Muerte y robo mientras el pueblo lucha por la vida

Por Francisco Escandón Guevara

Curiosamente el Ecuador es el único país donde los casos de coronavirus se reducen, de la noche a la mañana, por decisión gubernamental. La incertidumbre ante la corrección reiterada de los datos reportados provoca repulsión ante un régimen que perdió toda credibilidad. 

La impopularidad del gobierno carcome a sus principales funcionarios, incluidos aquellos oportunistas que pretenden hacer de la pandemia un trampolín mediático en las nuevas elecciones.

La gestión de la crisis no sólo es inepta, sino que está contaminada de corrupción. Al contrato por la compra de mascarillas al triple de su precio, se suman las fundas para embalar cadáveres (más costosas que los ataúdes), el sobreavalúo de insumos médicos y, por si fuera poco, apareció un nuevo contrato con el cual se compraron kits de alimentos al doble de su valor real. 

El gobierno de Lenín Moreno sigue reciclando a miles de parásitos que antes fueron correístas, profesos neoliberales, conservadores y hasta populistas. Allí se camuflan aquellas sanguijuelas que se prostituyen ante cualquier gobierno por altos cargos burocráticos, pero también pasan de agache los delincuentes que amasaron fortunas con coimas, diezmos y sobreprecios. 

Nada queda del edulcorado discurso presidencial de la cirugía mayor, la administración de Moreno repite las prácticas dolosas de su antecesor. Uno y otro son engendros de las oligarquías corruptas y se parecen en su indolencia en tiempo de catástrofes. Así, luego del terremoto de abril del 2016, el ex Presidente Rafael Correa incrementó los impuestos y confiscó una parte de la masa salarial de los trabajadores, mientras asaltaban la plata destinada a la reconstrucción. Ahora durante la emergencia sanitaria la receta se repite, el pueblo financiará la crisis y los delincuentes de cuello blanco seguirán robando.

Los sobreprecios, a los que Rafael llama “reajuste”, continúan, jamás se detuvieron desde la independencia del yugo colonial. Ese es el cártel burgués propietario del Estado que no recuperará un centavo de lo que malversaron sus pares.

Esas élites son repugnantes, sus intereses están por sobre la vida de la gente y aspiran a naturalizar este delito a través de la torpe expresión: “al menos hizo obras”.

Ellos apestan a muerte y robo, mientras el pueblo lucha por la vida.

“La gestión de la crisis no sólo es inepta, sino que está contaminada de corrupción”.