El virus de la muerte se sienta a jugar ajedrez con el búho de Minerva

Por Samuel Guerra Bravo*

El subtítulo de este artículo evoca a “El séptimo sello”, la famosa película de Ingmar Bergman en la que un caballero atormentado que vuelve a su castillo tras diez años de luchas inútiles en las Cruzadas, reta a la muerte a una partida de ajedrez en busca de respuestas a preguntas clave de la vida.

Actualmente vivimos un ajedrez de circunstancias mortales frente a las cuales la filosofía se ve abocada a probar su poder o su debilidad, su actualidad o caducidad. El drama es que debe hacerlo ante la amenaza inmisericorde de la muerte representada por un “enemigo invisible”: el coronavirus.

¿Puede la filosofía decir su palabra coetáneamente a los hechos de la pandemia o debe callar y esperar a que ésta sea superada o solucionada por las ciencias para reflexionar sobre lo ya acaecido? Esta es la cuestión a debatir.

Hegel, la manzana de la discordia

El tema remite a Hegel, por un lado, y a los filósofos contemporáneos que han emitido sus reflexiones sobre la pandemia de coronavirus, por otro lado. Hegel escribió un memorable párrafo que se convirtió en un canon para la filosofía de los dos últimos siglos, en el Prefacio a los Principios de la filosofía del derecho[1], y que dice:

«Por lo demás, para decir aún una palabra sobre su pretensión de enseñar cómo debe ser el mundo, la filosofía llega siempre demasiado tarde. Como pensamiento del mundo sólo aparece en el tiempo después de que la realidad ha cumplido su proceso de formación y se ha terminado. Lo que enseña el concepto lo muestra necesariamente igual la historia, de modo que sólo en la madurez de la realidad aparece lo ideal frente a lo real y se hace cargo de este mundo mismo en su sustancia, erigido en la figura de un reino intelectual. Cuando la filosofía pinta su gris sobre gris, entonces ha envejecido una figura de la vida y, con gris sobre gris, no se deja rejuvenecer, sino sólo conocer; el búho de Minerva sólo levanta su vuelo al romper el crepúsculo»[2]

Este párrafo va a ser, por ahora, el motivo de la discordia. Todos hemos visto en las redes sociales cómo diversos filósofos han expresado sus ideas en escritos (artículos, ensayos, narrativas) que resultan coetáneos con el desarrollo de la pandemia. Y esta contemporaneidad de la filosofía con la emergencia mundial de la covid-19 ha dado qué pensar a unos y ha molestado a otros, sobre todo a aquellos que compaginan con la idea de que la filosofía emprende su vuelo, como la Lechuza de Minerva, al caer la tarde. Sin embargo y ante la multiplicidad de reflexiones que los filósofos han emitido en estos mismos días, no se puede cerrar los ojos.  Es posible entonces que esta profusión de narrativas nos esté diciendo algo que nos negamos a escuchar: que la metáfora de la Lechuza de Minerva puede ser no-adecuada para juzgar, ya no a la pandemia, sino a la filosofía misma. Y en auxilio de esta hipótesis podríamos mencionar otro texto, memorable también, escrito por el mismo Hegel en el mismo Prefacio a los Principios de la filosofía del derecho:

La tarea de la filosofía es concebir lo que es, pues lo que es es la razón. En lo que respecta al                   individuo, cada uno es, por otra parte, hijo de su tiempo; del mismo modo, la filosofía es su tiempo aprehendido en pensamientos. Es igualmente insensato creer que una filosofía puede ir más allá de su tiempo presente como que un individuo puede saltar por encima de su tiempo, más allá de Rodas. Pero si su teoría va en realidad más allá y se construye un mundo tal como debe ser, éste existirá por cierto, pero solo en su opinar, elemento dúctil en el que se puede plasmar cualquier cosa.[3]

 Si contrastamos estos párrafos, podemos ver que la metáfora del Buho de Minerva concibe a la filosofía como “pensamiento del mundo”, es decir como idea/razón/ conciencia/espíritu que ya no piensa el mundo “externo” sino que se piensa a sí mismo: concepto puro que obviamente aparece en el tiempo “después que la realidad ha consumado su proceso de formación y se halla ya lista y terminada”. Podríamos incluso reforzar este argumento si mencionamos que, para Hegel, “el “largo tiempo” o “larga duración” que se ha requerido para que la filosofía llegue a ser espíritu/razón que se piensa a sí mismo/a se refiere a que la filosofía, el espíritu de un pueblo y la cultura en un determinado tiempo, son el resultado del trabajo de todos los siglos pasados, desde las etapas y culturas primitivas hasta la etapa moderna que vivió Hegel (y la modernidad que vivimos, diríamos nosotros ahora)[4]. En esta sucesión de etapas de los pueblos históricos (porque había otros pueblos “sin historia”, según Hegel), la filosofía aparecía como innovadora y pujante cuando los pueblos entraban en decadencia. ¿Por qué? Porque el espíritu, desilusionado del mundo terrestre que se había vuelto confuso, caótico y corrupto, se refugiaba en el mundo del pensamiento.  Entonces, lo ideal aparecía sobre lo real y la filosofía no era otra cosa que el espíritu pensante que se piensa a sí mismo. En estos casos, la filosofía requirió de la maduración de la historia y el espíritu de aquellos pueblos y era lógico equiparar la filosofía con el Buho de Minerva que levanta su vuelo al anochecer.

 Surge entonces la pregunta de la discordia: ¿es este idealismo absoluto el que preconizan los defensores de “la filosofía como búho/lechuza/mochuelo de Minerva”? Si lo hacen en el sentido de Hegel, está bien, es una opción. Pero me temo que lo que quieren defender en realidad es solamente la idea de que la filosofía, por ser re-flexión, requiere meditación lenta, sistemática, paciente, rigurosa, que debe aparecer cuando el vértigo de los hechos empíricos haya pasado y cuando las ciencias físicas y médicas hayan emitido su veredicto sobre la pandemia.

 Pero Hegel mismo les sale al contraataque: según él, la filosofía tiene como tarea el “concebir lo que es” y eso convierte al filósofo, en tanto individuo, en hijo de su tiempo. Bajo esta consideración, la filosofía es “su tiempo aprehendido en pensamientos”, y es “insensato” creer que “una filosofía puede ir más allá de su tiempo presente como que un individuo puede saltar por encima de su tiempo, más allá de Rodas”. Y, dice Hegel, esta filosofía que piensa el tiempo presente es simultánea (el término y la cursiva son de Hegel) con la configuración del pueblo en el que se presenta y con todo lo que constituye la configuración de ese pueblo: gobierno, moralidad, vida social, aptitudes, costumbres, arte, ciencia, religión, relaciones bélicas y externas (y pandemias, añadiríamos). Pero sobre todo es simultánea con “la decadencia de los Estados… y con el origen y crecimiento de algo más nuevo en que un principio más elevado encuentra su generación y desarrollo” [5].

Más claro no canta un gallo. Sin embargo, uno de los temas más discutidos en estas semanas se ha centrado en saber si la filosofía puede decir algo simultáneamente a la evolución de la pandemia y su circunstancia o si debe esperar a que ésta concluya su ciclo para entonces, y solo entonces, pensarla y hacer juicios sobre ella[6].

Covid19 frente al Buho de Minerva

El asunto comenzó con una temprana crítica a la publicación del libro La sopa de Wuhan,[1] que recoge artículos sobre la pandemia provenientes de las plumas de filósofos como Giorgio Agamben, Jean-Luc Nancy, Slavok Zizek, Byung-Chul Han, Judith Butler, Alan Badiou, María Galindo, Paul B. Preciado y Otros[2]. La crítica, contenida en un Comunicado firmado por Colectivos pro-chinos radicados en España, se dirige sobre todo la portada y al título del libro que sugieren que el coronavirus tuvo su origen en Wuhan (China). El Colectivo entiende que tal portada y tal título, al señalar a China como el lugar de origen de la pandemia, demuestra odio, racismo y xenofobia, pues se le estaría culpando de haber originado la pandemia mundial: algo que no ha sido probado. “Si hay algo que al capitalismo colonial occidental le gusta hacer –dice el Comunicado–  es situar la problemática en una alteridad que lo aleje de cualquier responsabilidad”. Lo perverso de la portada radicaría, pues, en maquillarlo todo “de diseño y creatividad”.

 Pero no es esto lo que propiamente interesa. El interés de este artículo se centra en el contenido del libro visto como una totalidad, es decir como un conjunto “analítico, reflexivo y crítico con los tiempos de pandemia”. Y aquí empieza la discusión: estos artículos/ensayos/narrativas han sido escritos y emitidos, no cuando la pandemia ha sido controlada o resuelta por las ciencias físicas y médicas, sino cuando está en incontrolable expansión por el mundo. Hay, por tanto, una simultaneidad de la filosofía con la pandemia. La polémica surge porque hay quienes piensan que esta simultaneidad es impropia de la filosofía, que a ésta “le viene mal la prisa”[3], y que esta premura de la filosofía “no conduce a la montaña, sino al barranco”[4].

 

Más leña al fuego

La publicación de múltiples artículos/ensayos por parte de filósofos mundialmente reconocidos en los mismos días en los que la pandemia ataca sin misericordia, pone sobre el tapete algo que merece ser pensado: que la filosofía, en este tiempo, no es ni la lechuza de Minerva ni la mensajera del alba. Esos filósofos nos están diciendo, en realidad, que la filosofía en tanto su tiempo aprehendido en pensamientos poco o nada tiene que ver ni con el “crepúsculo” (para lo cual se requeriría “callar y pensar”, “detener la pluma”, “abrir la ventana”), ni con el “alba” (que supondría profecía, predicción, vaticinio, con el correspondiente  apresuramiento). Ni siquiera cabe una posición intermedia dispuesta a “hacer el esfuerzo de arrojar pensamientos inconclusos y balbuceantes, pues la filosofía tiene la responsabilidad de aportar sentidos y conceptos, de nombrar las cosas, de indicar caminos»[5].

 La filosofía para ser tal debe concebir (poner en conceptos) lo que es. Lo que es es la razón, según el idealista Hegel, pero no para Marx –por ejemplo– para quien lo que es es la realidad material. Y es esta realidad material (el covid19 como virus de la muerte y las circunstancias materiales de su aparición) la que determina/condiciona al pensamiento. Por cierto que la filosofía ha sido, es y será un asunto de la razón que piensa, abstrae y conceptualiza, pero no de la razón que se piensa a sí misma (Hegel), sino de la razón como capacidad de pensamiento determinada/condicionada por la realidad material. Cuando la filosofía se atiene a estas determinaciones, no puede ir más allá de su tiempo porque “es solamente la conciencia de lo sustancial de su tiempo, o el saber pensante de lo que existe en el tiempo” [6].

 Pues bien, si la filosofía sólo puede pensar el tiempo presente y el presente del mundo es la pandemia de coronavirus que nos acosa y sobrecoge, pretender que deba emprender su vuelo al caer la noche (futuro incierto) es pretender “ir más allá de su tiempo presente”, lo cual es “insensato” (es decir, no ajustado a las determinaciones de la razón que piensa el tiempo presente). Estas determinaciones de la filosofía afectan también al filósofo como individuo y nos ha advertido Hegel: “ningún individuo puede saltar por encima de su tiempo…; el individuo es hijo de su época; lo esencial de la época es su propia esencia… Nadie puede salir de lo esencial de su época, como nadie puede salir de su propia piel”[7]. Por consiguiente, ni la filosofía ni el filósofo pueden, en una consideración esencial, saltar su tiempo presente y ubicarse cómodamente en el “atardecer” (refugio de los idealistas, donde lo ideal prima sobre lo real).

Solo bajo un aspecto, la filosofía puede estar por sobre su tiempo  

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Solo bajo un aspecto, la filosofía puede estar por sobre su tiempo, dice Hegel: en tanto Razón que se identifica en último término con el espíritu mismo en el más elevado florecimiento de sí mismo. Solo en este aspecto formal (que, por cierto, para Hegel es lo real), la filosofía “está por encima, porque es el espíritu que se conoce como contenido”, porque “es verdaderamente la realidad del espíritu”.

Se manifiesta así “lo ideal frente a lo real y se hace cargo de este mundo en su sustancia”. Éste mundo real, lleno de desorden y desdicha, de engaño y corrupción, ya no satisface, se rompe, declina, cae; entonces aparece la filosofía como reconciliación de esta decadencia, pero “esta reconciliación ocurre en el mundo ideal –insiste Hegel–, en el mundo del espíritu, en que el hombre se refugia, cuando el mundo terreno ya no le satisface[8]. Esta filosofía como reconciliación es lo que Hegel simboliza con el Buho de Minerva que emprende su vuelo al romper la noche: “Si la filosofía se presenta y -pintando gris sobre gris- despliega sus abstracciones, entonces ya pasó el fresco color de la juventud, de la vida. Luego es una reconciliación lo que ella produce, pero solamente en el mundo del pensamiento, no en el terrestre”[9]. Es lógico que la filosofía como Buho de Minerva piense lo que ya pasó, lo ya acaecido, lo que no se puede “rejuvenecer” sino solo “conocer”.

 Quienes defienden esta visión vesperal de la filosofía nos están diciendo en realidad que en el contexto actual aún no es tiempo para la filosofía, que el mundo en el que vivimos todavía no ha entrado en decadencia, que hay que esperar, ser cautelosos, pacientes, prudentes, serenos, humildes y dejar que  las ciencias empíricas hagan y digan lo que les corresponde. Mientras tanto la filosofía debe callar, aunque sea por un tiempo, detener la pluma, abrir la ventana[10], esperar pacientemente al atardecer, cuando las ciencias físicas hayan dicho  todo sobre la pandemia. Y entonces filosofar.

Más allá de Hegel

Hay (habemos) quienes piensan/pensamos que el espíritu de la época que vivimos –esta Modernidad capitalista, colonial, patriarcal, individualista– viene dando desde décadas atrás muestras de decadencia y que es ahora el tiempo de la filosofía, no después. Múltiples manifestaciones ponen de relieve esta decadencia: el conocimiento como poder de dominación/marginación; el predominio absoluto del Yo; la razón instrumental; el capitalismo, el neoliberalismo y el individualismo salvajes; la explotación irracional de la naturaleza, el calentamiento global y el deshielo de los polos; la migración de millones de personas que huyen de la pobreza y el abandono; la concentración de la riqueza en pocas manos; la primacía del mercado sobre los seres humanos y la explotación criminal de los obreros; la pérdida de valor del trabajo, de la solidaridad, de lo comunitario; el racismo; la xenofobia; las pandemias del siglo XX y, sobre todo, la pandemia de coronavirus que ahora mismo nos sumerge en el pavor y la muerte, en el confinamiento y la soledad…

 ¿Qué esperan los que defienden la tesis de la filosofía como mochuelo de Minerva cuando sostienen que es necesaria una reflexión pausada, que hay que esperar que la pandemia se haya consumado para que la filosofía pueda pensar sobre lo ya acaecido, que a la filosofía “le es imperioso el carácter de lentitud, de rumiar conceptos y argumentos, de una lectura atenta, detallada y parsimoniosa de la realidad”[11]? Pausa, lentitud, parsimonia, mesura, prudencia, paciencia; callar, rumiar, esperar: este es el lenguaje de quienes aún esperan el crepúsculo para pensar.

Mientras tanto, lo esencial de nuestro tiempo que es la vida amenazada por los desarrollos/patologías de la misma modernidad y de la pandemia actual, se les escapa como agua entre los dedos. Mientras tanto, la gente sufre, muere y no es feliz –como diría Camus–.

 Si estamos en una de las decadencias que desveló Hegel para las distintas etapas de la historia humana, esto significa que hoy es el tiempo de la filosofía, pues hoy (y no cuando la pandemia haya caducado) el pensamiento es vida, actividad, necesidad, determinación. Por supuesto que la filosofía debe estar atenta a lo que digan las ciencias físicas, médicas y sociales, pero ella tiene campos específicos (ontológicos, antropológicos, éticos, políticos…) que reclaman ser pensados desde ya. ¿Para cuándo habría que postergar el pensar, por ejemplo, acerca de quiénes somos hoy y cuál es nuestra relación con el logos (razón, conciencia)?, ¿cuál es el sentido de vivir, de morir, de sufrir, de estar solos?, ¿cómo nos autocomprendemos los seres humanos frente a la pandemia?, ¿qué es la bondad o la maldad en el contexto de la pandemia mundial, que tiene caracteres específicos en la realidad en la que cada uno se encuentra?, ¿cuáles son las actitudes éticas correctas frente a los otros y frente a mí mismo?, ¿cuál es el verdadero sentido de las decisiones del Estado?, ¿cuáles son las implicaciones filosóficas de seleccionar los que deben morir y los que deben vivir?… Es ahora, frente a la emergencia mundial y local, cuando la filosofía puede re-comenzar, justificar su existencia y considerarse necesaria al espíritu pensante.

Pero Hegel es Hegel y no debemos olvidar que su idealismo le hace mirar a la filosofía como un aspecto de la configuración total del espíritu, como la reconciliación del espíritu consigo mismo, lo cual ocurre solo en el ámbito formal, el de los puros conceptos. Con esta visión, Hegel puso las cosas “de cabeza” (el espíritu como esencia de la realidad). Por suerte, hubo en la historia de la filosofía quien volvió a poner las cosas “de pie” y la filosofía, re-ubicada en el ámbito de la materialidad, de la vida amenazada, ha vuelto a ser el pensamiento que atiende una necesidad objetiva: la de no solo interpretar de diversas maneras el mundo, sino de “transformarlo”[12].

 Otras condiciones inherentes a la filosofía

Para evitar ser considerados profetas, futurólogos, catastróficos o apocalípticos, los filósofos profesionales han asumido su tarea de pensar lo que es (su realidad, su tiempo y la razón que los piensa), ubicándose en el horizonte temporal que los acoge y poniendo en marcha determinadas metodologías y esquemas categoriales ordenados y sistemáticos que les ha permitido avanzar de la realidad a los conceptos, de los hechos a los fundamentos. Este procedimiento que les permite a los filósofos comprender las determinaciones últimas de una realidad específica o global, es coetáneo con los hechos y su valor debe ser medido por la posibilidad de problematizar y conceptualizar la realidad, la historia, los hechos y la razón misma que los piensa, en búsqueda incesante de lo sustancial de esta época, y no debe ser medido por aspectos psicológicos como la prudencia, la paciencia, la serenidad, la espera.

La filosofía puede conceptualizar y debe hacerlo muchas veces bajo las demandas presentes de una realidad que exige que el sentido de su acaecer sea ex-puesto (sacado a luz) mediante la razón pensante en un análisis global y sustentado. Se trataría entonces, si queremos llamarla así, de una filosofía del presente (Marx, Nietzsche, Heidegger, Benjamin).

En otros casos, la filosofía llegará ciertamente a juzgar (hacer juicios) después de que han ocurrido los hechos y la realidad ha concluido su despliegue, pero esta es una posibilidad formal que se encuentra en las antípodas de la materialidad de los hechos. Y en esas antípodas del pensamiento formal, es posible -lo ha dicho el mismo Hegel- “plasmar cualquier cosa”. Lo sensato es que la filosofía se atenga a las condiciones de posibilidad que la misma realidad le ofrece, como pudo experimentarlo el más fervoroso idealista que no pudo esperar a que la realidad de su tiempo madurara y que se afanó en finalizar la redacción de la Fenomenología del Espíritu al tiempo que retumbaban los cañones napoleónicos en los alrededores de Jena. Esto demuestra que el mismo Hegel, al menos en esa ocasión, hacía filosofía mientras la realidad estaba en proceso, sin esperar el vuelo de la lechuza de Minerva. Estas contradicciones, ¿anulan el pensamiento de Hegel? No, como tampoco el pensamiento de los filósofos actuales queda anulado por el hecho de que se contradigan o cambien su visión. Lo decisivo es que el filósofo piense sistemática y rigurosamente lo sustancial de su tiempo, todo lo demás entra en el campo de las vicisitudes normales del pensar… cuando se tiene el valor de pensar.

Finalmente, se darán casos también en los que la filosofía piense el futuro que no existe pero que es necesario pre-verlo, anticiparlo, diseñarlo con la razón y el análisis: pensemos por ejemplo en Feuerbach, anticipando una filosofía del futuro[13], o Nietzsche, escribiendo para dos siglos después [14].

¿Jaque-mate a las filosofías vesperales?

En suma, la filosofía no depende de actitudes psicologizantes como la prisa o la paciencia, la serenidad o la humildad. Está en su poder el pensar la emergencia provocada por el COVID-19 con la profundidad, el análisis y la crítica que le son específicas. La idea de que la filosofía solo podría decir palabras definitivas sobre el COVID-19 cuando la pandemia haya pasado y el mochuelo de Minerva haya emprendido su vuelo al anochecer parece además irreal: a) porque la realidad está siempre en movimiento y nunca está “lista y terminada”, pues aquello que se considera ya “realizado” no es sino la imagen y el dinamismo de un nuevo momento; y, b) porque el pensamiento tampoco descansa nunca y siempre surgirán aspectos, enfoques, comprensiones, conceptos, que no fueron vistos, considerados o evaluados a la hora del crepúsculo.

Si el pensar filosófico consiste en aprehender en conceptos un tiempo determinado, eso depende: a) del nivel de autoconciencia que sea posible en este tiempo en los distintos ámbitos donde se realice la reflexión, b) de los  recursos/fases/métodos inherentes a la filosofía como pensamiento sistemático: vínculo con situaciones límites o extremas, racionalidad, visión de totalidad, proceso de abstracción, radicalidad, generación de conceptos, rigurosidad, criticidad, problematización, trascendentalidad, etc.[15]

Los filósofos que han escrito sobre la pandemia cumplen a cabalidad los requisitos esenciales de la filosofía como tal, y son éstos los que dan consistencia a sus ensayos, independientemente de lo debatible que puede ser lo que cada uno sostiene. Al depender de los caracteres inherentes al propio pensamiento, por un lado, y del compromiso de aprehender su tiempo en conceptos, por otro lado, sus aportes muestran la contemporaneidad que le cabe a toda filosofía como saber comprometido con las demandas esenciales de su entorno. Esto poco o nada tiene que ver con una visión conservadora del filósofo, que lo confina a un aislamiento intelectual, además del aislamiento físico, en el cual supuestamente podría desarrollar una reflexión “mesurada” y “rumiada”. Los filósofos antologados en el libro La sopa de Wuhan y otros tantos filósofos y pensadores (Hurgen Habermas, Edgar Morin, Alain Touraine, Emilio Lledo, Roberto Espósito, Martha Nussbaum, Adela Cortina, Enzo Traverso, Fernando Savater, Enrique Dussel, Naomi Klein, Amelia Valcárcel…) que han hecho sus publicaciones en distintos medios, han roto el prejuicio que les conmina a “callar” cuando la pandemia está en pleno desarrollo y a “pensar” cuando ella haya caducado.

La contemporaneidad de quienes piensan simultáneamente a los hechos, si lo hacen con los parámetros y los métodos propios de la filosofía, no les convierte en comentadores matinales, ni en pronosticadores de un tiempo incierto, ni en opinólogos con un barniz de filosofía, ni en autores de un pensamiento provisional. Sus reflexiones, por breves que sean, han demostrado que no hay que esperar al crepúsculo o al alba sino disponer en todo momento de una razón pronta, una mirada atenta, un claro marco de análisis y una “caja de herramientas” a la mano.

 En suma, los filósofos respondieron prontamente, desde sus respectivos horizontes de comprensión a la demanda de sus respectivas realidades, sin que convirtieran a la filosofía de “mochuelo de Minerva” en “mensajero del alba”.

Ni vesperal, ni matinal, la filosofía más bien planta sus reales donde y cuando las sociedades o los pueblos requieren disponer de ciudadanos comprometidos con la tarea de pensar y sacar a luz los conceptos que expresan el sentido de lo que acaece. Y eso le basta y sobra a la filosofía.

* Samuel Guerra Bravo. Investigador independiente. Ha sido profesor de la Escuela de Filosofía de la PUCE. Autor de varios libros y artículos de su especialidad.

Bibliografía

[1] Sobre la portada “Sopa de Wuhan”: Comunicado para ASPO (editorial) y Pablo Amadeo (editor), 1 de Abril de 2020. Firman: Red de Diáspora China en España; Catàrsia, col·lectivo de asiáticodescendientes (Barcelona); Liwai, acción intercultural (Madrid); Oryza, col·lectivo asiático antirracista  (Madrid); Tusanaje – 秘从中来 (Valencia); Compañía Cangrejo Pro. (Madrid); t.i.c.t.a.c. – taller de intervenciones críticas transfeministas antirracistas combativas (Barcelona).
[2] 2020, Libro editado en internet por ASPO/Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio/, bajo la labor editorial de Pablo Amadeo, Marzo de 2020.
[3] 2020, María Antonia González Valerio y Rosaura Martínez Ruiz: “Covid-19: crítica en tiempos enfermos”, Filosofía&Co, 13 de abril de 2020. Carlos Vargas coincide con el enfoque de estas dos profesoras: Cf. “Meditaciones sobre la situación pandémica”, Latindex, Mayo 1, 2020.
[4] Zarria, loc. cit.
[5] María Antonia González Valerio y Rosaura Martínez Ruiz, loc. cit.
[6] Hegel, Introducción a la Historia de la Filosofía, Aguilar Ediciones, Buenos Aires, 1980, p. 108.
[7] Ibid, Ibid.
[8] Ibid, p. 111.
[9] Ibid, Ibid.
[10] Cf. Zarria, loc. cit.
[11] Daniel Sicerone, “La filosofía como el búho de minerva: COVID-19 o el agotamiento de la teoría crítica de la sociedad capitalista”, Latindex, Mayo 1, 2020
[12] Marx,  “Tesis sobre Feuerbach” (Tesis 11), en Marx-Engels, Obras escogidas, Buenos Aires, Editorial Ciencias del hombre, 1973, p. 11.
[13] Cf. 1984, Principios de una filosofía del futuro; Ediciones Orbis, Barcelona.
[14] Cf. Así hablaba Zaratustra, México, Editorial Filosófica, 1956; Fragmentos póstumos, Madrid, Abada Editores, 2004.
[15] Cf. Guerra, 2019, Repensando la filosofía, Visión decolonial y transmoderna desde Latinoamérica y el Sur-Global, Quito, Abya-Yala.
[1] 1975, Editorial Sudamericana, Buenos Aires. En ésta y en otras citas textuales, las cursivas son de sus respectivos autores.
[2] Ibid, Ibid, p. 26.
[3] Hegel, 1975, p. 24.
[4] La llamada postmodernidad, como muchos lo han señalado, no es sino la última etapa de la modernidad.
[5] Hegel, Introducción a la historia de la filosofía, p. 261-262.
[6] Santiago Zarria, “Mensajeros del alba”, La Jornada, Baja California, 28 de Abril de 2020. El autor critica duramente a los filósofos etiquetando sus reflexiones como “opinología con cierto barniz filosófico”.