La vejez: pecado en el capitalismo

Por Samuel Guerra Bravo*

El problema: ¿Qué justifica la desvalorización de los adultos mayores vista en los meses de pandemia, tanto a nivel mundial como en nuestras inmediaciones? ¿Bajo qué argumentos los gobiernos, las empresas y el mercado han discriminado a las personas de la tercera edad? ¿Cuál es el origen de estas actitudes que atentan contra la ética? ¿Qué pueden hacer los adultos mayores para neutralizar estos ataques a su humanidad?

Los antecedentes

En abril de 1912, el Fondo Monetario Internacional (FMI) presentó un “Informe sobre la estabilidad financiera mundial”, en el que alertó de “las implicaciones financieras potencialmente muy grandes del riesgo de longevidad, es decir, el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”. Este Informe contenía estos señalamientos sobre el envejecimiento de la población:

  • Vivir hoy más años es un hecho muy positivo que ha mejorado el bienestar individual. Pero la prolongación de la esperanza de vida acarrea costos financieros, para los gobiernos a través de los planes de jubilación, del personal y los sistemas de seguridad social, para las empresas con planes de prestaciones jubilatorias definidas, para las compañías de seguro que venden rentas vitalicias y para los particulares que carecen de prestaciones jubilatorias garantizadas.
  • Las implicaciones financieras de que la gente viva más de lo esperado (el llamado riesgo de longevidad) son muy grandes. Si el promedio de vida aumentaría para el año 2050 tres años más de lo previsto hoy, los costos del envejecimiento –que ya son enormes- aumentarían 50%. 
  • El riesgo de longevidad es un tema que exige más atención ya, en vista de la magnitud de su imperio financiero y de que las medidas eficaces de mitigación tardan años en dar fruto.
  • Para neutralizar los efectos financieros del riesgo de longevidad, es necesario combinar aumentos de la edad de jubilación (obligatoria o voluntaria) y de las contribuciones a los planes de jubilación con recortes de las prestaciones futuras.
  • Los gobiernos deben: i) reconocer que se encuentran expuestos al riesgo de longevidad, ii) adoptar métodos para compaginar mejor el riesgo con los organizadores de los planes de pensiones del sector privado y los particulares, iii) promover el crecimiento de mercados para la transferencia del riesgo de longevidad, y iv) divulgar mayor información sobre la longevidad y la preparación financiera para la jubilación.

Este informe dio lugar a que se le atribuyera a Christine Lagarde, Directora Gerente del FMI en ese momento y actual presidenta del Banco Central Europeo, la frase: “los ancianos viven demasiado y es un riesgo para la economía mundial. Tenemos que hacer algo y ya”.

El envejecimiento aparece ante los ojos del FMI como un riesgo financiero que debe ser manejado según las determinaciones del capital y del  mercado capitalista: enfoque que es a su vez una concreción del paradigma que Occidente ha desarrollado sobre la vejez y que puede resumirse del siguiente modo: la vejez (es decir, el envejecimiento de la población de entre 65 y 100 años) es una etapa de la vida caracterizada por la falta de productividad en términos cuantitativos, por el deterioro físico y mental de los ancianos, por la recurrencia de enfermedades, la apatía, la abulia, el mal genio, el abandono paulatino de las fuerzas para vivir.

La esencia de este paradigma se concentra en el poco o ningún aporte de los viejos al incremento de la tasa de ganancia del capital, lo cual les convierte en un riesgo, una rémora y un lastre para los intereses del mercado y de la sociedad de consumo. De allí a colocar el segmento de los ancianos en el sector de los descartables, marginalizables, ridiculizables, no hay más que un paso.

El envejecimiento y la pandemia de coronavirus

La pandemia de coronavirus ha sacado a luz este enfoque capitalista-utilitarista del envejecimiento, que se encuentra en el meollo mismo de la cultura de Occidente. Pero el mérito de la pandemia (si puede hablarse así) está en que no solo ha sacado a luz la problemática económica del envejecimiento, sino también su problemática filosófica, que tiene que ver con la humanidad de los viejos.

Si el sistema entiende que los adultos mayores no son o no deben ser más que candidatos directos a la muerte (natural o provocada) y que mientras más rápido mueran dejarán de ser un peligro para las finanzas mundiales, el problema filosófico correspondiente a esta falacia debe ser formulado en términos del valor de la vida de los adultos mayores.

La vida es el fundamento de la existencia humana (y no-humana: animales, plantas, y hasta la naturaleza misma); desvalorizar la vida en nombre de la reproducción del capital genera en los guardianes del sistema económico comportamientos y actitudes injustificados e injustificables como: discriminación, marginación, desatención, negligencia, abandono, olvido…

Estos comportamientos y actitudes lo hemos visto o sufrido en estos días de pandemia. El cinismo de los cancerberos del capital ha sido tal que han llegado a pedir expresa y públicamente que los ancianos se sacrificaran con tal de no poner en riesgo la economía, o han llevado al plano romántico el sacrificio de personas mayores que murieron por ceder sus ventiladores pulmonares a individuos jóvenes. Tras enterarse en los noticieros, muchos pensaron equivocadamente que tales ancianos habían sido los héroes del momento. La verdad es que no hubo ni hay heroísmo alguno en la actitud de esos ancianos, solo hay la vigencia criminal de una determinación del sistema capitalista que no pudieron eludir durante su vida y ni siquiera en el momento de su muerte.

Esta disposición de los Estados y gobernantes a ocuparse preferentemente de los jóvenes atacados por el coronavirus, y desatender –simplemente, dejar morir– a los adultos mayores (como lo revelaba entre lágrimas la enfermera de un hospital de Nueva York), deja ver hasta qué punto la ideología capitalista penetra no solo la vida económica sino los conceptos con los que vivimos y morimos, y hasta los sentimientos humanos más profundos que los creíamos a resguardo de las determinaciones del capital. De pronto comprobamos y experimentamos que nuestros pensamientos y sentimientos, nuestras convicciones y emociones son tan vulnerables como los otros aspectos materiales de la vida sometida al sistema colonial.

Por una cuestión de edad se discrimina, se desprotege, se abandona, se mata, en nombre de un sistema falaz que –en el caso de Ecuador–destina por una parte cuantiosos recursos a pagar obligaciones a prestamistas internacionales, mientras por otra parte descuida las necesidades de la población bajo el lema perverso de que lo que hace lo hace por el “bienestar de todos”.

“Pero el “mérito” de la pandemia está en que no solo ha sacado a luz la problemática económica del envejecimiento, sino también su problemática filosófica, que tiene que ver con la humanidad de los viejos”.

La “revuelta moral”

Numerosas personalidades de la política, la sociedad, la Iglesia y la ciencia han advertido en un comunicado aparecido en el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung (sábado 23-05-2020) que en muchos países está surgiendo “un modelo peligroso” que “se decanta por un sistema de salud selectivo en el que las vidas de las personas mayores se consideran secundarias”. Y sostienen: “Su mayor vulnerabilidad, su edad avanzada y cualquier otra enfermedad que puedan tener justifican una forma de selección en favor de los más jóvenes y saludables”. Los firmantes enfatizan que “resignarse y aceptar esto es inaceptable desde el punto de vista humano y legal” y que una “ética democrática y humanitaria se basa en no hacer una diferencia entre las personas, ni siquiera por su edad”.

“El valor de la vida debe seguir siendo el mismo para todos –sostienen con firmeza–. Cualquiera que deprecie la frágil y débil vida de los adultos mayores prepara el camino para una depreciación de cada vida”. Ante esta depreciación de la vida, el grupo hace un llamado a una “revuelta moral” destinada a exigir que se inviertan “todas las energías necesarias para salvar la mayor cantidad de vidas y proporcionar acceso al tratamiento para todos”.

Advierten finalmente en relación a Europa, de donde proviene la mayoría de firmantes, que esta división de la sociedad en grupos de edad desgarra la red social de solidaridad entre las generaciones y divide a la sociedad en su conjunto. “No debemos dejar morir a la generación que luchó contra las dictaduras –proclaman–, intentó reconstruir después de la guerra y construyó Europa”.

La revuelta cognitiva

Esta apelación cabe también en/para América Latina y, por supuesto, en/para Ecuador, donde los individuos y grupos de mayor exposición a la pandemia han sido los adultos mayores y las mayorías populares integradas por pobres, desclasados, marginales, informales. La vida de estos sectores no ha sido valorada en los hechos como lo exige la democracia y la ética. Aquí necesitamos, como en ninguna otra parte, no solo una “revuelta moral” sino además una revuelta social, económica, política y cultural. Nada de eso está a las puertas, desgraciadamente.

 ¿Qué se puede hacer por el momento? ¿Qué pueden/podemos hacer los intelectuales, los científicos sociales, los filósofos? La respuesta negativa sería: nada, porque las ideas por sí solas no cambian el mundo. La respuesta positiva: proponer algo en el plano cognitivo que ayude a cambiar la orientación de la vida impuesta por el sistema. ¿Algo…, como qué? Darle vuelta, por ejemplo, al paradigma capitalista de la productividad para que los viejos lo entiendan, no en relación al capital, sino en relación a las obligaciones con su propia vida.

Esta “revuelta cognitiva” llevaría a los viejos a entender la productividad como “producción de vida para sí mismos”. En la tercera edad la vida individual gira sobre sí misma y requiere reproducirse cada día. El deterioro natural del envejecimiento quedaría así bajo control y los ancianos priorizarían la generación diaria de su vida, mediante el cuidado de sí mismos y la producción permanente de condiciones favorables para su vida en el orden físico, mental, espiritual y social. Así estarían mejor equipados para hacer frente a posibles enfermedades, a la soledad, la depresión y demás estigmas de la edad.

Uno de los privilegios de la tercera edad y de la jubilación para quienes pueden vivir de una subvención o pensión (otro es el caso de quienes aun en la vejez deben luchar por su subsistencia) es la recuperación de un cierto señorío sobre el tiempo, sobre la voluntad, sobre la libertad, sobre el poder de decisión, sobre los deseos. Este señorío abre la posibilidad de entender el envejecimiento en un sentido no-capitalista, al punto de mirar cada paso de los viejos, no como un paso hacia la muerte, según el deseo capitalista, sino como un real “progreso hacia sí mismo” (Aristóteles, De ánima, 417b6-7), sustentado en la realización plena (desarrollo, actualidad) de todo cuanto haya en sus capacidades y posibilidades.

Las prácticas diarias del “cuidado de sí”, medibles en términos de vida que se experimenta como bienestar, como alegría del alma, como satisfacción, como equilibrio, como serenidad, adquieren además un sentido novedoso adicional: el de prácticas de resistencia contra el sistema. Y allí si hay un heroísmo, una lucidez y un amor a la existencia que da sentido a la edad. La producción de vida para sí mismos parece ser el mejor modo de cuestionar el paradigma capitalista, por un lado, y de prepararnos de manera activa por otro lado para pasar dichosamente, cuando el momento llegue, a integrar la eternidad del cosmos.

Ante esta depreciación de la vida, el grupo hace un llamado a una “revuelta moral” destinada a exigir que se inviertan “todas las energías necesarias para salvar la mayor cantidad de vidas y proporcionar acceso al tratamiento para todos”.

* Investigador independiente. Ha sido Profesor de la Escuela de Filosofía de la PUCE. Autor de libros y artículos de su especialidad.