El box y el arte, la fuerza y la emoción

Cuadro de Balboa con la técnica de boxpainting concebido por Angie Wright.

Por Jorge Basilago

La imagen estremece. Un rostro tumefacto. Los labios, hinchados y deformes, apenas se repliegan hacia dentro de la boca desdentada. Una cicatriz ancha surca la mejilla derecha hasta el límite inferior del ojo, cerrado por la inflamación. Otra herida parte en dos lo que antes fue una nariz. Como un Guernica unipersonal, el pequeño óleo anónimo muestra la destrucción que el hombre puede autoinflingirse. El precio que el estadounidense John Heenan pagó, en 1860, por empatar su combate a puño descubierto contra el británico Tom Sayers. 

El arte a modo de reflejo, elogio y sublimación de una actividad casi tan salvaje como el más antiguo de los homínidos: el box. Esas laceraciones, subrayadas por el desconocido pintor, son las medallas que la maltratada virilidad de Heenan obtuvo en la “dulce ciencia del aporreo”, según la definición del periodista y escritor Pierce Egan. “El boxeo es un gusto con escrúpulos morales”, concedió siglos más tarde su colega español Manuel Alcántara. Un placer culposo que, sin embargo, muchos artistas han ejercido o presenciado con idéntica fruición. Sin que eso haga más sencillo comprender sus motivaciones.

Box al óleo

Pinceladas y puñetazos en la nariz. Relaciones que pueden parecer insólitas pero resultan bastante frecuentes: “Ambos oficios, el del boxeador y el del pintor, se desenvuelven en la soledad, bajo la luz eléctrica, con mucha tensión, con el cuerpo que se agota. El ring y el lienzo tienen muchos parecidos. Es necesario que el combate valga la pena”, ha dicho el artista plástico español Eduardo Arroyo, reconocido admirador del pugilato e impulsor de la revista ‘Cuadrilátero’, entre otras actividades que conjugan ambos universos.

La diferencia –que tal vez por serlo funciona asimismo como estímulo para cruzar la frontera- radica en que el boxeador es artista, pincel y lienzo al mismo tiempo. Su cuerpo es la herramienta, el soporte y la obra terminada. Su rival, un modelo cuyas formas y movimientos intervienen en el proceso hasta el punto de llevarlo por caminos inimaginables un momento antes. Pero en tanto las representaciones plásticas de la violencia generalmente son elogiadas por su contenido de denuncia o crítica, su manifestación concreta en el ring resulta casi siempre vergonzante. Una lacra de la historia. Un mal recuerdo de ese antepasado peludo que, obstinado, se resiste a ocultarse por completo bajo el elegante aspecto del ser humano moderno.

“Yo no entiendo nada de boxeo. Sólo pinto a dos hombres tratando de matarse uno al otro”, sostuvo el estadounidense George Wesley Bellows. Metodista devenido anarquista, pocos entendían ese apego suyo a las escenas boxísticas, que acabó siendo lo más reconocido de su obra. Un hecho que se debió, posiblemente, a la forma en que ese deporte logra involucrar a los observadores. O bien al morboso atractivo de su “lado oscuro” –infancias miserables, marginación, carencias académicas o intelectuales-, que suele remarcarse por encima de cualquier otro rasgo o condición.

Pero más allá de los artistas que ocasional o constantemente tuvieron al box como foco –lista que incluye nombres como los de Salvador Dalí y Paul Klee-, también se han dado cruces a la inversa. El holandés Bart Van Polanen, un discreto exboxeador, es un buen ejemplo de ello: a instancias de su novia, estudiante de arte, se inició hace unos años en el paint-boxing. Con sus guantes cubiertos de pintura, arremete contra la bolsa de golpeo, envuelta con un lienzo para la ocasión, y sólo se detiene cuando empieza a “pensar demasiado” en lo que está haciendo. El resultado no se asemeja a la adrenalina que genera un combate, pero le permite conjurar algunos demonios: “Lo que queda es un eco de la bestia que llevo dentro”, afirma.

Golpes de celuloide

Portada de la película Day of the fight, producida por Stanley Kubrick

“No soy un animal, ¿por qué me tratan así?”, solloza entre rejas Robert De Niro, convertido en el excampeón de peso medio Jake LaMotta para la película ‘Raging Bull’ (Toro salvaje). La biopic dirigida por Martin Scorsese en 1980 es una de las joyas imprescindibles del cine de boxeo. Pero un tanto desinteresado por aquel universo de puños enguantados –estuvo a punto de no aceptar el proyecto-, desde la secuencia inicial de créditos Scorsese se refugia en la influencia de otro grande: Stanley Kubrick. La forma de filmar el hecho boxístico hacia y desde el ring es uno de los más claros puntos de contacto entre ambos realizadores.

También, como si adelantase casi 40 años la respuesta a la pregunta de LaMotta, Kubrick incluye en su primer cortometraje –‘Day of the fight’, de 1951- una narración en off que parece aclarar la duda: “¿Cuál es la fascinación? ¿Qué busca el fan? (…) Contacto cuerpo a cuerpo. Violencia física. El triunfo de la fuerza sobre la fuerza. La primitiva emoción visceral de ver a un animal superar a otro”. A lo que cabría agregar la inusual posibilidad de redención, hasta en el último segundo y de un solo golpe, de toda una trayectoria vital y deportiva.

Claro que ese instinto de combate no proviene exclusivamente de la actividad desarrollada. Por el contrario, el ser humano lo arrastra individual y colectivamente desde su mismo origen. El box solo lo modela, lo reglamenta y lo limita. Mientras que el cine, como las demás artes, lo contextualiza: así descubrimos que la ferocidad de Rubin Carter, en la película ‘Hurricane’, emana de la discriminación racial que padeció durante su vida; o que los conflictos familiares y económicos precipitan el final dramático de Billy Flynn en ‘The champ’, acaso el filme con más golpes bajos de la historia.

En ese mismo sentido contextualizador avanzan los documentales, incluso los que parten del desagrado por la disciplina que retratan. El artista plástico y cineasta argentino Edmund Valladares, por caso, ha definido al boxeo como “el deporte más patético que existe”. Hecho que no le impidió homenajear escultórica y cinematográficamente a Justo Suárez, “El Torito de Mataderos”, primer ídolo popular que dio el pugilato en su país. De la cima del éxito al despeñadero de la tuberculosis que lo llevó a la tumba, el devenir de Suárez le presentó al artista la posibilidad de dos narraciones paralelas: “Su vida me fascinó, porque era un contrapunto con lo que acontecía en nuestro país en aquellos años… Es, en definitiva, un boxeador que cuenta la historia del país”.

“¿Cuál es la fascinación? ¿Qué busca el fan? (…) Contacto cuerpo a cuerpo. Violencia física. El triunfo de la fuerza sobre la fuerza. La primitiva emoción visceral de ver a un animal superar a otro”.

— ‘Day of the fight’, de 1951

Letras como puños

La Noche de Mantequilla narra el combate entre Carlos Monzón y José “Mantequilla” Nápoles y a través de esta historia hurga actividades clandestinas.

Utilizar al boxeo como metáfora para contar otras cuestiones –bien sea la vida particular del protagonista o un régimen político, con el largo etcétera comprendido entre ambos extremos- es un recurso casi tan antiguo como su práctica. Desde el combate entre Epeo y Euríalo relatado por Homero en ‘La Ilíada’, hasta la azarosa existencia de Antonio Cervantes, “Kid Pambelé”, reflejada en ‘El oro y la oscuridad’, del cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos. “Siempre me han gustado los personajes del deporte. Gente sencilla, elemental, que se muestra a través de sus actos en los escenarios deportivos. Nos enseñan sus almas, su carácter, mientras corren”, reconoció el autor barranquillero.

También en el cuento ‘La noche de Mantequilla’, de Julio Cortázar, el combate entre Carlos Monzón y José “Mantequilla” Nápoles opera como telón de fondo de otra historia. Una trama de actividades clandestinas cuyos actores espían, de todas maneras, lo que acontece entre los púgiles. Y el escritor, fanático y ocasional relator de boxeo en su juventud, toma el abandono de Nápoles como una afrenta: “Era un final sin belleza pero indiscutible, Mantequilla abandonaba para no ser el punching-ball de Monzón (…)”, escribe. Pero no se trata de pedir la inmolación de un deportista ya derrotado, sino de sentir que ese rechazo por la contienda hurta la última pincelada del cuadro, o el punto final del cuento. Lo deja en suspenso eterno. Inacabado.

La lista de escritores que ligaron algunas de sus historias a las del pugilismo es inagotable. El español Jardiel Poncela y el argentino Roberto Fontanarrosa exponen el humor por el absurdo, en una práctica donde no se juega y no hay mucho espacio para las sonrisas. Norman Mailer y Gay Talese son los cronistas de ambas caras de la moneda: la fama, el éxito y los reflectores son el objetivo del primero; el detalle oculto, el fracaso y el olvido desvelan al segundo. Arthur Conan Doyle es el enfrentamiento aristocrático en manos de Sherlock Holmes. Y Hemingway es siempre Hemingway, aún después de ser vapuleado por Morley Callaghan con Francis Scott Fitzgerald como cronometrador: “Mi escritura no es nada. El boxeo lo es todo”, dicen que dijo el Premio Nobel 1954. 

Tal vez por allí habría que rastrear algunas de las razones más profundas que enlazan el arte –o a los artistas- con el boxeo: en su casi infinita capacidad simbólica, se refugia asimismo la más cruda de las materializaciones. No hay eufemismos que valgan frente a una mandíbula rota. Ni comparaciones capaces de representar lo que siente un boxeador en el instante de ser noqueado. El recurso del “doble”, tan caro a la literatura, también alcanza una dimensión particular entre las cuerdas del ring: el adversario se sienta en el rincón de enfrente y al mismo tiempo en el propio. Los temores más íntimos, los deseos menos confesables, el secreto mejor guardado, son expulsados a golpes de su escondite en el fondo del alma. “La vida es como el boxeo en muchos e incómodos sentidos. Pero el boxeo sólo se parece al boxeo”, escribió Joyce Carol Oates en uno de los ensayos más agudos sobre este deporte-ciencia-arte.

En el centro de ambos universos, el hombre se enfrenta a la sensación de orfandad que lo acompaña desde que salió de una cueva a descubrir el mundo. Sin dioses a los cuales asirse –el artista porque lo anima la duda, el púgil porque no le conviene detenerse a pensar en la fe-, compone su obra jugándose el pellejo en cada episodio, en cada lienzo, en cada fotograma. No halla mejor forma de manifestar su autenticidad que desnudando su torso o su espíritu. Escribiendo, como afirmó Roberto Arlt, “en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula”. Con tinta sangre y una cuenta hasta diez interminable.

“Crujían de un modo horrible las mandíbulas y el sudor brotaba de todos los miembros”

 — Homero, La Ilíada

*Jorge Basilago, periodista y escritor. Ha publicado en varios medios del Ecuador y la región. Coautor de los libros “A la orilla del silencio (Vida y obra de Osiris Rodríguez Castillos-2015)” y “Grillo constante (Historia y vigencia de la poesía musicalizada de Mario Benedetti-2018)”.

Nota original publicada en Cartónpiedra – 11112015