La ética como norte para la investigación en las universidades

Por Paulina Escobar*

Si las palabras tuvieran el valor de sus acepciones no necesitaríamos de normas. La ética, por ejemplo, es para los ilusos, para quienes no aprovechan “un buen momento”. Experiencias de plagio o deshonestidad académica son tan cotidianas en la universidad que ni siquiera nos ruborizan. Y, sin embargo, la ética debería estar presente en cada acto, incluso más allá del mundo académico.

Para quienes hacen ciencia, la ética puede hacer la diferencia entre arriesgar vidas o salvarlas con medicamentos probados por la evidencia. Y, aunque la LOES le dedique un capítulo a la ética en la investigación académica y científica, la aplicación de sus políticas debería tener coherencia con el discurso y las universidades (donde se genera gran parte del conocimiento científico) deberían proveer las condiciones para favorecer la investigación. 

Claro que existen universidades que incentivan la investigación, a través de fondos para proyectos de estudiantes, profesores e incluso exestudiantes; también aquellas que impulsan a sus investigadores a conformar grupos interdisciplinarios e incluso con otras universidades del país y del mundo. Entre ellas, algunas lo hacen por vocación científica, otras – en apego a la LOES, Art. 28- por beneficiarse de exoneraciones tributarias, como también lo hacen cuando ofrecen becas o programas de ayudas económicas. Ahí empieza la coherencia con la que se promulga la investigación como una de las funciones sustantivas de la educación superior. También debería estar presente a lo largo de la formación académica y sobre todo al final. 

Mientras la tesis era en otras épocas un requisito para obtener un título, ahora entre las opciones están exámenes complexivos o casos de estudio que no siempre cumplen con las características de un trabajo de investigación. Otros ejemplos ilustrativos de incoherencia entre ética e investigación: profesores que aprovechan la necesidad de estudiantes por graduarse y que los hacen trabajar en artículos de investigación, para después “colarse” como autores principales; una práctica difícil de denunciar y que sucede en pregrado y en maestrías. El discurso es que, si el autor principal no tiene doctorado, no podrán publicar… ¡Desvergüenza al máximo nivel! Por otro lado, también hay ayudantes de cátedra mal remunerados –cuando por suerte lo son-, que como estudiantes preparan o dictan las clases de profesores que ganan hasta seis veces más que ellos o que, recién graduados y con la avidez de la primera experiencia laboral, hacen investigaciones a la sombra de profesores que cobran incentivos por investigar, pero que los jóvenes jamás verán.

“Tan importante como incentivar las cifras de doctores y publicaciones, es crear las condiciones para la investigación”.

— Paulina Escobar

Con respecto a las condiciones, ¿qué ha hecho la universidad, en los últimos años para impulsar la vocación por la investigación? Aún antes de la LOES (2010) se hablaba de fomentar la carrera del docente-investigador y desde su vigencia, de contar con más docentes principales con Ph.D., para incentivar la producción científica. El panorama, hoy, no se compadece con las buenas intenciones. Claro que el número de docentes con Ph.D. se ha incrementado: de 482 en 2008 a 2.747 en 2017, según la Senescyt; así como la producción científica: de 313 publicaciones en Scopus en 2006 a 1.605 en 2015, según un estudio publicado en la revista Española de Documentación Científica. Pero, tan importante como incentivar las cifras de doctores y publicaciones, es crear las condiciones para la investigación. Hay excepciones pero la cotidianidad en muchas universidades es la carga de gestión académica, incluso para los Ph.D. retornados. Muchos pasan horas haciendo labores administrativas: llenando bases de datos, contactando graduados, consiguiendo prácticas pre-profesionales para los que están en camino de graduarse o ideándose mil formas para “enganchar” a bachilleres que aún no saben qué camino tomar… Con suerte alcanzarán a preparar clases. ¿Hacer investigación? ¡Ni pensarlo! No hay tiempo.

Tanto la incoherencia entre el discurso y la práctica ética de la investigación, como la ausencia de condiciones para impulsarla en algunas universidades son realidades que atentan con la calidad educativa que se pretende instituir en la universidad ecuatoriana. Así como nos indigna la corrupción de “alto nivel”, aunque ahora haya caído tan bajo, debería indignarnos todo acto que riñe con la ética y que se replica en espacios universitarios. Puede empezar con una sutil invitación de un superior para investigar, solo para incluir su nombre, aunque no su aporte, hasta abusar del trabajo de otros para cobrar compensaciones. Si la ética no es el norte, entonces no hay camino. 

Por otro lado, mientras la vigencia de la LOES ha multiplicado el número de docentes preparados y a tiempo completo, quizás en adelante el panorama más rentable en muchas universidades sea contar con docentes de medio tiempo (quizás) o pagados con factura. Claro, la “mejor” opción para optimizar recursos, pero (quizás) no la más adecuada cuando en el mundo, la investigación científica desde la universidad es determinante para el desarrollo tecnológico, del emprendimiento y de la innovación en las sociedades. 

“Tanto la incoherencia entre el discurso y la práctica ética de la investigación, como la ausencia de condiciones para impulsarla en algunas universidades son realidades que atentan con la calidad educativa que se pretende instituir en la universidad ecuatoriana”.

— Paulina Escobar

*Investigadora, docente universitaria y periodista freelance. Como parte de su trabajo doctoral, investiga las dinámicas de trabajo de los periodistas en el contexto digital.