El “modelo sueco”: ¿ejemplo para imitar o estrategia equivocada?

Por Francesco Maria Cricchio*

El modelo sueco ha sido objeto de admiración a nivel global. También la Organización Mundial de la Salud (OMS) insta a los países a seguir la respuesta sueca frente a la covid-19. Al mismo tiempo, en las últimas semanas, Suecia  se ha colocado a la cabeza en los registros europeos de muertes con coronavirus  per cápita. La situación está muy compleja y necesita un análisis profundo.

The Show Must Go On. Si tuviéramos que elegir el título de una canción para describir lo que está pasando en Suecia, probablemente el gran éxito de “Queen” sería el más adecuado.

Antes de la explosión de la covid-19 me encontraba en España, donde habría tenido que quedarme unos meses. Unos días antes de que el gobierno español decidiera cerrar las fronteras, decidí ir a Suecia, donde vive mi novia. En aquel momento, no me imaginaba que aquella decisión me había llevado a uno de los pocos países donde nunca se llegó a declarar la cuarentena. Por esta razón, respondo a la pregunta: “¿Qué está pasando en Suecia? ¿Cuál es mi experiencia con la estrategia que está tomando el país para hacer frente a la expansión del coronavirus? Intentaré hacerlo proponiendo algunas teorías antropológicas que profundizarán el debate.

En el último período, tuve la oportunidad de relacionarme personalmente con la realidad sueca, observar el comportamiento de los ciudadanos y hablar con algunos de ellos. Una de las cosas que más me impresionó es su total confianza en las autoridades gubernamentales: “Confiamos en nuestro gobierno, por eso estamos bastante tranquilos y seguimos las medidas de seguridad proporcionadas por las instituciones”; este es el resumen de la gran mayoría de las conversaciones que tuve al respecto. El gobierno, que da mucha libertad a los ciudadanos, convencidos de que el método dará sus frutos, devolverá esta confianza en lo que Hobbes llamaría un ejemplo perfecto de un “contrato social”. Es precisamente a partir de esta reciprocidad que es necesario comenzar a comprender cómo el virus se ha arraigado en el tejido social de este país.

Antes de entrar en el debate, debemos centrarnos inicialmente en los hechos. Como sabemos, el Estado sueco ha decidido tomar medidas muy ligeras desde que comenzaron a aparecer los primeros brotes de la pandemia en el país: no se asusten y algunas reglas simples dictadas por el Ministerio de Salud para frenar la infección (distancia de seguridad, higiene personal, aislamiento de los ancianos, etc.). El proceso tuvo como prioridad la seguridad de los trabajadores en los sectores que tienen más contacto con el público. Hablamos sobre todo de medios de transporte, farmacias y supermercados. Esta fase de gestión nunca ha cambiado mucho: el gobierno siempre ha declarado cómo los números de contagiados y fallecidos, aunque crecientes, están bajo control. Por lo tanto, nunca se ha sentido la necesidad de adoptar medidas de restricción más estrictas.

“Sí, está bien. Los ciudadanos también se pueden mandar bien, pero el virus no contagia a las comunidades en función del índice de satisfacción o confianza que tienen hacia sus autoridades”, podría decir ustedes.

Y tienen razón, por eso analicémoslo, paso a paso.
Los números y los datos que tenemos disponibles sobre el virus[1] nos dicen que no todos los países han sido arrasados por la epidemia de la misma manera: aunque no se ha salvado ninguno, es evidente que, en comparación con otros (Suecia o Noruega), algunos países como Italia o España están sufriendo más. Por lo tanto, se deduce que algunos Estados se han visto obligados a tomar medidas mucho más drásticas que otros. La cuestión sigue siendo analizar el comportamiento de los países que, al no ser golpeados con demasiada fuerza, han tenido más opciones y un mayor margen de maniobra.

Es en este contexto que debemos considerar la reacción sueca a la emergencia, para ello no podemos  olvidar que estamos hablando de un país con una población de alrededor de 10 millones de habitantes y una densidad de población increíblemente baja[2]. Aunque estos datos tienen el potencial de ser el requisito previo para un gran éxito en la batalla contra el virus, los números también dicen que las tres semanas, entre el 30 de marzo y el 19 de abril de 2020, resultan estar entre las cuatro semanas con la tasa de mortalidad más alta del siglo (la cuarta en la lista fue la primera semana del año 2000)[3]. Además, el número de muertes por el virus en Suecia es mucho mayor que sus vecinos Noruega y Finlandia; países con características similares a Suecia, pero que han tomado medidas más estrictas. Tanto Noruega como Finlandia tienen alrededor de 5,5 millones de habitantes, casi la mitad de la población sueca; sin embargo, la comparación de la mortalidad por millón de habitantes es despiadada. Estamos hablando de 263 muertes por millón en Suecia contra los 39 de los otros dos países.

Visto de esta manera, el muy elogiado “modelo sueco” adquiere una dimensión completamente diferente. En mi opinión, el error que a menudo comete la opinión pública internacional es poner al mismo nivel la percepción que los ciudadanos tienen sobre el gobierno con la efectividad de las medidas tomadas (está claro que una declaración de cuarentena habría reducido el índice de aprobación). En términos “hobbesianos”, en este caso es posible decir que aunque los ciudadanos están satisfechos con las condiciones del “contrato social” celebrado con la autoridad, este sigue siendo un contrato que no respeta sus términos generales, tales como: la garantía y protección del derecho a la vida. Pues lo que ha ocurrido en Suecia es que la autoridad (o Leviatán) garantiza la protección de los ciudadanos que, a cambio, renuncian a una parte de su libertad. Por lo tanto, es posible afirmar que la esencia del contrato radica en la renuncia a la libertad individual por parte de las y los ciudadanos en nombre de la autoconservación de la sociedad.

En la misma lógica, el Primer Ministro sueco, Stefan Löfven, debería haber dado prioridad a la seguridad y a la vida de sus ciudadanos; sin embargo, la negativa de este último a tomar este camino es clara, al colocar la salud del sistema económico nacional antes que la salud de la población. Por lo tanto, el gobierno terminó haciendo una pregunta que, como Michael Sandel señala en su artículo para el New York Times[4], es muy peligrosa, ya que está equivocada en la raíz, precisamente debido al cambio de paradigma implícito que expresa. La pregunta que Sandel hace es: “¿Cuántas vidas estamos dispuestos a arriesgar para reiniciar la economía?”. En el caso sueco, el Primer Ministro Löfven no solo se hizo la pregunta, sino que también la respondió.

Ante, las declaraciones de Mike Ryan, jefe del Programa de Emergencias Sanitarias de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que insta a los países a “seguir el modelo sueco”, necesita hacerse al menos una interpretación. Él elogia el desafío propuesto por Estocolmo que empodera completamente a los ciudadanos, sin imponer medidas restrictivas.

Está claro que, cuando se lee que estamos hablando de una institución “mundial”, automáticamente  se piensa que los destinatarios del mensaje son todos los países del mundo (Norte y Sur, Este y Oeste). Sonreímos cuando una organización tan importante compara tan ligeramente países con contextos económicos, políticos, culturales y sociales tan diferentes. Es peligroso, y alguien podría llegar hasta a afirmar que reitera siempre la misma actitud neocolonial, a través de directivas hegemónicas que no tienen en cuenta de la multiculturalidad de las diferentes realidades.

En cuanto a mí, aunque en mi experiencia diaria veo a muchas personas transgrediendo incluso las reglas de distanciamiento social, considero que la sugerencia de Ryan es sensata. Pues, por un lado es verdad que los ciudadanos tienen la gran responsabilidad de respetar las normas principales en el ámbito de convivencia, a través de acciones concretas del desarrollo de una conciencia social, que nos permitirá lograr un progreso significativo hacia el retorno a una convivencia social cercana a la que estábamos acostumbrados. Por el otro, no tenemos que olvidar que el gobierno es el que tiene el papel fundamental de tomar decisiones siguiendo las prioridades de los primeros, garantizando y protegiendo la vida.

 Empecé con una canción, terminaré de la misma manera. Para mantenerme en el tema, esta vez elijo  “Abba”, y en particular “Money Money Money”. La razón espero que sea evidente.

“El Primer Ministro sueco, Stefan Löfven, debería haber dado prioridad a la seguridad y a la vida de sus ciudadanos; sin embargo, la negativa de este último a tomar este camino es clara, al colocar la salud del sistema económico nacional antes que la salud de la población”.

*Italiano, antropólogo, estudiante del máster “CREOLE” en la Universidad de Viena. Editorialista de periódicos y blogs on line en Italia y Austria. Actualmente reside en Suecia.

*Artículo original publicado en italiano el 6 de Mayo en el blog “Mappe per Alieni – Divulgazione Antropologica”.
Ver en: https://mappeperalieni.wordpress.com/2020/05/06/lofven-ed-il-tradimento-ad-hobbes-in-nome-del-modello-svedese/

Fuentes:

[1] Una fuente confiable es “worldometer”. El enlace: https://www.worldometers.info/coronavirus/
[2] 22 ab./km2, contra los 207 ab./km2 de Italia, fuente “indexmundi”.
[3] Fuente preliminar oficial “Statistics Sweden”. También disponible en inglés al enlace: https://www.scb.se/om-scb/nyheter-och-pressmeddelanden/artusendets-hogsta-dodstal-uppmatt-i-sverige/
[4] https://www.nytimes.com/2020/04/13/opinion/sunday/covid-workers-healthcare-fairness.html