“Agus”, el hombre que aprendió las vocales en una calculadora

Por Hugo, el búho

Cuenta la leyenda, así empezó mi abuelito a contarme la historia de Agustín, o “Agus”, como lo llaman sus allegados; o “Gus” como lo nombran sus vecinos; o “Tín” como lo denominan sus amigos banqueros, es un hombre pragmático, al que de pequeño le regalaron un chanchito de acero para que aprenda el valor de ahorrar. Cuando ya estaba lleno, sus padres le soldaban la ranura de las monedas y tiraban el chanchito a la piscina. “Agus” tenía que lanzarse y sacar la alcancía del fondo. En una de esas zambullidas se demoró más de la cuenta, y desde ahí tiene alojada una burbuja en el cerebro que se expande cada que le nombran la palabra: “dinero”.

“Agus” fue sometido a muchas presiones. Para que sea un niño eficiente le enseñaron las vocales en la calculadora: cuando sumaba dos más dos era u; tres por cinco, a-i; diez menos seis daba o. Las consonantes las aprendió en los billetes de mayor denominación. Desde pequeño aprendió a amar gobiernos que adoran lo privado. Tenía un retrato inmenso de León Febres Cordero en su alcoba, pintado en el tumbado; así, antes de dormirse, le dedicaba dos aleluyas a su ídolo. Eso nada le Cuesta.

Cuando ya era adolescente sufrió el desprecio de sus compañeros, pues, mientras ellos jugaban al fútbol en el recreo, él se escondía en el baño donde recitaba las tablas de multiplicar. Sus compañeros cuentan que era adicto a ciertas prácticas bizarras tales como: besar alacranes, limpiarse la nariz con billetes de 20 y patear a los PROFESORES en la canilla.

Ya en la Universidad soñaba con parecerse al muñeco Kent, en lo cual invirtió una fortuna. Se compró seiscientos libros de autoayuda y 30 de finanzas liberales. Odiaba –nadie sabe por qué- a la Universidad Pública, a la que le dedicó un ensayo denominado: “los pobres y sus malas costumbres de estudiar con ayuda del Estado”. Inició una campaña para quemar libros de filosofía y de literatura, porque, según él, no motivaban al crecimiento económico. 

Una vez que se graduó de abogado, “Agus”, se fue a vivir a México. Al poco tiempo se hizo nombrar Rector de una Universidad privada, mientras apoyaba al gobierno de ese país en la fórmula mágica para privatizar los bancos nacionales. Desde ese momento pretendió asesorar a toda organización para que se privatice sin pensarlo dos veces. Quiso convencer al Subcomandante Marcos para privatizar a las comunidades zapatistas; lo mismo pretendió hacer con la UNAM. Decía que los pobres son pobres porque les da la gana, y que si quieren ser ricos debían visualizarse con plata, dueños de una empresa y con muchos vehículos de lujo. 

Uno de sus amigos más cercanos, -que luego lo abandonó, al enterarse que “Agus” le robaba sus medias para dormir oliendo las mismas- comentó que “Agus” asistía a sesiones espiritistas en donde quería convencer a los asistentes que no busquen almas del más allá, sino que más bien las privaticen.

Finalmente, “Agus”, fue contratado por el gobierno ecuatoriano de Moreno para dirigir la Senescyt. Su misión es hacer entender a la comunidad universitaria que la academia debe renovarse o morir. Que ya no es tan importante la Universidad Pública, y que los docentes deben enseñar a sus alumnos a producir riqueza. En ese sentido, trabaja de sol a sol para que los docentes se retiren de la academia, y los que sobran, se sumen a producir más y más y más horas de clase, para que, de esta manera, despechen a los estudiantes, y éstos también, sueñen en armarse un negocio, y así convertirse en emprendedores. 

“Por las noches, -cuentan sus vecinos-, habla dormido en voz alta, y conjuga el verbo chantajear en todos los tiempos”.