Las significaciones de Octubre

El 12 de Octubre el monumento de Isabel La Católica fue campo de disputa de las significaciones. FOTO: Fb/CristinaBurneo

Por Samuel Guerra Bravo*

Octubre se ha convertido en un mes simbólico para Latinoamérica y Ecuador por al menos tres acontecimientos importantes: la invasión, despojo y genocidio de los indígenas americanos a partir de 1492, a nivel de nuestra región; la independencia de Guayaquil de 1820; y, los asesinatos de Octubre de 2019, a nivel de nuestro país. 

Hoy vamos a concentrarnos en lo que el denominado “día de la raza” significa para América Latina. En el lapso de dos generaciones, Latinoamérica ha cambiado los paradigmas bajo los cuales se entendían los acontecimientos sucedidos a partir del 12 de Octubre de 1492. De los paradigmas de “descubrimiento”, “encuentro de dos mundos”, “diálogo de culturas”, “incorporación de América a la civilización occidental y cristiana”, se ha pasado a paradigmas que definen lo que realmente sucedió: “invasión violenta”, “prolongada y sangrienta guerra de conquista y colonización”, “despojo del oro y la plata americanos” (que dio inicio en Europa al capitalismo), “destrucción sistemática de las culturas indígenas”, “genocidio sin nombre de la raza indígena”.

Han cambiado los paradigmas, pero el conflicto de interpretaciones continúa. Lo último en este conflicto tiene que ver con una carta que el Presidente de México, Manuel López Obrador, escribiera al Rey de España y al Papa en marzo de 2019, en/con la cual insinuaba que se reconocieran públicamente los agravios cometidos en América en tiempos de la conquista. Tal misiva acaba de actualizarse con una nueva carta al Papa, del 2 de octubre del año en curso, en la que, junto a otros motivos, reitera la idea de una disculpa histórica a los indígenas americanos por parte de España, del Vaticano y del mismo Estado mexicano. 

La misiva de 2019 tuvo respuestas destempladas, desenfocadas, serviles y prepotentes, provenientes tanto de la intelligentia española como del conservadurismo mexicano. Respuestas cargadas de subjetividad, en la que se privilegió lo político en lugar de lo histórico.

Dos fueron los argumentos principales de los impugnadores de la carta: a) que se estaba juzgando el pasado con categorías de comprensión contemporáneas, lo cual según ellos era ilegítimo; y b) que gracias a España, América fue incorporada a la civilización occidental y cristiana beneficiándose de la religión, el idioma, la cultura, los valores hispánicos. Sería por tanto una contradicción que los latinoamericanos impugnáramos aquello que se impuso (y que supuestamente benefició a América sacándola de la barbarie, civilizándola e incorporándola a Occidente) con lo mismo que se impuso.

Desde la filosofía, los dos argumentos son inconsistentes: el primero porque ignora la estructura circular de la comprensión como recurso hermenéutico legítimo para abordar el pasado desde el presente (1); y el segundo porque solo se puede criticar (maldecir, desdecir, hacer “un relato de agravios y pedir perdón a los pueblos originarios” como expresaba el Presidente mexicano) la civilización impuesta (religión,  idioma, cultura, costumbres, etc.) desde la propia lógica de lo impuesto para sacar a luz las intrínsecas razones (expansionistas y dominadoras, recubiertas de “civilización” y “cristianismo”) que constituyeron las verdaderas causas del genocidio y la destrucción de las culturas indígenas.

Desde la historia, resulta deleznable que se siga utilizando, hipócritamente, el supuesto de superioridad y racismo que desde Ginés de Sepúlveda (2) hasta Donald Trump (supremacismo blanco como política actual norteamericana) ha configurado los imperialismos y facismos que en el mundo han sido: 

“Durante cuatrocientos años, dice una relación del libro American holocaust: The conquest of the new world,  de David E. Stannard (3), desde los primeros asaltos españoles contra el pueblo Arawak de La Española en la década de 1490 hasta la masacre de indios sioux por parte del ejército estadounidense en Wounded Knee en la década de 1890, los habitantes indígenas de América del Norte y del Sur soportaron una interminable tormenta de violencia. Durante ese tiempo, la población nativa del hemisferio occidental disminuyó hasta en 100 millones de personas. De hecho, la destrucción de los pueblos nativos de las Américas por parte de los europeos y los blancos estadounidenses fue el acto de genocidio más masivo en la historia del mundo. 

Stannard comienza con un retrato de la enorme riqueza y diversidad de la vida en las Américas antes del fatídico viaje de Colón en 1492. Luego sigue el camino del genocidio desde las Indias hasta México y América Central y del Sur, luego al norte hasta Florida, Virginia y Nueva Inglaterra, y finalmente a través del Great Plains y suroeste de California y la costa del Pacífico norte. Stannard revela que dondequiera que fueran los europeos o los estadounidenses blancos, los nativos se vieron atrapados entre plagas importadas y atrocidades bárbaras, que típicamente resultaban en la aniquilación del 95 por ciento de sus poblaciones. 

¿Qué tipo de personas, pregunta Stannard, les hacen cosas tan horribles a los demás?

Su respuesta muy provocativa: cristianos. Profundizando en las antiguas actitudes europeas y cristianas hacia el sexo, la raza y la guerra, encuentra el terreno cultural bien preparado a finales de la Edad Media para la campaña de genocidio de siglos que lanzaron los europeos y sus descendientes, y que en algunos lugares continúan contra los habitantes originales del Nuevo Mundo. Sostiene que los perpetradores del Holocausto estadounidense recurrieron a la misma fuente ideológica que los arquitectos posteriores del Holocausto nazi. Es una ideología que sigue peligrosamente viva en la actualidad, agrega, y que en los últimos años ha aparecido en las justificaciones estadounidenses para la intervención militar a gran escala en el sudeste asiático y el Medio Oriente” (4). 

Pero volvamos a América Latina. El principal argumento de los hispanistas pretende convencernos que la razón última por la que España conquistó América, luego de su casual “descubrimiento”, fue… la propagación de la fe cristiana (en su versión católica). Esta afirmación que busca dar sentido a los hechos históricos, revela en realidad la ideología imperial que justificó la conquista y colonización. Veamos algunos testimonios: La reina Isabel La Católica revelaba que:

“cuando consiguió de la Santa Sede, la concesión del mundo descubierto y por descubrir, su principal intento fue “procurar inducir y traer los pueblos y los convertir a nuestra santa fe católica y enviar prelados y religiosos y clérigos y otras personas doctas y temerosas de Dios, para instruir los vecinos y moradores a la fe católica y los adoctrinar y enseñar buenas costumbres” (5). En 1518, en el pliego de las instituciones que se dio a Cortés para la conquista de México se reiteraba que el objetivo de todos “ha de ser que en este viaje sea Dios Nuestro Señor servido y alabado a nuestra santa fe católica ampliada” (6) Igual objetivo figuraba en las instrucciones dadas a Pizarro para la conquista de Perú. Las Leyes Nuevas de 1542 hablaban, por su parte, de que “nuestro principal yntento y voluntad siempre ha sido y es de la conservación y aumento de los indios y que sean instruidos y enseñados en las cosas de nuestra santa fe católica y bien tratados como personas libres y vasallos nuestros como lo son” (7)  La Recopilación de las leyes de los Reinos de las Indias, de 1791, hablaba expresamente de la Santa Fe Católica y de la manera de impartirla a los indios en el Libro I, Título 1.

La verdad histórica es que el español que llegó a América era un hombre que traía en sus entrañas (por analfabeto que fuera) la cultura de la reconquista española: ocho siglos de guerras religiosas entre cristianos y musulmanes. El aventurero o conquistador español que llegaba a América estaba definido por un doble ethos: el ethos “misionero”, por una parte, y el ethos de la ambición y el enriquecimiento, por otro lado. En el plano de los hechos, el ethos de la ambición y codicia (a la que no fueron indiferentes las órdenes religiosas, como lo demostró González Suárez) explica mucho de lo sucedido: 

“La  causa porque   han  muerto   y  destruydo  tantas  y  tales  e  tan infinito  número  de ánimas  los christianos, dice Bartolomé de las Casas, ha sido  solamente por tener por  su fin último el oro  y henchirse de  riquezas  en  muy breves días, e subir  a estados muy altos  e sin  proporción de sus  personas  (conviene a saber)  por  la  insaciable  cudicia  e ambición que  han  tenido,  que  ha sido  mayor  que  en  el  mundo   ser  pudo,   por  ser  aquellas tierras  tan felices e tan ricas, e las  gentes tan humildes, tan pacientes y tan fáciles a subjetarlas,  a las  quales  no  han  tenido   más  respecto  ni  dellas  han hecho  más cuenta ni estima  (hablo con verdad por lo que sé y he visto todo  el dicho  tiempo)  no digo  que de bestias (porque  pluguiera  a dios que  como   a  bestias  las  ovieran   tractado  y  estimado)  pero  como  y menos  que estiércol  de las  plazas” (8). El espíritu de Cruzada del Español de ningún modo restaba importancia a lo económico: Hernán Cortés, el conquistador de México, sostenía: “La causa principal a que veníamos a estas partes es por enzalzar y predicar la fe de Cristo, aunque juntamente con ella se nos sigue honra y provecho que pocas veces caben en un saco” (9). “El 85% del total de plata y más del 70% del total del oro obtenidos en el mundo entre 1500 y 1800 provenían de Latinoamérica. Los metales preciosos explotados en Latinoamérica habrían sido de entre 100 mil y 147 mil toneladas de plata. A Europa llegaron unas 72825 toneladas de plata y 1708 toneladas de oro (una parte importante se quedaba en las colonias). Entre 1720 y 1807, unas 556 toneladas de oro solo salieron de Brasil para llegar a Portugal” (10) 

Esta realidad de ambición, codicia, explotación, saqueo y despojo se organizó sobre la base de la servidumbre y el trabajo forzado de los indígenas, situación que llegó a configurar un verdadero genocidio, confirmado por cálculos de la época, y actuales: “En  estas ovejas  mansas  y de  las calidades  susodichas  por  su hazedor  e criador  assí dotadas, escribía B. de las Casas, entraron  los españoles  desde  luego  que las  conocieron como  lobos  e tigres  y leones  crudelíssimos  de muchos días  hambrientos. Y otra cosa  no  han  hecho  de quarenta años  a esta parte  hasta oy e oy en este día  lo hazen,  sino despedacallas,  matallas, angustiallas,  afligillas,  atormentallas  y  destruyllas  por  las  estrañas  y nuevas  e varias  e nunca  otras  tales vistas  ni  leydas  ni  oydas  maneras de crueldad… Daremos por cuenta muy cierta y verdadera que son muertos en los dichos cuarenta años (1502-1545), por las dichas tiranías e infernales obras de los cristianos, injusta y tiránicamente, más de doce cuentos (millones) de ánimas, hombres y mujeres y niños, y en verdad que creo, sin pensar engañarme, que son más de quince cuentos” (11). Un cálculo reciente (1963) ha dado los siguientes resultados: hacia 1519 la población de la región central de México era de 24.200.000 indígenas; hacia 1605 quedaban 1.075.000 (12). En el Perú, “una población calculada entre 3.5 y 6 millones en 1525 parece hacer descendido a 1.5 millones hacia 1561 y bajado hasta un nivel de 0.6 millones hasta 1754” (13). Y añadamos un testimonio citado por el Presidente de México, AMLO, en la Carta dirigida al Papa el 2 de Octubre de 2020, sobre el Cura Miguel Hidalgo y Costilla, Padre de México, acusado de hereje, excomulgado y fusilado por haber iniciado las revueltas por la independencia de ese país latinoamericano, quien se defendió ante sus acusadores: “Abrid los ojos, Americanos, no os dejéis seducir por nuestros enemigos; ellos no son católicos sino por política: su Dios es el dinero y sus conminaciones solo tienen por objeto la opresión. ¿Creéis acaso que no puede ser verdadero católico el que no esté sujeto al déspota español?” (14).

El colapso demográfico de los indígenas se confirma también con estos otros  testimonios de religiosos: Fray Domingo Santo Tomás escribía al Rey una carta el 1 de Julio de 1550, que dice:

“Había cuatro años que para acabarse de perder esta tierra, se descubrió una boca de infierno por la cual entran cada año, desde el tiempo que digo gran cantidad de gente que la codicia de los españoles sacrifica a su Dios y es unas minas de plata que llaman Potosí” (15). Y Fray Francisco Morales le decía también al Rey: “Los ingenios de azúcar y minas son sepultura de infinitos indios” (16). 

Las Leyes Nuevas de 1542,  al hablar de la “conservación y aumento de los indios”, hacen una inequívoca alusión al desastre demográfico o genocidio histórico causado por el colonialismo hispánico. Las leyes definitivas de 1573 dispusieron, por su parte, “que (las provincias) sean pobladas de indios y naturales a quienes se pueda predicar el evangelio pues este es el principal fin para que mandamos hacer los nuevos descubrimientos y poblaciones” (17). Estas disposiciones solo tenían sentido sobre el trasfondo de la violenta reducción de la población indígena. Los hispanistas sacan siempre a relucir el argumento de que la población disminuyó debido a las epidemias, sobre todo la de viruela, contra la cual los indígenas carecían de defensas. Los historiadores más serios sostienen que las epidemias, traídas por los mismos españoles, fueron parte del problema y no la causa principal del colapso demográfico de los indígenas.

El objetivo de este artículo ha sido poner en manos de los lectores datos y testimonios vinculados a un sistema que, mutatis mutandis, ha prevalecido en los sucesivos coloniajes (hispánico, inglés, norteamericano) que  ha sobrellevado nuestra región. América Latina ha aprendido durante cinco siglos lo que significan esos coloniajes y explora actualmente, cada vez con mayor lucidez y pertenencia, los caminos de su descolonización y liberación. 

“En el lapso de dos generaciones, Latinoamérica ha cambiado los paradigmas bajo los cuales se entendían los acontecimientos sucedidos a partir del 12 de Octubre de 1492″.

*Samuel Guerra Bravo es investigador independiente. Ha sido profesor de la Escuela de Filosofía de la PUCE. Autor de libros y artículos de su especialidad.


NOTAS:

(1) Cf. Gadamer, H-G. (1977). Verdad y método. Fundamentos de una hermenéutica filosófica. Salamanca: Ediciones Sígueme, ps. 360-370.

(2) Cf. Sepúlveda, J. G. (1941). Tratado de las justas causas de la guerra contra los indios, México: Fondo de Cultura Económica.  Cf. Casas, B. de las, (1908). Disputa o controversia con Ginés de Sepúlveda conteniendo acerca de la licitud de las conquistas de las Indias,  Madrid: Revista de Derecho Internacional y Política Exterior.

(3) (1993), Oxford: Oxford University Press. 

(4) Cf. Prólogo de American holocaust, ps. IX-XV.

(5) Vargas, J. M. (1948) La Conquista Espiritual del Imperio de los Incas, Quito: Editorial La Prensa Católica, ps. 3-4

(6) Vargas, J. M. (1948), Op. Cit., p. 30.

(7) Vargas, J. M. (1948), Op. Cit. p. 77.

(8) Las Casas. (1974), Brevísima relación de la destrucción de las Indias, Sevilla (España), Editorial A. (Er. Revista de Filosofía), p. 9.

(9) Zabala, S. (1947). La filosofía política en la conquista de América, México: Fondo de Cultura Económica, p. 26.

(10) Palma y Silva, 2017.  Citado por Andrés Olmedo en Facebook del 12 de Octubre de 2020. 

(11) Las Casas, (1974), Op. Cit., p. 8-9.

(12) Borah-Cook, The Aboriginal Population of Central Mexico on the Eve of the Spanish Conquest. En Phelam: The Kingdom of Quito, p. 355 

(13) Stanley J. y Bárbara H. Stein. (1973). La Herencia Colonial de América Latina, México: Editorial Siglo XXI, p. 40. Véase también Cook, Noble David, (2010), La catástrofe demográfica andina. Perú 1520-1620, Lima: Pontificia Universidad Católica el Perú.

(14) El Sol de México, (13 de Octubre de 2020), Ciudad de México. 

(15) Vargas, J. M. (1948). Op. Cit., p.134.

(16) Vargas, J. M. (1948). Op. Cit., p. 227.

 (17) Cf. Vargas, J. M. (1948). Op. Cit., p. 121. Véase también Zabala, S. (1947), Op. Cit., Cap. II, pp 24-42.