¿Existe el “capitalismo humanizado”?

 

Por Juan Cuvi

Foto Patricia Noriega

No se entiende si por candidez o por cinismo, hay apologistas del sistema que están abogando por un capitalismo humanizado, más solidario y menos egoísta que nos prevenga contra futuras catástrofes. Al parecer, el coronavirus también tiene la virtud de develar la realidad a los fanáticos del mercado.

Pero ni la candidez ni el cinismo son aceptables entre quienes asumen responsabilidades que tienen repercusión sobre miles de millones de vidas humanas. Un economista inocente es más peligroso que un borracho con nitroglicerina. Y el mundo no está para frivolidades. Las evidencias que ha destapado la pandemia son tan desgarradoras que no admiten respuestas superficiales.

Que hoy muchos se percaten de las irracionalidades que operan en el núcleo del capitalismo no es novedoso. Lo sorprendente es que quieran corregirlas desde la buena voluntad, como si un árbol de mangos pudiera dar chirimoyas a punta de súplicas. En el medio milenio que el capitalismo reina en el mundo ha dado muestras suficientes de su ADN: crecer, acumular y concentrar. Sin estos códigos genéticos el capitalismo desaparecería.

 Pero como una gran mayoría de fervorosos creyentes no tiene el más mínimo interés en tocar ciertos dogmas de fe, quieren arrastrarnos a un debate tramposo: por un lado, quienes presionan por regresar a una normalidad que seguramente será más devastadora que en el pasado; por otro lado, quienes promueven la edulcoración del sistema. Con esta dicotomía se busca excluir a quienes seriamente plantean salir del capitalismo antes de que nos expulse a todos por consunción.

En este juego de argumentaciones, las lógicas de la nueva normalidad ya están asomando el hocico. Como siempre ha ocurrido en la historia moderna, serán los poderosos los que impongan las condiciones y las agendas para la reactivación económica y productiva. Los efectos secundarios serán descargados sobre los estamentos inferiores; es decir, los países ricos sobre los países pobres, los empresarios sobre los trabajadores, los profesionales sobre los estudiantes, los varones sobre las mujeres, los empleados sobre los desempleados, los sectores urbanos sobre los campesinos… Así, en una cadena interminable de desigualdades.

En esta secuencia de endosos, a un país pequeño como el nuestro le tocará la peor parte, por la sencilla razón de que en sociedades informales como la nuestra las irracionalidades del capitalismo se multiplican exponencialmente. Basta ver la forma en que muchos avivatos se aprovechan de la tragedia ajena para enriquecerse. A sus acciones les calzan a la perfección varios adjetivos: inmorales, despiadadas, criminales. Ahí está el robo de dinero público en las compras hospitalarias, la negativa de los grandes empresarios a ceder un ápice en sus enormes beneficios o el incremento arbitrario del precio de productos indispensables para salvar vidas. A esta situación toca añadir una cultura democrática pulverizada: la insufrible mediocridad de nuestra clase política a la hora de afrontar un momento dramático de nuestra historia, o el abuso de poder de familias adineradas que, en medio de la pandemia, hacen del irrespeto a la ley un mérito.

Ese es el capitalismo posible para el Ecuador y para decenas de países con similares características. Bienvenidos a la realidad, ingenuos apologistas del sistema.

“A un país pequeño como el nuestro le tocará la peor parte, por la sencilla razón de que en sociedades informales como la nuestra las irracionalidades del capitalismo se multiplican exponencialmente”.