La pandependencia y la guerra de las vacunas

La guerra de las vacunas tiene objetivos geopolíticos de control, manipulación, dominio, subordinación y alianzas a futuro. FOTO: Arek Socha-Pixabay

Por Jaime Chuchuca Serrano

Cuando de niños leíamos o escuchábamos noticias sobre posibles guerras virales, nunca se relataban sobre los oponentes. A diez meses del primer brote de covid-19, los oponentes siguen siendo difusos, aunque los ganadores del capital están a la luz pública. La pandemia no es solo un concepto médico, hoy es, sobre todo, geopolítico, económico, filosófico, psicológico, cultural, ideológico, educativo, comunicativo y atraviesa la estructura de la sociedad para entrelazarse con las dinámicas objetivas y subjetivas de la reproducción. 

Una fortaleza de la teoría de la dependencia de orientación marxista es la exposición de la creación de la desigualdad entre los centros y las periferias. La división internacional del trabajo subordina la periferia a la producción de materias primas y población laboral barata, mientras los centros monopolizan la dominación del valor agregado. Las dimensiones de la dependencia son múltiples, al igual que las de la pandemia: económicas, políticas, culturales, ideológicas, sociales, educativas, comunicativas. Las naciones y poblaciones periféricas son subsumidas, al igual que la naturaleza. Los centros imperialistas planifican bajo la dictadura global digital la conservación universal de la hegemonía. La coacción militar, comercial, impositiva limita la acción de los Estados subordinados. Los intelectuales latinoamericanos analizaron las otras modernidades y propusieron diferentes formas para superar la dependencia. La estrategia periférica de industrialización por sustitución de importaciones dio resultados parciales en las naciones que la aplicaron especialmente en México, Brasil y Argentina, pero en estos días se necesita pensar en una perspectiva postpandémica. La modernización neoliberal anuló varios proyectos probables. Ahora, la estructura de la dependencia, configurada en siglos, está atravesada por la pandemia. Vivimos los síntomas de una mezcla entre las dos: la pandependencia.

Las corporaciones farmacéuticas generan réditos exorbitantes a través de la producción de sus mercancías. Los fármacos en el mundo capitalista tienen como intención primaria la producción de ganancias y como intención secundaria la curación de las enfermedades. Las farmacéuticas más grandes del mundo: Roche, Bayer, Pfizer, Abbot, Merck, Sanofi, Novartis, Celgene, GSK (GlaxoSmithKline), Abbie, obtuvieron 42.9 billones de dólares de ganancias en 2019.  Solo Roche, entre el año 2018 y 2019, incrementó su valor en el 8% y su cotización en el mercado en 6.9 billones (Businemetrics, 2019). En 2020 continúan al mismo ritmo de crecimiento. Entre estas se encuentran las empresas productoras de vacunas más grandes del mundo: GSK, Merck, Pfizer, Sanofi, CSL, Emergent, Mitsubishi Tanabe Pharma, Sinovac. GSK, la más grande, obtuvo, en 2019, 8.326 millones de euros por producir vacunas (Statista, 2020).

Más de 170 proyectos compiten por la aprobación, en distintos niveles, de las vacunas contra el SARS-CoV2. Esta disputa se ha convertido en una verdadera guerra comercial. Rusia de inicio ofreció que su vacuna sería gratis, como un principio ético para enfrentar la pandemia; la población mundial está a la espera de que así sea. China envía sucesivos créditos hacia los países periféricos para que puedan comprar insumos y la futura vacuna. Trump negocia para EE.UU. la compra de lotes enteros de medicamentos y vacunas. China y EE.UU. están preocupados más por los precios de venta internacional y la monopolización del negocio, que por una solución efectiva, gratuita y responsable.

Como dije en otro artículo, la vacuna segura para el coronavirus puede asemejarse a la sonrisa de Gagarín cuando completó el primer viaje tripulado por un humano al espacio exterior terrestre. Países y medios de comunicación occidentales han abierto un cuestionamiento a la vacuna rusa, aunque occidente usa tecnologías similares. La vacuna rusa, la de Oxford y la de EE.UU. tienen similitudes tecnológicas promedio, se distancian por las composiciones de laboratorio y decisiones administrativas de cada nación. En todo caso, los compuestos de la Sputnik V ya fueron usados años antes contra el Ébola y el MERS-CoV y es parte del grupo de las vacunas vectoriales artificiales (RT, 2020). 

La anticipación de la vacuna rusa ha causado oposición sobre todo en EE.UU. y de menor modo en Europa. EE.UU., siendo la mayor potencia mundial, ha ido a la zaga del tratamiento político, económico y sanitario de la pandemia. Potencias como China y Rusia demuestran mayor organización, al igual que ciertos países emergentes: Vietnam y Corea del Sur. Un Estado pequeño y bloqueado como Cuba ha ayudado a tratar el virus en varios países de Europa; Cuba está probando su propia vacuna. Es concluyente que la guerra de las vacunas tiene objetivos geopolíticos de control, manipulación, dominio, subordinación y alianzas a futuro. La guerra de las vacunas es una herramienta que instrumentaliza las desigualdades. El coronavirus fue usado políticamente para acabar con las movilizaciones globales y económicamente para la pandependencia temporal. 

“La modernización neoliberal anuló varios proyectos probables. Ahora, la estructura de la dependencia, configurada en siglos, está atravesada por la pandemia. Vivimos los síntomas de una mezcla entre las dos: la pandependencia“.

*Jaime Chuchuca, abogado, licenciado en Filosofía y magíster en Sociología. Actualmente, docente de la Universidad de Cuenca.