedida en 1929, llamada la Gran Depresión.

Pero el covid-19 es sólo el detonante de la enfermedad, antes el sistema ya tenía peligrosos trastornos como la desigualdad social, la abultada deuda externa de los países y las bajas tasas de crecimiento, especialmente en los países de la Unión Europea, que empujaban al mundo a la crisis.

Esta tendencia recesiva conlleva varias afecciones en cada país, pero el tamaño de los efectos guarda proporción a las respuestas adoptadas por los gobiernos. Probablemente los aprietos serán mayores en México, Brasil y los Estados Unidos, naciones en las que sus presidentes minimizaron al virus y ahora son epicentros de la pandemia; otro cantar son los países del Asia Oriental (China, Singapur, Taiwán, Japón, Corea) cuyas políticas públicas fueron más eficaces para atenuar el covid-19.

Los hechos clasifican al Ecuador en el primer grupo de países. Más allá de la propaganda gubernamental, las medidas para combatir a la pandemia son insuficientes y los planteamientos para enfrentar la crisis afectan los intereses del pueblo y siguen conservando los beneficios de las élites.

Prueba de ello es la continuidad en el pago de la deuda externa y la inacción frente a la fuga capitales, aún a riesgo de que la dolarización fracase. Los ricos festejan, mientras los trabajadores son despedidos y los salarios se reducen. El pueblo sufre hambre, le amenazan con encarecer los combustibles y con incrementar los impuestos.

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