Cascada de San Rafael, ¿la primera tragedia de una larga lista?

Lo que rige el juicio por el derrame petrolero en la Amazonia ecuatoriana es el silencio. Entonces, ¿qué es lo que tenían que decir los expertos frente al juez? Hoy, damos la palabra a William Sacher*, quien escribió uno de los amicus curiae. Nos explica el derrumbe de la cascada de San Rafael en la provincia del Napo, por qué los responsables podían haber evitado la catástrofe ambiental y cómo la represa Coca-Codo-Sinclair influyó en la situación actual. 

El presente texto es una versión ampliada del amicus curiae que presentó el autor en la acción de protección con medidas cautelares en contra de la empresa Oleoductos de Crudos Pesados (OCP) de Ecuador, la Empresa Pública de Hidrocarburos del Ecuador (Petroecuador), el Ministerio de Energía y Recursos Naturales no Renovables, el Ministerio de Salud Pública y el Ministerio de Ambiente. Las audiencias del juicio están suspendidas desde el 1 de junio de 2020.


7 de julio de 2020, Quito. – ¿Cuántas tragedias más necesitamos en Ecuador hasta entender lo poco que sabemos de nuestros ríos? ¿Cuántas tragedias más hasta que se exija que la construcción de obras sobre ríos sea sistemáticamente precedida de los estudios necesarios? Coca-Codo-Sinclair, Sopladora, Toachi-Pilatón, los diques de megaminas como Mirador, Fruta del Norte y las que se están avizorando… Todos estos megaproyectos mineral-energéticos suponen un nivel de intervención sin precedentes sobre los ríos del país, y la construcción de represas de decenas e incluso cientos de metros de altura. Es notorio que este tipo de obras, mal ubicadas, mal planeadas y mal monitoreadas puede dar lugar a catástrofes humanas, ambientales y económicas.

¿Ecuador se encuentra preparado para lidiar con el riesgo que implica este tipo de obras? Las empresas y autoridades competentes, ¿conocen suficientemente los caprichosos ríos sobre los cuales se construyen estas megaobras? La respuesta es obviamente negativa y no deja de ser preocupante tras la multiplicación de estas construcciones en los últimos años… Sin embargo, mientras se sigan levantando obras “al ojímetro” e ignorando la complejidad de los regímenes de los ríos andino-amazónicos del país, continuaremos acumulando riesgos considerados, tragedias humanas y ecológicas a gran escala. Y los riesgos acumulados significan más probabilidades de calamidades. En esta situación, la cruda realidad de la estadística conducirá invariablemente a que se reproduzcan cada vez más accidentes y situaciones sin soluciones. 

Lo sucedido en el país en los últimos meses con el derrumbe de la cascada San Rafael y las graves consecuencias que implicó constituyen una triste ilustración de esta lamentable situación. El 2 de febrero pasado se derrumbó el río Coca inmediatamente aguas arriba de la cascada, símbolo del esplendor de la naturaleza ecuatoriana ahora desaparecida para siempre. A raíz de este brutal acontecimiento y para re-equilibrar su pendiente, el río ha “reaccionado” desde ese entonces con un espectacular proceso de erosión y transformación de su lecho, dando lugar a una serie de eventos trágicos y desvelando los peligros que conlleva la construcción de obras por sobre y en la vecindad de ríos tan complejos y fogosos.

En el presente texto analizamos este episodio y proponemos sacar una serie de enseñanzas para el futuro.

Desaparición de la cascada de San Rafael, ¿hecho natural y provocado?

La cascada de San Rafael comienza su formación en tiempos inmemoriales, probablemente miles, posiblemente decenas de miles de años. Su origen se debe a un vestigio de una antigua erupción del volcán Reventador, misma que dejó un amplio fragmento de roca muy dura que ahora atraviesa el actual lecho del río Coca. El volcán, hoy uno de los más activos de Ecuador, está ubicado a tan solo diez kilómetros a vuelo de pájaro del sitio de la antigua cascada. Su lava llegó hasta el sitio y, al solidificarse, se transformó en un “cerrojo” natural que el río -a pesar de su potencia- no podía fácilmente erosionar. Este “cerrojo” imponía un desnivel de 150 metros al agua del río Coca… ¡para el placer de nuestros ojos! 

Al transcurrir los miles de años, sin embargo, la disipación de energía de la caída por el choque incesante del agua creó progresivamente un arco al pie de la cascada. Este tipo de fenómeno, bien conocido, suele provocar por ende la migración de las cascadas hacia aguas arriba… o simplemente sus desapariciones. Sin lugar a dudas, la cascada de San Rafael estaba condenada a derrumbarse un día u otro. ¿Pero tan pronto? ¿Es la desaparición de la cascada San Rafael un hecho plenamente natural o ha sido acelerado por actividades humanas?

Sospechas alrededor de la represa Coca Codo Sinclair

La presencia de la obra de captación de la central hidroeléctrica Coca-Codo-Sinclair (CCS) a 19 kilómetros aguas arriba del sitio de San Rafael alimenta la duda de una eventual responsabilidad humana en el proceso de desestabilización del lecho del río y el derrumbe de la cascada. Con una potencia de 1500 Megawatt, CCS está en servicio desde hace apenas 4 años y es hoy en día la represa más importante del país. Está conectada a la red nacional, pero hasta la fecha ha funcionado a la mitad de su potencia. Sin duda, ha sido motivada para aportar energía a toda la población, pero también para mercantilizarla con su eventual exportación y garantizar a inversionistas mineros extranjeros su acceso a la megaminería, que necesita de fuentes abundantes y estables de energía.

Como lo esquematiza en la figura 1, instalar una represa sobre un río como el Coca puede implicar una baja significativa del nivel del lecho del río aguas debajo de la obra. En efecto, la represa retiene sedimentos y partículas sólidas de varios tamaños -los cuales se depositan en el fondo del embalse- e impide que estos viajen aguas abajo y se depositen en el fondo del río. Este déficit de material implica una erosión del lecho del río decenas de kilómetros aguas abajo de la represa.

Figura 1, corte transversal del río Coca y la represa Coca-Codo-Sinclair: en la represa se pueden acumular partículas sólidas, que influyen en la composición del agua río abajo y también en el lecho del río. – ELABORACION: W. Sacher

A pesar de las dimensiones modestas de la represa de la obra de captación (31 metros de altura, CCS es una central “al filo del agua”), esta no ha dejado de afectar el transporte sólido del río Coca. Por ser un río caudaloso y torrencial que conecta a raíz de pendientes muy fuertes las partes más altas y muy lluviosas de los Andes con las llanuras amazónicas, el río Coca carga materiales de varias dimensiones, con una gran intensidad. 

Si bien el tiempo ha sido corto desde la construcción de la central de CCS, la represa potencialmente ya ha perturbado el equilibrio del lecho del río Coca, en particular en los kilómetros de río inmediatamente aguas abajo, hacia la cascada de San Rafael. En estas circunstancias, es relevante la hipótesis que el proyecto CCS haya contribuido a desestabilizar el suelo inmediatamente aguas arriba de la antigua cascada de San Rafael. En este caso, la obra puede haber acelerado un proceso que, caso contrario, hubiese tomado siglos más antes de ocurrir. 

Lastimosamente, será sumamente difícil evaluar la responsabilidad humana en este derrumbe y es probable que estemos condenados a formular hipótesis y razonar en términos de probabilidades. Gran parte de esta incertidumbre reside en la ausencia de datos hidrometeorológicos y fluviales históricos detallados, así como de estudios hidrológicos, geológicos y geotécnicos previos, los cuales hubiesen permitido conocer y entender los regímenes del río, la dinámica de su transporte sólido y los riesgos sísmicos. 

¡Ya no más construcción sin estudios previos!

Al menos, el derrumbe de la cascada de San Rafael habrá ayudado a revelar estas carencias. Cabe señalar las diferencias que existen en este sentido con la realidad de países del norte e incluso China -país de origen de Sinohydro, constructor de CCS- donde, a raíz de accidentes históricos dramáticos, se aprendió que era necesario exigir estudios previos detallados por el gran riesgo que representan represas para las poblaciones y ecosistemas aguas abajo. Si a eso añadimos que la represa de CCS se encuentra en una zona altamente sísmica, que los ecosistemas aguas abajo figuran entre los más biodiversos del mundo y que miles de comunidades vulnerables viven de las aguas del río, en todo rigor una miríada de estudios debió haber sido contemplada antes de empezar la construcción de la central.  

Los estudios y datos de observación previos faltan y se ha construido una mega-obra sobre un río cuyos regímenes y comportamiento son en gran medida desconocidos. En consecuencia, es casi imposible formular conclusiones acertadas sobre las eventuales responsabilidades antrópicas en el derrumbe de la cascada. A lo sumo, se puede concebir que una comisión técnica formada por expertos nacionales e internacionales independientes en los campos relevantes, con una serie temporal de mediciones suficientes, podría aportar con elementos de respuestas parciales a esta pregunta.

Los oleoductos rotos de las empresas OCP y SOTE: el gobierno habla de un hecho de “fuerza mayor”, los expertos critican de que no se han tomado las medidas necesarias después del derrumbe de la cascada de San Rafael, a principios de febrero 2020. – FOTO: Ivan Castaneira

Con el derrumbe ocurrido el pasado 2 de febrero, el lecho del río cambió drásticamente su morfología en el lugar de la antigua cascada (ver la infografía en el encabezado del artículo). Si bien antes del derrumbe el río se encontraba con el “cerrojo” duro de viejas lavas solidificadas (en negro), de repente se halló con una caída sobre roca suelta fácilmente erosionable. A partir de ese momento, el río comenzó un proceso de ajuste de su lecho, erosionándolo hacia aguas arriba (según indican las flechas negras en el centro de la infografía en el encabezado del artículo), razón por la cual se habla de “erosión regresiva”. El proceso durará hasta que el río encuentre un nuevo equilibrio con su lecho, definiendo una nueva pendiente de este.

Para Ecuador, la consecuencia más preocupante para el futuro es, sin lugar a duda, la presencia 19 kilómetros aguas arriba de la antigua cascada de San Rafael de la represa de captación de la central hidroeléctrica CCS. Según el periódico El Comercio, la erosión avanza a razón de un kilómetro por mes. Con este ritmo, le tomaría un año y medio al río para que la erosión del lecho llegue al pie de la obra de captación de CCS. 

La figura 2 ilustra un escenario posible de su vulneración. La erosión podría llevar a una desestabilización de la represa y a su colapso. Tal colapso accidental y no controlado de la represa provocaría una catástrofe humana y ambiental aguas abajo de esta, afectando profundamente a todas las poblaciones indígenas amazónicas y sus territorios.

En caso de que el río se vuelva a topar con una formación rocosa volcánica, como la que estuvo al origen de la cascada de San Rafael, se podría detener el proceso. Caso contrario, la realización imperiosa de obras de protección podría implicar un gasto sustancial para un Estado ya al borde de la quiebra con la crisis multiforme que está enfrentando.

Figura2, cote transversal de la represa Coca-Codo-Sinclair (CCS): posible consecuencia del fenómeno de la “erosión regresiva” sobre la represa de CCS, que podría llevar al colapso con consecuencias catastróficas para el ambiente y los humanos río abajo. ELABORACIÓN: W. Sacher

El derrame de crudo: la primera tragedia 

Las consecuencias del derrumbe de la cascada y la erosión regresiva que se desató han sido múltiples. Ya han implicado una impresionante erosión de las orillas del río y, por lo tanto, la desestabilización de las obras que allí se encuentran; en primer lugar, la carretera Quito – Lago Agrio que permanece cerrada a la hora de redactar el presente texto.

Empero, las poblaciones amazónicas ya sufrieron en carne propia las consecuencias del derrumbe de San Rafael. El impacto más dramático hasta la fecha es sin duda la rotura de las tuberías de los oleoductos OCP y SOTE, la cual habría provocado un derrame de alrededor de 15.000 barriles de crudo (según la ONG INREDH) con consecuencias trágicas para miles de comunidades -muchas de ellas indígenas- que residen en las orillas del Coca y del río Napo aguas abajo y para los ecosistemas de los cuales dependen (2500 familias de 120 comunidades, según la Confeniae). 

Este derrame, seguramente, era evitable.

Al contrario del derrumbe de la cascada, un fenómeno complejo que involucra varios procesos hidrológicos, geológicos, geomorfológicos e hidráulicos difíciles de entender y más aún anticipar, la erosión de las orillas es un proceso más simple cuya dinámica es inmediatamente observable (basta con mirar las imágenes que circulan en la web). Al monitorear correctamente el fenómeno de erosión regresiva y el riesgo que representaba para los oleoductos instalados en las orillas del río, los operadores del SOTE y el OCP hubiesen podido “cerrar los grifos” a tiempo y evitar el derrame con las consecuencias dramáticas que éstas implicaron. 

“La negligencia de los operadores de los oleoductos es sumamente preocupante y muestra la falta de conocimiento de los importantes riesgos de este tipo de infraestructuras en un contexto tan delicado como el que muestra esta zona”.

Al encontrarse a unas decenas de metros del centro del lecho del río, aproximadamente a un kilómetro aguas arriba de la antigua cascada, los oleoductos debían haber cesado inmediatamente su funcionamiento luego del derrumbe, como medida cautelar. No se hizo. Existen dos explicaciones posibles para este hecho. La primera es que los operadores estaban inconscientes del riesgo que corrían los oleoductos. En consecuencia, no anticiparon el fenómeno de erosión regresiva, su afectación a las orillas del río y a la estabilidad de los oleoductos. La segunda posibilidad es que los operadores de los oleoductos estaban conscientes del fenómeno; sin embargo, decidieron seguir exportando su producción y se dejaron sorprender por la velocidad del fenómeno de erosión regresiva. 

En ambos casos, la negligencia de los operadores de los oleoductos es sumamente preocupante y muestra la falta de conocimiento de los importantes riesgos de este tipo de infraestructuras en un contexto tan delicado como el que muestra esta zona.

Mega-infraestructuras sobre ríos en Ecuador, la crónica de tragedias anunciadas

El derrumbe de la cascada de San Rafael, además de ser un drama humano y ecológico, tendrá consecuencias duraderas y costosas en términos económicos. La desaparición de esta cascada, joya de Ecuador, tendrá un impacto fuerte sobre el turismo. La rotura de los oleoductos ya ha tenido impactos sobre la producción nacional de petróleo. La movilidad y el tránsito desde y hacia la Amazonia norte del país está duramente afectada. La erosión del río podría tener consecuencias sumamente graves sobre la producción nacional de energía eléctrica, además de pérdidas netas considerables, pues la CCS supuso una inversión de $US 2.851 millones y un préstamo estatal de $US 1683 millones con la Eximbank de China. 

Más allá de la eventual responsabilidad humana en el derrumbe de la cascada, sus consecuencias invitan a elaborar reflexiones urgentes en torno a la construcción de grandes obras en los contextos geográficos y físicos complejos que presenta Ecuador.  La implementación de grandes infraestructuras, como represas hidroeléctricas, relaves mineros, oleoductos, líneas de transmisión y carreteras, por ejemplo, deberían contar con los debidos estudios previos realizados por equipos internacionales independientes de los operadores privados.

Contratos jugosos y saqueos de riquezas nacionales

Estos estudios deberían realizarse con una política previa, sostenida y rigurosa de documentación de los ríos del país, a raíz del financiamiento público o privado de: primero, una ampliación sustancial de las capacidades del Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología INHAMI para recopilar datos hidrometeorológicos, y dos de estudios hidrológicos y geomorfológicos independientes que permitan entender la complejidad del comportamiento de los ríos y caracterizar con la precisión adecuada los múltiples riesgos que implica la construcción de obra sobre sus lechos. Todo ello permitiría la evaluación informada de la pertinencia de la instalación de mega-obras sobre lechos de ríos caprichosos. 

Es muy probable que estudios de esta índole puedan concluir a la invalidez de tales obras. Pero este conjunto de tareas científicas es lo que, cruelmente, necesita el país. Si no se realizan, seguiremos entregando la suerte de territorios, ríos, ecosistemas enteros, comunidades campesinas e indígenas y sectores económicos locales en manos de un capital transnacional cuyo objetivo es lucrar a raíz de contratos jugosos y saqueos de riquezas nacionales, de paso llenando cuentas panameñas o suizas de un puñal de políticos y funcionarios de turno. ¿Seguiremos aceptando la construcción de obras al ojímetro y exponiendo generaciones futuras de ecuatorianas y ecuatorianos a consecuencias ecológicas, humanas y económicas intolerables?

*William Sacher nació en Francia, pero vive desde 2009 en Ecuador. El franco-ecuatoriano tiene un doctorado en Ciencias de la Atmósfera y los Océanos (McGill University, Canadá) y una maestría en Geofísica (Université Joseph Fourier, Francia); es ingeniero en Hidrología e Hidráulica (INPG, Francia), doctor en Economía del Desarrollo (Flacso-Ecuador) y profesor-investigador del Área de Ambiente y Sustentabilidad en la Universidad Andina Simón Bolívar, Quito, Ecuador.

Foto principal: Tomada de es.mongabay.com

Corrección: Vicky Novillo Rameix

*Tomado de Mutantia.ch