El muro de luz

Por Ileana Almeida 

No sabemos el nombre del arquitecto real que dirigió la construcción de Inga Pirka, templo y observatorio de los quechuas del Tahuantinsuyo, en  la provincia de Cañar, en el austro del Ecuador. Lo que sí sabemos es que había especialistas que, a más de conocer la desarrollada técnica de la construcción, debían dominar los movimientos del Sol, la Luna y otros astros.  La orden para construir el templo fue dada por Huayna Capac, y aún ahora podemos admirar su hermosa forma y esmerada edificación.

En Inga Pirka reconocemos los tres niveles del universo: pasando las escaleras hay una gruta sellada que oculta un espacio impenetrable de elementos caóticos, el Uku-Urin Pacha (mundo inferior e interior en quechua). Los elementos construidos a nivel de la superficie, los largos corredores cuadriculares subrayan el simbolismo del Kay Pacha (mundo intermedio, mundo de aquí), el terraplén superior, evidentemente, simboliza el Hanan-Hawa Pacha (mundo de arriba y abierto, el cielo). Las escaleras unen los tres niveles del universo.

El terraplén está sostenido por una muralla de sillares muy bien labrados, lo que expresa la importancia de la construcción, la forma del terraplén representa la línea elíptica que en el Incario se imaginaba que describía el Sol en su recorrido anual. Esta idea es propia de varias civilizaciones antiguas cuando se creía que el  Sol giraba alrededor de la Tierra.

El calendario incásico dividía el tiempo en partes iguales y simétricas lo que refleja  un alto grado de conocimiento astronómico. El  21 y 22 de junio, el Sol alcanza la máxima declinación, proyectando su luz sobre la máxima latitud geográfica de la Tierra. Los quechuas llamaron a este día Inti Punchau (el sol en todo su esplendor). En cambio, el  21 y 22 de diciembre el sol declina menos y proyecta  su luz sobre una mínima latitud geográfica del planeta Tierra. Eran los días del Huahua Inti  (el sol niño) que representaba la resurrección  y el regreso paulatino del astro solar.

En la  parte superior del terraplén de Inga Pirka, se ubica una habitación de dos espacios sin comunicación entre ellos, pues los separa un muro medianero situado en el eje longitudinal que alude a “centro del mundo”. Aquí se vigilan y atrapan los rayos del sol durante los solsticios.

En los especiales días de junio y diciembre citados, los rayos solares penetran por la única puerta del templo y se alinean con la jamba formando un camino de luz. En junio iluminan la pared oriental, adornada con nichos que contenían objetos de oro que relucían y aumentaban el resplandor solar.  En cambio, durante el solsticio de diciembre,  el 21 de diciembre en adelante,  los rayos solares entran por la misma puerta, pero iluminan la pared occidental, también con hornacinas y figuras de oro que brillaban con resplandor creciente. De este modo, el lenguaje de la luz unía a la divinidad astral con los seres humanos.

El  21 y 22 de junio, el Sol alcanza la máxima declinación, proyectando su luz sobre la máxima latitud geográfica de la Tierra.

 

Foto: De Bernard Gagnon