Yo controlo y luego me descontrolo, la historia de un contralor

Foto: Contraloría General del Estado

Por Hugo, el búho

Trabajó con el Carlitos Pólit, un contralor titulado en corrupción de alto nivel, y que ahora goza de un exilio dorado en los Miamis Esteites. Pablito, el sub, quien era el segundo al mando nunca se enteró de nada, pero de absolutamente nada sobre las jugarretas de su ex amigo, el Carlitos. Hoy es implacable con aquellos que le ordena el gobierno de Boltaire, y hecho el loco con los amigos de los amigos de sus amigos.

Dícese de izquierda. Dícese académico. Dícese honesto. Dícese de todo, que es como decir dícese nada. El Contralor subrogante del Estado no se anda por las ramas, ni por las academias. Cuentan sus estudiantes que cuando era profesor de sociología, aparecía una o dos veces al año a dictar cátedra. Los estudiantes le subrogaban que dicte clases, pero él se hacía de subrogar. Eso dicen… 

Estudió con los jesuitas del San Gabriel en la época en que le crecieron los churos. A los quince años se le apareció en sueños Carlos Marx, ordenándole que sea uno más de sus seguidores. Desde ese sueño se hizo llamar marxista, aunque sus enemigos dicen que lo único que tiene de marxista es su fecha de nacimiento: nació en marzo. Otros dicen que es mentira, que no fue en marzo, que nació un día en que las luciérnagas de la oportunidad se prendieron de súbito. O sea, no es marxista sino oportunista. 

De algún lado nació alguna cosa rara llamada Liberación Nacional, y él, siempre obediente político, se hizo liberacionista nacionalista. Como buen teórico del marxismo pensó que Abdalá Bucaram se podría convertir en una especie de Trosky criollo, por lo que no dudó un segundo en convertirse en Subsecretario de alguna cartera de estado. Cuentan que en sus conversaciones -con una copa de más- juraba que el Abdalá es el único que puede enfrentar a la oligarquía, y que si no fuera por el bigote sería un Che Guevara moderno, que no peleaba con las armas sino con su lengua.

Como ya le quedó el gustito sabroso del poder, el Pablito decidió que un buen izquierdista debe roer al capitalismo desde adentro; por lo que no dudó en ser asesor del Fabián Alarcón, alias “el cinturita”. De ahí le viene su ritmo de bailarín para acomodarse en cualquier gobierno, sea de la tendencia que sea. Posteriormente, asesoró a Lucio Gutiérrez en la presidencia. El coronel, necesitaba un izquierdoso que sepa escribir bellos discursos para el populacho. Y ahí apareció, como mandado por el destino, el Paceli. En sus adentros estaba convencido que, con su asesoramiento político-académico-antropológico y filosófico, el ex militar podría ser una especie de Fidel sin barba. 

Pasaron los años y se coló en algún rincón de la Contraloría. Llegó a ser buen amigo del Carlitos Pólit, un contralor que se sabía la letra colorada al revés y al derecho. Cuando se destapó lo de Odebrecht, Carlitos fugó, pero Paceli, ni tonto que fuera, con ese olfato de oportunista que sabe escribir con la izquierda, pero editar con la derecha, corrió a besar los pies o las ruedas o lo que sea con lo que se encontró en Carondelet, y se convirtió en el contralor subrogante. Todos saben que, a cambio, él tenía que vender su alma al diablo. Y la vendió sin ningún remordimiento. 

Posiblemente conversó en sueños -otra vez- con Marx, y éste le sugirió que lo importante era convertirse en Contralor, y que desde ese espacio podría acabar con los medios de producción de los capitalistas. Las órdenes eran claras: acabar con todo atisbo de correísmo y perseguir a su gente hasta que termine su mandato. Y así lo hace con devoción. Él sabe que, si los correístas y algunos aliados ganan las siguientes elecciones, podría terminar con sus huesos y sus churos y su oportunismo en la cárcel. Así que mejor obedecer lo que el gobierno de todos ordene, sea lo que sea. ¡No importa! A la final él sabrá acomodarse en cualquier gobierno que le facilite un sauna para alivianar sus culpas, o se irá a Miami, a visitar al sobrino con el que no tiene relación; o quien quita, le pedirá a Carlitos Pólit un cuarto en arriendo para culminar sus cuadros abstractos.

Paceli, a pesar de convertirse en un instrumento persecutorio del actual régimen, también cultiva ciertas zonas sensibles. Pinta cuadros abstractos en sus horas libres, con temáticas relacionadas a las horas que dictaba clases en la Universidad Central; es decir, el vacío de sus pisadas. Y como la alta sensibilidad lo ataca de vez en cuando, está por terminar un poemario, que podría titularse: Rimas obedientes frente a una silla de ruedas o cómo volverse un insecto en cuatro versos alejandrinos.

“Todos saben que, a cambio, él tenía que vender su alma al diablo. Y la vendió sin ningún remordimiento”. 

Hugo, el búho