Sin los ritos, el duelo se prolonga

Compartiendo el duelo, compartiendo la despedida: funeral en la comunidad Vinchoa, Provincia de Bolivar, Sierra ecuatoriana, diciembre 2019.

Texto: Patricia Yallico y Romano Paganini

Colaboración: Ela Zambrano y Vicky Novillo Rameix

Por covid-19, los familiares no pueden despedir a sus queridos fallecidos como se merecen. Los cuerpos se creman o se entierran dentro de pocas horas y los allegados y amigos no tienen tiempo para transformar sus dolores. Y, como no hay lugar para comidas o juegos -elementos importantes en la ritualidad de los pueblos y nacionalidades indígenas-, las comunidades a menudo se quedan en el llanto y la soledad.

Antes, mucho antes de covid-19 e incluso antes de que se establezca Ecuador como Estado, los muertos eran llevados a las vertientes de agua. Allí se limpiaban sus cuerpos y sus ropas, perfumándolas con flores y esencias. La casa de la persona fallecida también se limpiaba; los familiares o miembros de la comunidad ayudaban a vestir el fallecido con un traje especial para despedir a la Tierra. Como no había WhatsApp ni Facebook, la noticia circulaba boca-a-boca y, en poco tiempo, todos sabían de la muerte del comunero. Enterados, visitaban a la familia, lloraban al muerto y llevaban chamuchinas o donaciones que consistían en panela, miel, chicha u otro alimento. El rito de despedida del difunto duraba varios días de llantos, juegos y algarabía. No se jugaba cualquier juego: eran juegos funerarios establecidos para distraer a los familiares y aliviar el pesar de la muerte. El primer día se servía chicha, cerveza o vino y se jugaba hasta la madrugada.

El mismo rito se llevaba a cabo el día dos: todos jugaban, tomaban, lloraban, gritaban, reían y festejaban.  Y mientras los mortales hacían esta especie de psicoterapia comunitaria, sosteniéndose mutuamente, el espíritu del fallecido iba despegándose de su cuerpo, percibiendo la contención colectiva de sus quienes se quedaban en la Tierra y entregándose a lo que le esperaba en su nueva etapa de vida inmaterial.

La última despedida se efectuaba en la madrugada del día tres. Los familiares y amigos del muerto le ofrecían varios regalos, colocando en su ataúd herramientas de trabajo, viandas llenas de su comida favorita y flores, muchas flores, para que su camino esté acompañado de colores bonitos y olores agradables. Luego, cargaban el féretro y caminaban dos veces alrededor de la casa como acto de despedida para, finalmente, llevárselo al lugar de entierro.

Retener el cuerpo es contraproducente 

Ese era un rito funerario de muchos pueblos y nacionalidades indígenas de la serranía ecuatoriana -y con pequeñas modificaciones también de comunidades amazónicas- que se mantenía vivo hasta antes de la pandemia por covid-19. “Gracias a estos ritos tu mente entra en una especie de trans”, cuenta Jaime Pilatuña. “Hay como un corto circuito mental y se baja el voltaje de dolor”. Pilatuña es yachak, o sea, guardián de los saberes ancestrales en el mundo andino. Y el hombre de 64 años -tejedor de mimbre y Taita en su comunidad en Calderón, en el norte de Quito- conoce esta sensación del estado trans por experiencia propia. Hace años se le murió un hijo y a mediados de abril falleció su mamá. Al igual que miles de personas de Ecuador, Jaime no pudo despedirse de la persona que le dio a luz. En la mayoría de los casos, los ritos y ceremonias se limitan actualmente a conferencias familiares o misas vía Zoom. El número de personas que pueden asistir al funeral está limitado.

De los muertos con o por Covid-19 se encarga la Policía Nacional, las Fuerzas Armadas y el Servicio de Medicina Legal y Ciencias Forenses. Como si fuese un delito. Nada de familiares y nada de flores, de chicha u otras ofrendas. La resolución del COE Nacional del 24 de marzo establece que a los fallecidos ni siquiera se les debe quitar los catéteres, sondas o tubos que les han sido puestos en los hospitales y que puedan contener fluidos del cuerpo. Más bien, se los coloca rápidamente en una bolsa sanitaria o en un material resistente a la filtración de líquidos y se los pulveriza con desinfectante hospitalario o con una solución de hipoclorito de sodio al 5% de cloro activo. Luego, las autoridades del Estado embalan el cadáver, sellan la bolsa y la llevan a un lugar de acopio o directamente al entierro. “Se procederá a la inhumación inmediata, sin realizar ningún acto de velación o ceremonia, tomando las debidas precauciones y siempre con el uso de equipo de protección personal”, como dice el documento del Ministerio de Salud.

Una despedida clínica que cientos miles de personas alrededor del planeta están viviendo en estos meses de pandemia.

Una parte del rito funerario es preparar la comida y compartirla en comunidad. Funeral en diciembre 2019, provincia de Bolívar. Foto: Patricia Yallico

 

Esta situación ha dejado a familias enteras con un sabor amargo propio de toda muerte, sabor que los ritos podrían endulzar, aunque sea un poco, aunque sea por unos momentos. Pero entre la angustia por un posible contagio con el virus, el colapso del sistema sanitario y las restricciones impuestas por el Estado, los familiares y amigos no tienen momentos de introspección para alivianar el dolor. El mismo Jaime Pilatuña, taita de Calderón, se encuentra en un dilema: por un lado, está de acuerdo con las medidas tomadas por el gobierno Central; por otro, considera contraproducente el no poder acceder al cuerpo del difunto. “No poder despedirse con un rito puede dejar a las y los familiares con dolencias y enfermedades”, dice Pilatuña.

Los juegos, la música y los cantos se hacen para tranquilizar a la familia “porque cuando la familia llora mucho, el alma del fallecido no puede pasar al otro estado”.

Leonidas Iza

El entierro de su mamá lo realizaron sus hermanos y sobrinos, él se quedó en casa recibiendo las condolencias. En la madrugada se levantó para realizar su honramiento personal y llevar a cabo una parte del rito de sus ancestros. Solo y sin juegos. Pilatuña esperará a que se levante la cuarentena para poder despedirse bien de su mamá: con una gran comida en el cementerio, consciente de que esto podría suceder recién a fines de 2020 o incluso el año que viene.

En el mismo dilema se encuentra Leonidas Iza, del Movimiento Indígena y Campesino de Cotopaxi. Como líder, considera que la comunidad, cuando alguien muere, tiene un papel fundamental. “Son momentos dolorosos y actualmente hay una fractura total con la tradición que hemos tenido”, dice Iza. Los juegos, la música y los cantos se hacen para tranquilizar a la familia “porque cuando la familia llora mucho, el alma del fallecido no puede pasar al otro estado”. Gracias a la presencia de la comunidad y la distracción en esas horas de dolor, el espíritu puede viajar más ligero. “Pero en estas semanas, con  covid-19, no se ha podido hacer prácticamente nada”, dice Iza. “Muere la persona y dentro de pocas horas está enterrada”.

La comunidad ausente 

Y ello no solamente ocurre en centros urbanos, sino también con personas de comunidades campesinas e indígenas. Entre estas se encuentra Rosario Vargas, comunera de Chulla Pata Calera, en la provincia de Cotopaxi. La campesina perdió padre y hermano dentro de pocas semanas, sin haber podido compartir y transformar su sentir con la comunidad. Sólo llegaron un@s poc@s vecin@s para darle sus condolencias. “No hicimos velorio, velé solo una noche por mi papá”, dice Rosario entre sollozos y lágrimas. “Siento un fuerte dolor por él”.

Su progenitor murió por un problema en la próstata y ella está convencida de que, si un médico hubiese venido a verlo, se hubiese podido recuperar. “Pero nadie ha venido a vernos. Oigo en las noticias que dicen que están ayudando, pero a nosotros, como somos del campo, el gobierno ni se acuerda. Recién después que falleció mi papá vinieron de un subcentro de salud para hacer pruebas del Covid”.

En cambio, el hermano -que durante quince días sufrió de dolor de cuerpo y tos- sí falleció con Covid-19, razón por la cual su cuerpo fue cremado en Quito. En las comunidades no se creman a los cadáveres, se los entierra como parte de un ciclo. “No tengo ni ánimo para nada, ni para andar”, dice Rosario Vargas en una entrevista con la Cooperativa Audiovisual CoopDocs. “Solo con ustedes estoy conversando”.

Exhortan a la gobernación de Pastaza a que se les entregue el cuerpo de un líder Shuar, fallecido a fines de mayo: miembros de la comunidad Kumay manifestándose a principios de junio frente a la fiscalía de la provincia. – FOTO: Facebook/Lanceros Digitales

Denuncia por desaparición de un cadáver 

A inicios de junio, la comunidad decidió acceder a la fiscalía provincial, denunciando a la gobernadora y a seis autoridades más -entre ellos, el Jefe de Comando de la Policía, el Director Distrital de Salud y jefes del Cuerpo de Bomberos- por discriminación y atentado a los derechos colectivos. La comunidad se siente engañada, teniendo en cuenta el certificado de defunción, que indica que la causa de la muerte del líder Shuar no era por covid-19, sino por problemas pulmonares, insuficiencia renal y un paro cardiaco; es un dato que confirmó también el abogado de la comunidad, Marcos Espinosa Andrade, en una rueda de prensa.

Anteayer llegó la información de que un cadáver reposa en el cementerio de la Shell, pero no hay claridad de que sea el de Alberto Mashutak. “No tiene nombre”, asegura Wilson Shirap que estuvo en el lugar. “Estamos descubriendo poco a poco lo que ha pasado. El pueblo reclama el cuerpo de un hombre Shuar que tiene que ser trasladado y sepultado según nuestras propias costumbres y tradiciones, bajo nuestra cultura”. La comunidad le dio 48 horas a la gobernadora para que entregara el cadáver. “Caso contrario”, dice Shirap, “el pueblo Shuar va a tomar otras medidas. Como nacionalidad ya estamos indignados por la situación”.

Foto principal: Compartiendo el duelo, compartiendo la despedida: funeral en la comunidad Vinchoa, Provincia de Bolivar, Sierra ecuatoriana, diciembre 2019. (Patricia Yallico)

+ + + Trabajo colaborativo entre La Línea de Fuego, Acapana, Radio Periférik y mutantia.ch ++ +