ESPECIAL: El Gobierno solo crea incertidumbre en el sector artístico y cultural

Por Jorge Basilago*

Siglos atrás, cuando Platón diseñó su república ideal, también puso en claro sus perspectivas para quienes ejercían el oficio artístico. En concreto, el filósofo contemplaba dos posibilidades para mantenerlos en línea con las expectativas de gobierno: la expulsión o el disciplinamiento. “Será preciso que fijemos nuestras miradas sobre todos los demás artistas, para impedir que copien en pintura, en arquitectura o en cualquier otro género, la maldad, la intemperancia, la vileza o la fealdad”, sostiene el pensador en diálogo con Glaucón.

Quito, 8 de julio de 2020.- Desde entonces hasta hoy, los gobiernos de casi todo el mundo persistieron en la búsqueda de ese modelo oficial de arte y cultura, pero no por ello la vileza o la maldad han desaparecido. La actual emergencia sanitaria global, seguida de confinamiento obligado y debacle económica, en el Ecuador solo desnudó una vez más el desinterés político y social, las asimetrías –bello término técnico para lo que en realidad suele tomar la forma de la abundancia o el hambre- y la extrema fragilidad que enfrenta el sector artístico nacional en su quehacer cotidiano. 

“Esta ha sido ha sido una situación muy dura para las y los artistas en general, no tanto por la pandemia y la crisis económica, sino por la percepción que tiene el país de todos nosotros”, lamenta la actriz y cineasta Marcela Camacho. “Cuando existen locos que trabajan seriamente por la cultura, hay que ver cómo se los elimina”, coincide el artista plástico Galo Duque. De aquella república imaginada en Grecia a la que todavía intentamos concretar en Ecuador, no parece haber tanta diferencia para el arte, que en tiempos de covid-19 enfrenta, a cara descubierta, una realidad aciaga nacida mucho antes del estado de excepción instaurado el último 16 de marzo.

La institucionalidad cultural es de papel

Según el documento “La política cultural en Ecuador”, publicado por la Unesco en 1977 bajo la firma de Darío Moreira –entonces funcionario del Ministerio de Educación Pública y Deportes, cartera a cargo del área de Cultura-, la falta de “un pensamiento claro” en la materia surgió junto con la independencia. Carente de proyectos autónomos y creativos a largo plazo, condenada a la urgencia permanente, la cultura acabó por ocupar “un papel secundario, simplemente ornamental, entre las múltiples realidades y necesidades de la comunidad”. No obstante, Moreira señala que la dictadura de la época, encabezada por Alfredo Poveda Burbano, aspiraba a resolver esa y otras debilidades a través de “un programa de desarrollo socioeconómico participativo”.

Durante la última semana de junio de 2020, el actual ministro de Cultura y Patrimonio, Juan Fernando Velasco, empleó el mismo término –participativo- en reiteradas ocasiones. En diálogo con asociaciones y artistas del sector audiovisual, Velasco buscó consenso y legitimidad para el Decreto Ejecutivo Nº1039, firmado por el Presidente Lenín Moreno, que de forma inconsulta y no fundada en análisis técnicos previos fusiona el Instituto de Cine y Creación Audiovisual (ICCA) con el cuestionado Instituto de Fomento de las Artes, Innovación y Creatividades (Ifaic); de acuerdo con las presunciones oficiales, el nuevo organismo “optimizado”  generará un ahorro de 600 mil dólares. Aunque por el momento, solo ha motivado críticas y el anuncio de una apelación ante la Corte Constitucional por parte de numerosos colectivos y organizaciones del ámbito audiovisual.

Varios de esos duros cuestionamientos tuvieron lugar en el debate mencionado en el párrafo anterior, pero ninguno de ellos fue resuelto con la altura necesaria por el ministro Velasco. Apegado obsesivamente a una terminología y un discurso tan rígidos como dubitativos, el funcionario se concentró en repetir su libreto y excusarse ante lo que no deseaba abordar: “La discusión no se puede dar en este espacio porque tiene que ser un proceso participativo, complejo, democrático, amplio”, apuntó sobre la exigencia de revisar la fusión ICCA-Ifaic. Acto seguido, invitaría a los panelistas al “diálogo” y a “trabajar juntos” para terminar de construir el nuevo organismo creado sin consulta ni consenso. La respuesta del titular de Cultura se podría parafrasear de la siguiente manera:  el crimen ya fue cometido, ayúdennos a esconder mejor el cadáver.

Tenemos allí dos síntomas crónicos: en dictadura o democracia, las convocatorias para participar de supuestos procesos de construcción de políticas culturales, por lo común solo implican acatar decisiones ya tomadas. Es decir, que las estrategias de expulsión o disciplinamiento de los artistas varían con el tiempo, pero no desaparecen. “En lo personal me parece que la fusión es un tema grave, que deja de lado diez años de lucha y trabajo de mucha gente involucrada en la creación de este espacio que necesita el cine para seguir creciendo”, alerta la cineasta y actriz, Isabel Rodas.

A esto se agrega el detalle nada menor de que la Ley Orgánica de Cultura –la primera herramienta de su tipo en la historia ecuatoriana, aprobada a fines de 2016- registra una larga serie de artículos y disposiciones todavía pendientes de aplicación. Con lo cual la recaída en soluciones parciales, erradas o a destiempo se agudiza y acelera al paso angustiante de la pandemia. “El clientelismo y la falta de valoración de los hechos artísticos son estructurales, pero en este gobierno la institucionalidad cultural es de papel, no resiste nada; por eso es difícil pensar que alguna acción colectiva vaya a tener impacto a nivel institucional”, sostiene el actor y director Diego Coral, quien además dirige la Cinemateca Nacional del Ecuador “Ulises Estrella”.

“El clientelismo y la falta de valoración de los hechos artísticos son estructurales, pero en este gobierno la institucionalidad cultural es de papel, no resiste nada; por eso es difícil pensar que alguna acción colectiva vaya a tener impacto a nivel institucional”

Por Diego Coral, director Cinemateca Ecuador

Sector afectado y huérfano de respuestas

“Después del sector gastronómico y hotelero, el cultural es el más afectado por esta situación de emergencia”, consideró Gabriela Montalvo, especialista en economía de la cultura y participante del capítulo ecuatoriano del proyecto “ResiliArt”, organizado por la Unesco, la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, la Universidad de las Artes y la Universidad Técnica Particular de Loja. La investigadora incluso aventuró que las alarmantes cifras oficiales, que estiman un 46% de pérdidas respecto de 2019, se quedan cortas porque toman como referencia la recaudación del IVA, pero dejan fuera “a todo el sector informal que no tributa”.

Para constatar parte de estas afirmaciones, basta con analizar las tablas estadísticas publicadas en la web del Sistema Integrado de Información Cultural (SIIC). Allí se especifica por ejemplo que el “Empleo Cultural Adecuado” a nivel nacional es del 4.43% (2019), el “Gasto Público en Cultura” alcanza apenas al 0.22% y el “Gasto de los hogares en Cultura” se redujo del 4.37% (2003-2004) al 2.92% (2011-2012). No es difícil suponer, en consecuencia, que las cifras a fines de este año serán todavía menos alentadoras. 

A pocas semanas del inicio del confinamiento, la imagen de dos artistas callejeros que portaban carteles con las leyendas “Cambio arte por comida” y “Soy artista, estoy vivo… pero tengo hambre”, corrió el velo de las desigualdades existentes entre los actores formales e informales del sector. Mientras los primeros tenían el margen económico y de acción necesario para impulsar valiosas campañas de contención anímica sin fines de lucro –como #MúsicaDesdeCaleta, encabezada por Sergio Sacoto y AUDI-, los segundos convocaron a una #ChamizadaOnline con el objetivo de reunir víveres que les permitieran sobrevivir un día más. La diferencia de herramientas, calidad, difusión e impacto de ambas iniciativas, es tan notable como dolorosa.

El intento de reacción, por parte del Estado, ante semejante cuadro, fue todo lo confuso, falto de agilidad y convicción que su gestión cultural hacía prever. A comienzos de mayo, el Presidente y el ministro de Cultura anunciaron su “Plan Integral de Contingencia para las Artes y la Cultura”, que incluye entre otras medidas el otorgamiento de un bono humanitario de 60 dólares por tres meses, para 5500 trabajadores culturales en situación vulnerable (mediante el presunto redireccionamiento de fondos del proyecto “Arte para todos” y aportes de entidades financieras internacionales); y varias líneas de fomento a la creatividad sonora y audiovisual. “Necesitamos alcohol en gel y mascarillas, no payasos”, respondió, por medios electrónicos, una sociedad forjada en el desprecio a la producción simbólica que encarnan los artistas.

Durante las protestas en Guayaquil, varios artistas evidenciaron las dificultades económicas que afrontan durante la emergencia sanitaria.

“Muchas personas creen que somos ‘subsidiodependientes’, o que no trabajamos, cuando la realidad es que los aportes estatales apenas cubren un 20% o un 30% de la inversión necesaria para montar una obra de teatro o filmar una película”, detalla Marcela Camacho. “Tenemos un constante ir y venir con las autoridades locales para visibilizar el espacio del cine, de la historia oral, de su importancia y de su financiamiento”, concuerda Isabel Rodas, quien sin embargo cita como casos de éxito su experiencia particular con las prefecturas de Santa Elena y del Azuay, y con algunos municipios de ambas provincias. 

Los funcionarios nacionales, en cambio, estuvieron muy lejos de replicar a las agresiones verbales ciudadanas con argumentos tan firmes. Nada de mostrarse a favor del acceso al arte como un derecho humano básico, ni subrayar la validez del apoyo a quienes construyen los imaginarios culturales que otorgan coherencia al colectivo social. Por el contrario, pusieron excusas de compromiso referidas al origen y la menor cuantía de la inversión a realizar. De ello se desprende la intrascendencia que asignan a los artistas y sus merecimientos; lo fundamental es que el gesto caritativo no exija demasiado al erario público.

Para completar el desatino, el proceso de postulación, selección y concesión de los citados beneficios no había concluido al cierre de este informe -6 de julio, casi cuatro meses después de establecido el confinamiento-, lo que pone también en entredicho la comprensión cabal del régimen acerca del concepto de “emergencia humanitaria”. “La gestión y comunicación del Ministerio y la Presidencia fue pésima, y sus contradicciones dejaron muy expuestos a los artistas ante una población que de todas maneras no nos valora”, resume Diego Coral, para quien el único “logro” de las políticas culturales oficiales fueron los salvoconductos que permitieron las serenatas por el Día de la Madre y del Padre.

Abandono y silencio

“Todos los circos, a nivel nacional, estamos botados a la deriva: esta es la madre de todas las artes, pero también una de las más vulnerables y olvidadas”, revela Pablo Calvache, presidente de la Asociación de Artistas Circenses Profesionales del Ecuador (Acirpe). Representante gremial de 45 de los 80 circos existentes en el país, Calvache es propietario del Circo Rolex, varado en El Coca y sin actividad rentada desde el viernes 13 de marzo. “Hasta ahora no hemos pasado un día sin comer, pero ya se nos ha ido acabando el poco dinero que nos quedaba”, se inquieta. 

A comienzos de junio, el Ministerio de Cultura le ofreció a Calvache un “corredor humanitario” para llegar hasta Quito junto con su compañía; pero solo se trataba del salvoconducto para circular, sin ningún aporte concreto que facilitase el traslado de los equipos, el personal y la carpa. La carencia de recursos económicos para enfrentar los costos del viaje les obligó a permanecer en el Oriente, donde sobreviven gracias a las funciones online –grabadas con celulares y transmitidas a través de Facebook- a cambio de alimentos, y a la venta de distintas golosinas que ellos mismos fabrican. “Tuvimos ayuda de la población y, aunque parezca mentira, la gente más colaboradora es la que menos tiene”, agradece Calvache.

Por su parte, Galo Duque señala que “muchos artistas independientes ya estamos fuera del seguro social, por no haber podido pagar los aportes voluntarios de estos últimos meses”. Quienes a mediados de marzo se encontraban al borde de la precariedad y del sistema, hoy han atravesado esa frontera o están a punto de hacerlo: la república no parece tener espacio para ellas y ellos. “Es desesperante saber que las artes están aniquiladas y que las autoridades son indiferentes a lo que pasa”, se decepciona Duque.

En todos los casos, esa falta de acercamiento o interés estatal hacia las necesidades del sector artístico y cultural, confirma en forma tácita que el plan es ausentarse de la mayor cantidad de espacios posibles. Blindarse en el ensimismamiento y “gestionar” al contragolpe. “Lo que más me preocupa es que no nos convocan ni existe un aparato oficial orientado al diálogo: tenemos un Estado en pánico, que reacciona en base al miedo y eso genera mucha incertidumbre en lo que puede pasar”, cuestiona Isabel Rodas. 

Otro elemento nocivo para la relación estado-sociedad-sector cultural, pasa por la toma de decisiones tan unilaterales como costosas de parte de las autoridades. A lo largo del mes de febrero, la licitación relámpago para contratar al llamado Circo Social (a un costo de casi 2.5 millones dólares), y el anuncio de un incremento en los recursos asignados al plan “Arte para todos” (de 2 a 5.8 millones de dólares) activaron las alarmas. Aunque luego se anunció una nueva reducción presupuestaria para este último proyecto, el daño en la confianza general ya estaba hecho. 

“Esto de la covid-19 ha sacado a la luz muchas cosas que ya sabíamos que existen –como los manejos de los fondos públicos o las situaciones de acoso y abuso que sufrimos las mujeres en el sector audiovisual, pero que aun así nadie quiere mirar”, reflexiona Marcela Camacho, integrante de la Colectiva Mujeres ¡Acción!. Esta organización, muy activa desde las redes sociales, montó también una campaña de ayuda solidaria para los artistas más desfavorecidos: “Nunca me imaginé que había tanta necesidad en el sector”, subraya Camacho.

Desde el viernes 13 de marzo, decenas de circos en el país están parados y varados con serias consecuencias para sus economías. FOTO: Archivo Circo Rolex

Colgados de una red

Habituado pese a todo a la ignorancia y el menosprecio generales, el colectivo artístico sabe que solo cuenta con su propia creatividad para construir los ámbitos que habitará en la república. En medio de la calamitosa coyuntura actual, las redes de contención, solidaridad, producción y distribución alternativas, desarrolladas entre colegas, resultan tan imprescindibles como insuficientes. “Hace un mes, me tocó reinventarme y aprender a dar clases online: es muy interesante descubrir que se puede llegar al mundo desde la casa, pero también me duele ver que los medios de comunicación virtuales no llegan a todos los niños que los necesitan en nuestro país”, analiza Galo Duque.

La multiplicidad de propuestas y contenidos culturales accesibles en Internet –gratuitos o de pago- se afianzó con fuerza durante el confinamiento, como paliativo a la imposibilidad de asistir a espectáculos personalmente. Hasta el propio presidente Lenín Moreno difundió sus recomendaciones de consumo cultural virtual… orientadas hacia espacios y obras europeas. Suena lógico de acuerdo a sus políticas: es más económico aprovechar la capacidad instalada por otros gobiernos, que generar los mecanismos y aportar el financiamiento para que todos los teatros, museos y salas de concierto ecuatorianos ofrezcan ese tipo de opciones a los internautas.

¿Encuentra Ud. alguna referencia al arte o espacios de arte nacionales? Tuit de la cuenta oficial del Presidente, 17 de marzo de 2020.

Por supuesto que las desigualdades en el acceso a Internet, así como pueden agilizar la materialización de ciertos planes, también complican la realización de otros. “Para sacar adelante una nueva edición de nuestro proyecto ‘Encuentros con el Cine’, centrado en la producción de cortometrajes ecológicos alrededor de la cultura huancavilca, tuvimos que grabar las clases y hacer alianzas con los gobiernos locales, para que las personas seleccionadas pudieran utilizar los infocentros en distintos horarios de manera individual”, puntualiza Isabel Rodas.

“Creo que todos tenemos que estar activos en el área digital, para destacar los procesos educativos y artísticos que además nos permitan generar entradas económicas”, apunta Marcela Camacho. Pero la realizadora también admite que los productos y contenidos teatrales más exitosos en la web, son aquellos encabezados por figuras cuya fama las precede desde la televisión. Y aunque subyacen algunas dudas entre las actrices, directores y productoras, en cuanto al proceso de mutación que experimentará el lenguaje escénico para adaptarse al nuevo entorno, la impresión mayoritaria es que se trata de una estimulante oportunidad complementaria.

Una república con más espacio

A un costado de los recursos virtuales, el regreso de antiguas formas de difusión como el autocinema o el cine al aire libre, resultan atractivas para revitalizar el consumo cultural sin correr el riesgo de aglomeraciones en sitios cerrados o poco ventilados. Pero los protocolos de bioseguridad todavía no contemplan a muchas actividades. “Si el gobierno fuese un poco más consciente y sensible sobre lo que significa el arte, podríamos coordinar una campaña conjunta con todos los circos, músicos y artistas callejeros, para llevar alegría cada tarde a los hogares ecuatorianos a través de la televisión nacional”, propone Pablo Calvache. “Quizás por menos dinero del que se gastó en el Circo Social, comería mucha más gente”, añade.

Una constante en el sector artístico es haber empleado el tiempo de confinamiento para diseñar nuevas estrategias; imaginar otros caminos para alcanzar destinos ya conocidos; o bien proyectar futuras líneas de acción. “Tenemos que avanzar hacia formas de distribución y exhibición propias para nuestros productos: obviamente es importante el apoyo del Estado, pero más allá de un fondo se necesitan políticas públicas de fomento de las artes y la cultura”, observa Isabel Rodas. Y enfatiza que no es el gobierno quien conforma instituciones para otorgárselas a los artistas: “Somos nosotros quienes las creamos y las habitamos, y eso no va a dejar de pasar”, afirma.

“Este tiempo de confinamiento va a dejarnos como cosa positiva el haber pensado, entre pares, sobre la situación y el rol del Estado en los procesos artístico-culturales”, arriesga Diego Coral. Incluso ante la ausencia de interlocutores válidos y sinceros por parte de la institucionalidad política, las y los artistas han seguido creando alternativas al interior de sus ámbitos de acción específica, con la mira en cohesionar las voluntades de todos en un gran frente unificado. “La hora de competir se terminó; este es el momento de compartir”, concluye Galo Duque. Una línea filosófica que quizás Platón no haya tenido en cuenta para las artes de su república, pero que bien valdría correr el riesgo de poner en práctica.

“Si el gobierno fuese un poco más consciente y sensible sobre lo que significa el arte, podríamos coordinar una campaña conjunta con todos los circos, músicos y artistas callejeros, para llevar alegría cada tarde a los hogares ecuatorianos a través de la televisión nacional”

Por Pablo Calvache, presidente de la Asociación de Artistas Circenses Profesionales del Ecuador (Acirpe)

*Jorge Basilago, periodista y escritor. Ha publicado en varios medios del Ecuador y la región. Coautor de los libros “A la orilla del silencio (Vida y obra de Osiris Rodríguez Castillos-2015)” y “Grillo constante (Historia y vigencia de la poesía musicalizada de Mario Benedetti-2018)”.

Foto principal: La Sala Demetrio Aguilera Malta, con aforo para más de 300 personas, ha permanecido cerrada desde que inició la Emergencia Sanitaria. ( Marcelo Arellano)

Video: Entrevista al Ministro de Cultura, Juan Fernando Velasco, en el programa Otro Relato de Pichincha Universal. Emisión: martes 7 de julio de 2020.